Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

 

 


Introducción

Todos los años millones de peregrinos continúan reuniéndose en Fátima. Esta foto es una vista aérea del recinto en frente de la Basílica de Fátima. Más de un millón de personas estaban presentes cuando el Papa Pablo VI (dentro del círculo blanco) visitó la Cova da Iria en 13 de mayo de 1967, fecha del 50º aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora de Fátima. Asimismo, grandes multitudes de peregrinos estuvieron aquí cuando el Papa Juan Pablo II visitó este lugar, el 13 de mayo de 1982, de 1991 y de 2000.

     Se ha cometido un terrible crimen contra la Iglesia Católica y contra el mundo entero. Quienes lo han perpetrado son hombres que mantienen altos cargos en la Jerarquía eclesiástica católica; sus nombres se revelarán a lo largo de este libro.

     Entre las víctimas de este crimen te encuentras tú, caro lector, y tus seres queridos. Las consecuencias de este crimen ya han sido catastróficas; y, si no se desvían urgentemente de sus actuales propósitos los responsables del crimen, el resultado final alcanzará dimensiones apocalípticas. Con efecto, hasta los no católicos y los carentes de fe tienen la percepción de que el Mundo hoy se precipita a un apocalipsis. Y el crimen cometido es una de las principales causas por qué.

     El tema, objeto del crimen que tanto nos preocupa, se conoce usualmente como “El Mensaje de Fátima”. En 1917, la Madre de Dios confió a tres piadosos niños de Fátima (Portugal) un mensaje de extrema urgencia para la Iglesia y para la Humanidad; un mensaje autenticado por un milagro público sin precedentes, anunciado tres meses antes, y del que fueron testigos 70.000 personas; un mensaje cuyas profecías sobre futuros acontecimientos de ámbito mundial se han cumplido al pie de la letra; un mensaje declarado digno de crédito por las más altas autoridades de la Iglesia Católica; un mensaje cuya autenticidad ha sido confirmada por una sucesión de Papas, incluso el Papa reinante, quien en diversas ocasiones se ha referido a los elementos apocalípticos de dicho mensaje.

     La naturaleza de este crimen es una sistemática tentativa (desde 1960) de ocultar, falsear, y negar la autenticidad de ese mensaje, aun cuando sus alarmantes profecías se están cumpliendo ostensiblemente. Como demostraremos, la tentativa de “liquidar” el mensaje ha sido cometida nada menos que por altos dignatarios de la Jerarquía católica: hombres que pertenecen a la administración del Estado del Vaticano, alrededor de un Papa enfermizo y con salud cada vez más precaria.

     Todo crimen tiene un motivo, salvo si trata de un criminal demente. Los hombres implicados en este crimen no son dementes, lo que nos mueve a deducir que tienen un motivo. A pesar de que a veces se hace difícil probar los motivos, en este caso las pruebas son abundantes.

     Sin llegar a presumir que los autores del crimen son enemigos conscientes de la Iglesia (lo cual no impide que algunos lo sean), y teniendo por base las pruebas, es claro que el probable motivo del crimen sea éste: Los causantes admiten que el texto del Mensaje de Fátima, interpretado a la luz de la Tradición católica, no concuerda con las decisiones tomadas a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965): decisiones que ellos siguen a rajatabla, para alterar por completo la orientación de la Iglesia Católica. Tal cambio de dirección transformaría a la Iglesia (si ello fuese posible), de una Institución Divina, cuya actividad terrenal se destina a la eterna salvación de las almas, en una más entre otras organizaciones humanas, que participan de la construcción de un utópico mundo de “fraternidad” entre los hombres de todas las religiones y aun de aquellos que no profesan ninguna religión.

     Esta nueva orientación de la Iglesia tiene como meta una imagen del Mundo no sólo ilusoria sino también contraria a la divina misión de la Iglesia, que no es otra que hacer discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. De hecho, esta nueva orientación constituye el acariciado objetivo de las fuerzas organizadas que, desde hace casi 300 años, vienen conspirando contra la Iglesia, y cuyas actividades fueron reveladas y condenadas en declaraciones papales mucho más numerosas que las de cualquier otro tema en la Historia de la Iglesia.

     Eso no significa que en un determinado momento la Iglesia misma haya renunciado oficialmente a su divina Misión, ya que esto es imposible, según la promesa de Nuestro Señor en relación con la perennidad de la Iglesia Católica en la Tierra hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, no se puede negar que, a partir del Concilio Vaticano II, muchos de los miembros de la Iglesia han dejado de poner en práctica aquella misión, en beneficio de un moderno, y políticamente más correcto, acercamiento al Mundo. Considerando las promesas de Nuestro Señor y las de Nuestra Señora de Fátima, tanto el final de ese experimento, como la restauración de la Iglesia Católica son incuestionables; pero, mientras no ocurra eso, muchas almas se perderán eternamente, y continuaremos siendo testigos de la peor crisis de toda la historia de la Iglesia: una crisis profetizada por la propia Virgen María, como se demostrará.

     Las pruebas directas y circunstanciales muestran que el crimen incluye el encubrimiento deliberado de la parte del Mensaje de Fátima que prevé, exactamente, esa tentativa de modificar la orientación de la Iglesia, y sus terribles consecuencias. Por consiguiente, esa parte oculta del Mensaje, comúnmente conocida como el Tercer Secreto de Fátima, sería una acusación formal proveniente del Cielo contra las decisiones y los actos de los propios causantes del crimen.

     Las pruebas demuestran que el crimen también se extiende hasta comprometer de modo fraudulento a la última testigo viva del Mensaje de Fátima, la Hermana Lucía dos Santos. La Hermana Lucía fue sometida a “entrevistas” sigilosas y a otras formas de presión, con el propósito de hacerle mudar su invariable testimonio acerca del verdadero contenido del Mensaje, el cual impide a los causantes del crimen alcanzar su objetivo: imponer a la Iglesia esa nueva orientación.

     Este es el crimen, y este es el motivo. Nuestra responsabilidad, ahora, es demostrar uno y otro. Intentaremos hacerlo en las páginas siguientes, utilizando para tanto las propias  declaraciones de los acusados, el testimonio de otras personas y gran cantidad de otras pruebas que demuestran su culpabilidad. Y, cuando hayamos terminado de presentar esas pruebas, le pediremos al lector que declare su veredicto. No un veredicto en el sentido legal, porque no tenemos derecho a constituirnos en tribunal eclesiástico, sino más bien un veredicto que manifieste la consciente creencia de los hermanos en la Fe, de que existen sólidos fundamentos para una investigación sobre el crimen que aquí declaramos y, por consiguiente, para la instauración de un proceso por parte de la más alta Autoridad de la Iglesia: el Sumo Pontífice, Juan Pablo II – o su sucesor, si fuera el caso.

     Por tanto, le pediremos al lector que se sume su veredicto a una especie de denuncia contra los acusados del alegado crimen. Pediremos asimismo su ayuda para hacer llegar al Papa esta denuncia y, basándose en el derecho otorgado por Dios a los fieles (derecho infaliblemente definido por el Concilio Vaticano I, y mantenido sin alteraciones por el Derecho Canónico), para dirigir personal y urgentemente una petición al Sumo Pontífice a fin de que se corrijan estos agravios en la Iglesia. Al hacer estos pedidos tenemos en mente la doctrina de Santo Tomás de Aquino, y principalmente la voz unánime de los Teólogos y de los Doctores de la Iglesia: «si la Fe estuviera en peligro, uno de los miembros [sea laico, sea clérigo de grado inferior] deberá reprender a su prelado, y esto, aunque sea públicamente.»

     Al considerar las pruebas que vamos a presentar, pedimos al lector que tenga siempre en su espíritu un principio básico: como enseña Santo Tomás, contra factum non argumentum est (contra hechos no hay argumentos). Si una afirmación es contraria a un hecho, ninguna autoridad en el mundo puede esperar que se crea en ella. Por ejemplo: Si un alto prelado del Vaticano emitiese un decreto, por el cual los católicos se viesen obligados a creer que la Torre Eiffel se sitúa en la Plaza de San Pedro, no lograría que eso se convirtiese en realidad: tendríamos que rechazar tal decreto. Porque es un hecho que la Torre Eiffel se ubica en París, y contra ese hecho no hay ningún argumento. Así, pues, cualquiera que sea su autoridad, nadie puede exigir que creamos en una cosa manifiestamente contraria a un hecho.

     Sin embargo, como el lector puede comprobar, el crimen contra Fátima constituye, en gran parte, una tentativa de ciertos individuos (que disfrutan de la influencia de sus altos cargos dentro de la Iglesia) de imponerle a los católicos una interpretación del Mensaje de Fátima claramente contraria a los hechos; por ejemplo, la afirmación de que la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María ya se ha realizado con la Consagración del Mundo, a pesar de no haber sido mencionado el nombre de Rusia de forma explícita.

     Como la propia Iglesia enseña (cf. Vaticano I y la encíclica Fides et Ratio, de Juan Pablo II), la Fe no entra en conflicto con la razón. No es necesario que los católicos dejen de razonar ni de usar su sentido común, sólo por ser católicos. Esto no sería Fe, sino ceguera: la ceguera de los fariseos. Y lo mismo sucede con el Mensaje de Fátima. No importa lo que algunas personas en el Vaticano desearían que fuese; la Iglesia no quiere que creamos en disparates,  cuando de lo que se trata es del verdadero significado del Mensaje.

     Por eso le pedimos al lector que haga uso de su sentido común, que mantenga un espíritu abierto, que considere las pruebas de modo imparcial, y que, después de eso, decida. En efecto, debe tomar una decisión. Porque si la acusación que hemos formulado es válida, entonces lo que está en peligro en este caso no es ni más ni menos que la salvación de millones de almas (incluso posiblemente la tuya, caro lector), la exaltación de la Iglesia y la supervivencia de la propia civilización en esta era de la Humanidad. Fue precisamente ése el motivo por el que la Madre de Dios confió el Mensaje de Fátima a nuestro Mundo, cada vez más expuesto al peligro.


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