Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

Capítulo 9

La imposición de la nueva orientación
en una Iglesia “Pos-Fátima”

La Hermana María Lucía del Inmaculado Corazón, en fotografía hecha en Fátima durante la peregrinación del Papa Pablo VI, en 13 de mayo de 1967. En el Jueves Santo de 1948 ingresó en el Carmelo de Coimbra, en donde permanece hasta hoy, cuando escribimos este libro. Fue en aquella época cuando en sus cartas privadas la Hermana Lucía habló de la «desorientación diabólica» de ciertas personas que tienen graves responsabilidades dentro de la Iglesia. Refiérese también a ellas, diciendo que «andan ciegas guiando a otros ciegos», y como aquellos que «infiltra[n] el mal, bajo la capa del bien.»

       En los meses posteriores a la conferencia de prensa del 26 de junio de 2000 tuvo lugar una aceleración de la campaña destinada a imponer la nueva orientación sobre el Mensaje de Fátima y sobre la Iglesia en general.

       Por ejemplo: El 29 de junio, solamente dos días después de la farsa practicada por Gorbachov, sucedió algo que aparentemente no tenía ninguna relación con esto, pero que en realidad fue extremamente importante. El Cardenal Castrillón Hoyos, como dirigente de la Comisión Ecclesia Dei, divulgó una carta que pretendía garantizar a todos los que lo deseasen el acceso a la Misa tradicional en latín. Esa carta proclama algo completamente extraordinario para una época de total indisciplina en la Iglesia: Será suprimido el Capítulo General (Reunión) de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (autorizada por el Papa Juan Pablo II para satisfacer las necesidades de los católicos tradicionalistas que no aceptaron de buen grado los cambios en la Iglesia). No se realizará su elección. Los Sacerdotes miembros de la Fraternidad no podrán reelegir al Padre Josef Bisig para su superior, aunque éste contaba con su indicación y reelección por abrumadora mayoría en el Capítulo. Lo que quería el Cardenal Castrillón Hoyos era imponerle a la Fraternidad un candidato de su preferencia. Además, los rectores de los dos Seminarios de la Fraternidad serían exonerados y sustituidos por Sacerdotes con mentalidad más liberal.

En su carta constan los motivos considerados por el Cardenal para tales medidas:
       Bien sabe Vd. que su Seminario es objeto de atención de muchas personas de la Iglesia y que debe ser ejemplar bajo todos los aspectos. En especial, se solicita que evite y combata cierto espíritu de rebeldía contra la Iglesia actual el cual encuentra fácilmente seguidores entre los jóvenes estudiantes que, como todos los jóvenes, simpatizan con posiciones extremadas y radicales.1

       En una entrevista concedida posteriormente a la revista 30 Days, el Cardenal explicó además que estaba colaborando con la Fraternidad para «conseguir un equilibrio entre su carisma original y el resultado de su inserción en la realidad eclesial de la actualidad. »2

       Detengámonos en estas dos expresiones: «Cierto espíritu de rebeldía contra la Iglesia actual,» y “Su inserción en la realidad eclesial de la actualidad». Pues bien. Los seminaristas de la Fraternidad Sacerdotal son católicos por haber recibido el bautismo; nacieron y crecieron dentro de la corriente predominante de la Iglesia Católica; no formaban parte de la supuestamente “cismática” Sociedad de S. Pío X, fundada por el Arzobispo Marcel Lefebvre, famoso por su oposición a los cambios posconciliares. No. Eran jóvenes procedentes de la corriente predominante de la Iglesia e ingresaron en los Seminarios de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro para obtener una formación tradicionalista y para celebrar la tradicional Misa en latín.

       Y, sin embargo, a esos mismos jóvenes — que nunca se mostraron favorables al (presunto) “cisma” — se les dice que tienen que formar parte de “la Iglesia actual” y de la “realidad eclesial de la actualidad”. Pero, si ya son católicos, ¿de qué van a “inserir”? ¿De la Santa Iglesia Católica? Por supuesto que no. De lo que les habla el Cardenal — lo reconozca explícitamente o no — es de la Iglesia de la Adaptación; la Iglesia de la nueva orientación. Y esto lo sabemos porque los Sacerdotes y Seminaristas de la Fraternidad de San Pedro, aprobada por el Papa, son católicos sin margen a cualquier duda. Así, pues, si en algo se tienen que inserir, no será en la Santa Iglesia Católica, sino en alguna otra cosa.

       Esa es la razón por que hablamos de la estalinización de la Iglesia. No se trata de que la Iglesia haya sido destruida por completo ni de que haya dejado de ser enteramente lo que había sido, puesto que esas cosas son imposibles — debido a la promesa de Nuestro Señor, de que las puertas del Infierno no prevalecerán contra Su Iglesia. Trátase más bien de una especie de “caballo de Troya” introducido en la Iglesia — una iglesia dentro de la Iglesia; una colección de nuevas prácticas y actitudes, jamás vistas anteriormente, que insiste ahora en afirmar que ésa es la Iglesia. Y todo aquel que desee continuar en la Iglesia actual, en la Santa Iglesia Católica, debe aceptar su integración en esa “realidad eclesial de la actualidad” dentro de la perenne realidad eclesial de la Iglesia. Pero dicha “realidad eclesial de la actualidad” es sólo un fenómeno temporario, que Dios ciertamente habrá de corregir, a causa del inmenso perjuicio que le acarreó a la Iglesia. No obstante, el Cardenal Castrillón y sus colaboradores, defendiendo integralmente la Línea del Partido con relación a la nueva orientación de la Iglesia, quieren pretenden que sea algo en carácter permanente.

       No se podría pedir una prueba mejor de la existencia de la nueva orientación de la Iglesia — su Adaptación estalinista, por decirlo así — que la brutal supresión de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro promovida por el Cardenal. Acciones como ésa jamás serían aplicadas contra los jesuitas o contra otras órdenes sacerdotales que vienen destruyendo insidiosamente la Iglesia desde el Concilio Vaticano II. ¿Por qué? Pues porque dichas órdenes, moral y doctrinariamente pervertidas se adhieren a la Adaptación, a la Línea del Partido, a la nueva orientación. En la actual crisis, lo único que el Vaticano quiere imponer por medio de medidas inmediatas y enérgicas es la Adaptación de la Iglesia al Mundo — no se trata de una sólida doctrina, ni de una sólida praxis, largamente despreciadas dentro de la Iglesia con implícita impunidad; de lo que se trata es, exclusivamente, de la Adaptación.

       En septiembre de 2000 nos enfrentamos con otro dramático ejemplo de la Adaptación de la Iglesia. Del 12 al 19 de septiembre de ese año el Cardenal Roger Etchegaray estuvo en China Comunista para participar de un “Simposio sobre las Religiones y la Paz”, durante el cual, bajo la presencia de los Obispos cismáticos de la Asociación Católica Patriótica (ACP), celebró la Misa en el Santuario de Nuestra Señora Auxiliadora de los Cristianos, que el régimen comunista le había robado a la verdadera Iglesia Católica en China3.

       La ACP se fundó en la década de 1950 para sustituir a la Iglesia Católica, después que el “Presidente Mao” hubo declarado a ésta como “ilegal” en la China Comunista. Por consiguiente, la ACP es una institución humana creada por un gobierno comunista y instaurada como una “iglesia” a la que son obligados a incorporarse los católicos chinos, renunciando a la Iglesia Católica Romana, cuya existencia real había sido declarada “ilegal” por el régimen de la China Comunista. La Constitución de la ACP rechaza explícitamente su sumisión al Papa y declara su autonomía en relación a Roma. En consecuencia, todos los Obispos y Sacerdotes de la ACP son cismáticos por definición.

       Más de 100 Obispos fueron consagrados ilícitamente por la ACP, sin un mandato papal, en una clara transgresión del Código de Derecho Canónico. Lo que es peor: Esos Obispos ilícitamente consagrados manifestaron de público su lealtad primordial al régimen comunista chino, al mismo tiempo que repudiaban (en la Constitución de la ACP) toda forma de lealtad o sumisión al Papa. Como resultado, esos Obispos ilegítimos y aquellos que los habían consagrado son excomulgados. En 1994, los Obispos de la ACP divulgaron una así llamada “carta pastoral”, en que aprobaban la política de control demográfico adoptada en China, que incluye el aborto provocado cuando las mujeres ya tienen un hijo, y exhortaban a todos los católicos chinos a defender esa abominación.

       En resumen: La ACP es una institución fundada por el Comunismo, controlada por el Comunismo, clamorosamente cismática, clamorosamente herética y pro aborto, y creada por el mismísimo Demonio a través de Mao Tse-tung y de su sucesor, el “Presidente” Yiang. A pesar de todo, el Vaticano no declaró el cisma ni la excomunión de esos clérigos controlados por el Comunismo y favorables al aborto. En vez de eso, el Cardenal Etchegaray fue a China y celebró Misa en presencia de los Obispos de la ACP en un Santuario Mariano, que la ACP, con la colaboración de los comunistas, le había robado a la Iglesia Católica y a sus fieles. El Cardenal Etchegaray llegó a declarar que “reconocía la lealtad al Papa por parte de los católicos de la iglesia oficial [es decir, de la ACP]”. ¿Lealtad al Papa por parte de los Obispos que defienden el aborto provocado y cuya asociación, controlada por los comunistas, rechaza en su propia Constitución la primacía del Papa? ¡Qué absurdo más grande!

       Mientras el Cardenal estaba en China, un Sacerdote católico de 82 años, miembro de la Iglesia Católica “del Silencio” (que continúa vinculada a Roma), fue víctima de agresiones hasta entrar en coma y ser encarcelado por la policía de “seguridad”4. En consonancia con la Östpolitik, el Vaticano no emitió ninguna protesta sobre las agresiones que casi le costaron la vida a ese Sacerdote, ni tampoco protestó por la detención y tortura, practicadas por el régimen de China Comunista, de Sacerdotes, Obispos y Laicos fieles a la Iglesia. El aparato estatal del Vaticano permanece amarrado a la nueva orientación de la Iglesia — “diálogo” con los enemigos de la Iglesia y mutismo, incluso cuando ocurrieron torturas y persecuciones escandalosas contra los fieles católicos. Es éste el fruto que consiguió la Iglesia por haber renunciado, dentro de la nueva orientación, a una justificada oposición a la perversidad. Y esta política de Adaptación de la Iglesia producirá a largo plazo los efectos pretendidos en otros millones de personas, que caerán en la apostasía y perderán su Fe, porque el aparato del Vaticano ya no se levantará en oposición a la perversidad con la misma indignación del pasado.

       Observamos aquí, además, la diferencia de criterios entre los Católicos tradicionalistas, que de una u otra manera constituyen un obstáculo a la nueva orientación, y aquellos que la adoptaron totalmente en cuerpo y alma. En contraste con el servil tratamiento del Vaticano dado a la ACP, se ha declarado públicamente excomulgado y cismático al Arzobispo Marcel Lefebvre, en un motu proprio redactado para recibir la firma del Papa, en el corto espacio de 48 horas después que, sin mandato papal, había consagrado cuatro Obispos5. Dicha consagración fue una tentativa del Arzobispo (a pesar de que algunos la puedan considerar mal orientada) para conservar la tradición católica en una Iglesia que parece haberse enloquecido.

       El régimen comunista de China consigue para su “iglesia” pro aborto la consagración de cien Obispos (hecha por Obispos anteriormente católicos), sin mandato papal, y el Vaticano no toma ninguna medida punitiva. Por el contrario, envía como su representante nada menos que a un Cardenal, ¡para brindar con algunos de los obispos ilegítimos! Sin embargo, cuando el Arzobispo Lefebvre consagra a cuatro Obispos al servicio de la Tradición Católica, la misma alto Jerarquía del Vaticano lo lanza inmediatamente a las tinieblas exteriores — a pesar de que tanto él como los cuatro Obispos consagrados habían profesado firmemente su lealtad al Papa, a quien pretendían servir mediante la conservación de la Fe y de la praxis católicas tradicionales. ¿Por qué esa chocante disparidad de tratamiento? Una vez más, la respuesta es que el Arzobispo Lefebvre no aceptaba la Adaptación, mientras que los Obispos de la China Roja, la practican.

       Pero lo peor aún está por venir. Según una Carta Abierta de protesta al Cardenal Sodano y a otros miembros del aparato estatal del Vaticano, publicada por la Fundación Cardenal Kung, a los sacerdotes chinos de la ACP — la “iglesia” cismática, controlada por los comunistas y favorable al aborto — se les atribuyeron misiones canónicas y funciones sacerdotales en diócesis norteamericanas. De ese modo, estes sacerdotes comunistas celebran Misa y confiesan a los fieles católicos romanos en sus respectivas parroquias, donde esos agentes de un gobierno comunista se enteran de los pecados secretos de muchísimos norteamericanos, y pueden proporcionar a sus jefes comunistas en China informaciones para chantajear. Quien confirmó esto fue el Arzobispo Levada, de San Francisco, cuando declaró que el Vaticano — y sin duda el Cardenal Sodano está implicado en esta decisión — autorizó que se les concediera una “misión apostólica” a esos sacerdotes de la ACP, cismática, pro aborto y controlada por los comunistas6.

       Trátase de una patente e indiscutible penetración del poder comunista en el seno de la Iglesia. No podría haber una demostración más impresionante de la Adaptación. Sin embargo, la presencia en las parroquias norteamericanas de esos sacerdotes controlados por los comunistas no es sino una imagen de la operación global que tuvo origen en Metz, Francia, en 1962, cuando se bajó el puente levadizo de la Iglesia y las fuerzas del Mundo, enemigas juradas de la Iglesia, comenzaron a invadirla, lo cual llevó al Papa Pablo VI a hablar de la invasión de la Iglesia por el pensamiento mundano.

La Adaptación del Mensaje de Fátima

       En ninguna parte se podrá hallar un ejemplo más penoso de la Adaptación de la Iglesia que en lo que sucedió el 8 de octubre de 2000: en ese día se realizó en el Vaticano una ceremonia destinada a «confiarle» varias cosas a María Santísima — “confiarle” el pueblo, para que dejase de pensar en la Consagración de Rusia. Durante dicha ceremonia, «todos los pueblos», el Mundo, los desempleados, y hasta «la juventud en busca de un sentido» — todo y todos menos Rusia — fueron «confiados» a Nuestra Señora. En la víspera de esta ceremonia, se transmitió a todo el mundo, vía satélite, el rezo del Rosario en la Plaza de San Pedro. Pero faltó algo: las oraciones de Fátima. Nadie en el Vaticano rezaría: «¡Oh, Jesús mío!, perdónanos nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno. Conduce al Cielo todas las almas, principalmente las más necesitadas.» Sin embargo, la Hermana Lucía, desde su convento en Coimbra, rezó un misterio ante las cámaras de TV. Con una expresión visiblemente angustiada, la Hermana Lucía rezó las oraciones de Fátima – en portugués. Había sido reducida a figurante en un truco publicitario.

       Vemos aquí la “sergianización” del Mensaje de Fátima, la Adaptación de Fátima al Mundo. Nuestra Señora de Fátima se convierte en Nuestra Señora de los Desempleados, Nuestra Señora de la Juventud que busca un sentido; y se suprimen del Rosario las oraciones de Fátima.

       Esto nos lleva al inicio del año 2001. Para la Adaptación, el año anterior había sido un año de intenso ajetreo, pero había que hacer algunos remates. El Padre Gruner continuaba dirigiendo su eficaz Apostolado de Fátima. Por eso, el 16 de febrero de 2001 el Cardenal Castrillón escribió al P. Gruner, reiterándole la amenaza de excomunión de junio del año anterior. Si P. Gruner no interrumpiese lo que venía haciendo, serían tomadas “medidas definitivas, dolorosas para todos los implicados.”

       En dicha carta, el Cardenal Castrillón presentó otra prueba de la nueva orientación que se estaba proyectando para el Mensaje de Fátima. Según él, «La Bienaventurada Madre se le apareció a los tres pequeños videntes en Cova da Iria en principio del siglo y preparó un programa de acción para la Nueva Evangelización, del que participa toda la Iglesia, y cuya aplicación se hace más urgente en la aurora del tercer milenio.7» Nuestra Señora de Fátima era ahora Nuestra Señora de la Nueva Evangelización — sobre la cual Ella no había dicho en Fátima ¡ni una sola palabra!

       Nuestra Señora no vino a Fátima para anunciar “la Nueva Evangelización”, eslogan aplicado a una reciente e improductiva campaña para estimular la Fe moribunda de los que ya son católicos.8 Ni tampoco vino Nuestra Señora para anunciar ninguno de los otros eslóganes incomprensibles que vienen infestando a Iglesia en los últimos cuarenta años: “diálogo ecuménico”, “diálogo interreligioso”, “solidaridad”, “la civilización del amor”, “Inculturación”, etc. Lo que Ella sí vino a anunciar fue la Vieja Evangelización, el Evangelio perenne de Jesucristo — de ayer y de hoy y de todo siempre —, el mismo Cristo que advirtió al Mundo que «aquel que es bautizado y cree se salvará; aquel que no cree será condenado.» Un grupo de defensores del P. Gruner, en respuesta al Cardenal, protestó de la siguiente forma:

       Eminencia: ¿Dónde se puede hallar uno siquiera de los elementos mencionados en Vuestra interpretación del Mensaje de Fátima? ¿Dónde se halla el Cielo, dónde el Infierno, puesto que sólo aludís vagamente a las “Realidades Últimas” — una expresión aceptable para cualquier masón? ¿Dónde está el Triunfo del Corazón Inmaculado de María? ¿Dónde se encuentran la Consagración y la Conversión de Rusia? ¿Dónde se hallan las advertencias de Nuestra Señora? ¿Dónde está, en realidad, el Mensaje de Fátima?

       El Mensaje de Nuestra Señora de Fátima al Mundo no contenía eslóganes, como “la Nueva Evangelización”. No profirió ningún eslogan, sino solamente la simple verdad católica: que muchas almas están ardiendo en el Infierno, porque les faltó la Fe católica; que para salvar las almas Dios ordena, como una necesidad, que se establezca en el Mundo — y no solamente entre los que ya son católicos — la devoción al Corazón Inmaculado de María; que Su Corazón Inmaculado deberá triunfar, mediante la Consagración de Rusia a Su Corazón, que sólo con estos requisitos se obtendrá la verdadera paz en nuestros días. Al mismo tiempo, Nuestra Señora nos advirtió acerca de las consecuencias, si dejamos de atender a Sus peticiones: guerras e persecución a la Iglesia, el martirio de los justos, el sufrimiento del Santo Padre, el sufrimiento del mundo entero — todo lo cual está ocurriendo en este momento de la Historia — y, finalmente, la aniquilación de varias naciones, si insistimos en ignorar sus exhortaciones.

       El Mensaje de Fátima se escribió, pura y simplemente, ignorando su contenido real, y fue transformado en eslóganes de la Adaptación. Y en consonancia con esa Adaptación estalinista de la Iglesia, sería censurado todo aquel que diese oídos a la interpretación que anteriormente se le daba a las expresiones antiguas. En la misma carta del 16 de febrero, el Cardenal Castrillón Hoyos exigió que el P. Gruner “se retractase públicamente” de algunas opiniones publicadas en la revista de su Apostolado, opiniones que el Cardenal consideraba reprobables. En una Iglesia en que prolifera la literatura herética que ha destruido la fe de millones de personas y que puso en peligro sus almas, ¡el Cardenal Castrillón Hoyos quiso censurar la revista The Fatima Crusader! ¿Por qué? Pues porque la revista se había atrevido a criticar, no la Doctrina católica sobre Fe y Moral, sino las decisiones orientadoras del Cardenal Sodano y de sus colaboradores — incluso sus conferencias de prensa y los banquetes con gente del jaez de Mijaíl Gorbachov, sus relaciones despreocupadas con la cismática ACP, y la tentativa de enterrar el Mensaje de Fátima bajo una montaña de falsas interpretaciones.

       El tratamiento dado al Padre Gruner, a la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, al Arzobispo Lefebvre, a la Sociedad San Pío X y a otros obstáculos a la nueva orientación del Concilio Vaticano II demuestra que la época posconciliar presenta una situación muy parecida con aquella que deploraba San Basilio, en el auge de la herejía ariana: «Hoy sólo se castiga rigurosamente un delito: la cuidadosa observancia de las tradiciones de nuestros padres. Por eso los devotos son retirados de sus países y llevados a los desiertos.»

       De hecho, hoy sólo se castiga rigurosamente un delito: la cuidadosa observancia de las inmutables tradiciones preconciliares de la Iglesia, resumidas en el Mensaje de Fátima. Es muy extraño que el propio Cardenal Ratzinger, en su alocución de 1988 a los Obispos de Chile, hubiese hecho el siguiente comentario acerca del llamado “cisma de Lefebvre”:

       Aquello que anteriormente se consideraba Santísimo (la forma como ha sido transmitida la Liturgia), de repente parece ser lo más prohibido, lo único que se puede prohibir sin miedo de errar. Es intolerable criticar las decisiones tomadas desde el Concilio. Por otra parte, si las personas ponen en duda las reglas tradicionales o hasta las grandes verdades de la Fe, como la Virginidad corporal de María, la Resurrección física de Jesús, la inmortalidad del alma, etc., nadie reclama o, cuando mucho, lo hace con extrema cautela. Todo eso lleva a un gran número de personas a preguntarse si la Iglesia actual es, realmente, la misma del pasado, o si la han transformado en cualquier otra cosa, sin habérselo comunicado a los fieles.

       Es todavía más extraño que el Cardenal Castrillón Hoyos hubiese admitido lo mismo. En la mencionada entrevista a 30 Days declaró: «La más urgente necesidad de nuestro tiempo es mostrarle a las personas que la Iglesia de hoy es la misma de siempre.» Pero ¿Por qué se le atribuye a esa necesidad el carácter de “urgencia”? Recorriendo toda la Historia de la Iglesia Católica, ¿cuándo hubo necesidad de demostrar que la Iglesia continuaba siendo la misma de antes? ¿Por qué sería necesaria tal demostración, si no hubiese un fuerte motivo para sospechar que han transformado la Iglesia?

       Conforme ya lo hemos mostrado, hay indudablemente un fuerte motivo para sospecharlo: Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia Católica fue sometida a una Adaptación, en total sintonía con la orientación prevista, proyectada y puesta en práctica por sus peores enemigos. Y los responsables de la Iglesia actual se niegan a admitir lo que ha sucedido, aun cuando ellos mismos hayan sido inconscientemente los agentes de tal destrucción. Son, como dijo Nuestro Señor sobre los fariseos, «ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.» (Mt. 15:14)

La propia Hermana Lucía declaró: «¡Por eso, el Demonio le ha hecho tanta guerra (el Rosario)! ¡Y lo peor es que ha conseguido burlar y engañar a muchas almas que, por las posiciones que ocupan, tienen una gran responsabilidad!(...) ¡Son ciegos que guían a otros ciegos! (…)»9

       Y, como dijo San Pablo acerca de aquel tipo de personas duras de cerviz: «No hay peor ciego que el que no quiere ver.» En las Sagradas Escrituras también está escrito: «Porque el corazón de este pueblo se ha embotado, han endurecido sus oídos y cerrado sus ojos, para no ver con sus ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, y se conviertan y [Yo] los sane.» (He. 28:27) Defienden ciega y obstinadamente la Adaptación de la Iglesia Católica como si eso fuese un dogma de Fe, mientras delante de sus ojos, sin reaccionar, se van corroyendo los auténticos dogmas de Fe en toda la Iglesia.

Notas:
  1. Carta al Capítulo General de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, 29 de junio de 2000.


  2. Revista 30 Days, Nº 11, 2000, p. 17.


  3. Zenit, 19 de septiembre de 2000.


  4. CWN News Brief, 18 de septiembre de 2000.


  5. Es verdad que, en circunstancias normales, un Obispo no debe consagrar a otro sin la permisión o autorización explícita del Papa; sin embargo, no solamente en la legislación sino también por la práctica secular  en la Historia de la Iglesia, está previsto que un Obispo sí puede — y a veces debe — consagrar a otro Obispo sin una permisión explícita, pudiendo incluso llegar a desobedecer una orden explícita del Papa. El Derecho Canónico admite que un subordinado, después de la necesaria reflexión y oración, tiene derecho de contrariar una orden explícita de la autoridad superior — aun cuando ésta sea el Papa — si su conciencia, basada en la Doctrina católica, lo convence de que debe proceder de ese modo. (Cf. Canon 1323¸ especialmente la Sección 4, y el Canon 1324, especialmente la Sección 1, Subsección 8, y la Sección 3). Es más: Según la ley, si un subordinado a la autoridad general del Papa no acata una orden específica, eso no constituye ipso facto un cisma; cuando mucho, se trata de un acto de desobediencia.


  6.        Aun así, no constituye acto de desobediencia, al menos bajo el punto de vista subjetivo, si quien lo practica no se siente obligado a obedecer a una autoridad superior, puesto que así lo exigen la preservación de la Fe y el bien de la Iglesia. El hecho de que, en 29 de junio de 1988, el Arzobispo Lefebvre hubiese consagrado Obispos a cuatro Sacerdotes sobrepasa la finalidad de este libro; pero existen artículos de gran profundidad escritos por canonistas y teólogos que ofrecen pruebas muy sólidas en favor de la defensa subjetiva y objetiva de este acto. (Véase los artículos escritos por Patrick Valdrini, Decano de Derecho Canónico del Institut Catholique de Paris, Francia, y por el Conde Neri Caponi, Profesor Emérito de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Florencia, Italia.) En mayor o menor grado, varios Cardenales del Vaticano también han defendido públicamente al Arzobispo Lefebvre por este acto.

  7. Fundación Cardenal Kung, Open Letter to the Vatican [Carta Abierta al Vaticano], Sec. III, 28 de marzo de 2000 (www.cardinalkungfoundation.org/cpa/openletter.htm). En respuesta a la Fundación (citada en la Open Letter), el Arzobispo Levada informa que el “ministerio apostólico” de los Sacerdotes de la ACP “se ejerce de acuerdo con las directrices oriundas de la Santa Sede.


  8. Carta al P. Nicholas Gruner, 16 de febrero de 2001.


  9. La descripción de la Nueva Evangelización es la de una Evangelización “nueva en su ardor, nueva en su método y nueva en su expresión”. Esa imagen de la “Nueva Evangelización” sirvió  como “justificativa” del surgimiento del estridente “Movimiento Carismático”, de los Congresos ; Eucarísticos de Rock and Roll, de los Días Mundiales de la Juventud, también conocidos por el ; apodo “Woodstock Católicos”, y de otras aberraciones de la Iglesia en la actualidad. Para un ; tratamiento completo de este tema, véase John Vennari, “Catholicism Dissolved. The New ; Evangelization” [El Catolicismo diluido. La Nueva Evangelización], una serie de cuatro artículos ; publicados en la revista Catholic Family News de octubre de 1998 a enero de 1999.


  10. La cita de la Hermana Lucía aparece en el portugués original en: “Pequeno tratado da vidente, ; sobre a natureza e recitação do Terço”, Capítulo VI de Uma vida ao serviço de Fátima pelo ; Padre S. Martins dos Reis (Escola tipografica das missões cucujães, Cucujães, 1974) pp. &n;371 - 379. Cf. The Whole Truth about Fatima – Vol. III, p. 758.

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