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El Mensaje
de Fátima contra
¿Cuál ha sido para la Iglesia el efecto global de las sorprendentes transformaciones, sin paralelo y extremamente dramáticas que tuvieron inicio en el siglo XX? Como lo han comprobado varios escritores católicos, aquello que los católicos presenciaron especialmente en los últimos 40 años constituye una especie de “estalinización de la Iglesia Católica Romana”, con una asustadora semejanza con aquello que en la época se conocía por “la Adaptación” de la Iglesia Ortodoxa a las exigencias del régimen estalinista. La subversión de la Iglesia Ortodoxa por Stalín es, indudablemente, una de las líneas de evolución de Rusia previstas por la Santísima Virgen de Fátima. Fue precisamente ése el motivo por el cual Nuestra Señora vino a pedir la consagración de Rusia a Su Corazón Inmaculado: para que ese país abrazase la única y verdadera Religión y la única y verdadera Iglesia, y no la Iglesia Ortodoxa cismática, fundada en una rebelión humana contra Roma hace más de 500 años, cuando abandonó el Cuerpo Místico de Cristo — y fue por ello constitucionalmente incapaz de evitar su total Adaptación al Estalinismo. La Adaptación Ortodoxa tuvo inicio oficialmente cuando el Metropolitano Sergio, de la Iglesia Ortodoxa Rusa, publicó una “Invocación” en el Izvestía de 19 de agosto de 1927. La “Invocación de Sergio”, como pasó a ser conocida, esbozó nuevas premisas para la actividad de la Iglesia Ortodoxa Rusa. El lego ruso Boris Talantov describió esto como “una Adaptación a la realidad atea de la U.R.S.S.” Dicho de otro modo, aquella Iglesia tenía que hallar, conforme se deduce de la argumentación, una forma de convivencia con la “realidad atea” de la Rusia estalinista. Y por eso Sergio propuso lo que abreviadamente se conoció por “la Adaptación”. Primero y ante todo, la Adaptación constituía una falsa separación entre las necesidades espirituales de los seres humanos — necesidades puramente religiosas — y sus necesidades sociopolíticas; es decir, una separación entre la Iglesia y el Estado: la Iglesia servía para satisfacer las necesidades puramente religiosas de los ciudadanos de la Unión Soviética, pero sin inmiscuirse en la estructura sociopolítica erigida por el Partido Comunista. La Adaptación exigió una nueva administración de la Iglesia en Rusia, en conformidad con las premisas esbozadas poco después de haber sido publicada la Invocación de Sergio. Básicamente, se limitó a un acuerdo para no criticar la ideología oficial de la Unión Soviética bajo el régimen de Stalín. Y esto se reflejaría en todas las actividades de la Iglesia: cualquier oposición de la Iglesia Ortodoxa Rusa al régimen soviético se consideraría de allí en adelante un desvío de su actividad puramente religiosa y una forma de contrarrevolución que jamás sería permitida En efecto, debido a su silencio, la Iglesia Ortodoxa se tornó un instrumento del Estado soviético. En realidad, Sergio continuaría defendiendo esa traición, llegando a exigir que sus propios colegas ortodoxos fuesen sentenciados y condenados a los campos de concentración, por presuntas actividades contrarrevolucionarias. Talantov, que, había condenado la Adaptación en todos sus aspectos, así la describió: «En realidad, toda la actividad religiosa se limitó a ritos externos. Los sermones de los clérigos firmemente adeptos a la Adaptación eran totalmente ajenos a la vida real, y, por consiguiente, no ejercían ninguna influencia en los oyentes. El resultado fue que la vida familiar, social e intelectual de los fieles, así como la formación de la generación más nueva, permanecieron ajenos a la influencia de la Iglesia. No se puede prestar culto a Cristo si, al mismo tiempo, en la vida social y familiar se cuentan mentiras, se practica la injusticia, se hace uso de la violencia y se sueña con un paraíso terrenal.»1 Era, pues, éste el significado de la Adaptación: La Iglesia permanecería en silencio sobre los males del régimen estalinista, se tornaría una comunidad “espiritual”, “en sentido abstracto”, no iría a manifestar su oposición al régimen, no condenaría los errores y las mentiras del Comunismo, y por eso se convirtió en la Iglesia del Silencio, que es como se le llamaba frecuentemente a la Cristiandad detrás del Telón de Acero. La Invocación de Sergio provocó un cisma en la Iglesia Ortodoxa Rusa. Los verdaderos creyentes, que repudiaron la Adaptación, que denunciaron la Invocación y que permanecieron vinculados al Metropolitano Joseph — y no a Sergio — fueron presos y enviados a los campos de concentración. Boris Talantov mismo eventualmente murió en la prisión, como preso político del régimen estalinista, mientras que la Iglesia del Silencio se transformó, de hecho, en un órgano de la KGB. Stalín diezmó la Iglesia Ortodoxa Rusa; todos los verdaderos creyentes ortodoxos fueron enviados a los campos de concentración o ejecutados y sustituidos por empleados de la KGB. Poco antes de morir, en agosto de 1967, Talantov escribió lo siguiente acerca de la Adaptación: La Adaptación al ateísmo, implantada por el Metropolitano Sergio, finalizó (se completó con) la traición de la Iglesia Ortodoxa Rusa por parte del Metropolitano Nikodim y otros representantes oficiales del Patriarca de Moscú con sede en el Exterior. Dicha traición, irrefutablemente demostrada por los documentos citados, debe ser de conocimiento de todos los fieles en Rusia y en el Exterior, porque la actuación del Patriarcado, que cuenta con la colaboración de la KGB, representa un gran peligro para todos los creyentes. En realidad, los líderes ateos del pueblo ruso y los príncipes de la Iglesia se han mancomunado contra el Señor y Su Iglesia.2 Talantov se refiere aquí a aquel Metropolitano Nikodim que indujo al Vaticano a entrar en el Acuerdo Vaticano-Moscú, mediante el cual (como hemos mostrado en el capítulo 6) la Iglesia Católica se comprometió a no hablar del Comunismo en el Concilio Vaticano II. Pues bien: El mismo prelado ortodoxo que traicionó a la Iglesia Ortodoxa Rusa, fue el intermediario de un acuerdo con que también se traicionó a la Iglesia Católica. Durante el Vaticano II varios clérigos católicos, en colaboración con Nikodim, concordaron en que la Iglesia Católica se transformaría en una Iglesia del Silencio. Y desde el Concilio, la Iglesia Católica se sumió indudablemente en el silencio, casi de forma absoluta, no sólo con relación a los errores del Comunismo — que la Iglesia dejó de condenar casi por completo, hasta con relación a la China Comunista que persigue a la Iglesia con toda crueldad —, sino también con relación a los errores del mundo en general. Recordamos que, en su alocución inaugural del Concilio, el Papa Juan XXIII admitió públicamente que el Concilio (y posteriormente la mayor parte de la Iglesia) ya no condenaría los errores; por el contrario, se abriría al mundo, en una presentación “positiva” de Su Doctrina a los “hombres de buena voluntad.” El resultado, como lo reconoció Pablo VI mismo, no fue la ansiada conversión de los “hombres de buena voluntad”, sino aquello que él definió como «una verdadera invasión de la Iglesia por el pensamiento mundano.» Por otras palabras, tanto cuanto posible en la Iglesia Católica (la cual nunca falla por completo en Su misión), representó una especie de Adaptación Sergiana del Catolicismo Romano. Pues bien, en conformidad con esa Adaptación de la Iglesia Católica, hacia el año 2000 el Mensaje de Fátima estaría firmemente subyugado a las exigencias de la nueva orientación. Varios miembros de la alta jerarquía del Vaticano habían determinado que Rusia no sería mencionada en ninguna ceremonia de consagración que el Papa pudiese efectuar, como respuesta a las peticiones de la Virgen. En el número de Noviembre de 2000 de la revista Inside the Vatican, se cita a un ilustre Cardenal, identificado solamente como «uno de los consejeros más próximos al Santo Padre», en estos términos: «Roma teme que los ortodoxos rusos pudieran considerar “ofensiva” una alusión específica de Rusia en tal oración, como si sólo Rusia necesitase de ayuda, cuando el Mundo entero, incluso el Occidente poscristiano, afronta gravísimos problemas (…)» Ese mismo Cardenal consejero añadió: «Vamos a tener cuidado para no apegarnos demasiado a la letra.» En resumen: “Roma” — es decir, algunos pocos miembros de la Alta Jerarquía del Vaticano, que asesoran al Papa — decidió no atender a la petición específica de Nuestra Señora de Fátima, con recelo de ofender a los ortodoxos rusos; “Roma” no desea dar la impresión de que Rusia tendrá que convertirse a la Fe católica por medio de su Consagración al Corazón Inmaculado de María, porque esto entraría en conflicto con el “nuevo diálogo ecuménico” lanzado por el Concilio Vaticano II. La Consagración y la conversión de Rusia solicitada por la Madre de Dios también entraría en conflicto con el acuerdo diplomático del Vaticano (en la Declaración de Balamand de 1993), según el cual el regreso de los ortodoxos a Roma es una “eclesiología obsoleta” — afirmación que, como hemos demostrado, contradice rotundamente el dogma católico, infalible por definición, de que tanto los herejes como los cismáticos no se pueden salvar mientras permanezcan alejados de la Iglesia Católica. En conformidad con este clamoroso desvío de la Doctrina católica, en enero de 1998 el propio Administrador Apostólico del Vaticano para Rusia, Arzobispo Tadeusz Kondrusiewicz afirmó públicamente: «El Concilio Vaticano II declaró que la Iglesia Ortodoxa es nuestra Iglesia Hermana y tiene los mismos medios de salvación. Siendo así, no se justifica una política de proselitismo.»3 Debido a este abandono de facto de la permanente Doctrina de la Iglesia — que enseña que, si desean salvarse, los herejes, los cismáticos, los judíos y los paganos tienen que unirse al rebaño católico — al menos entre aquellos que promueven la nueva orientación de la Iglesia estaría obviamente descartada la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María para obtener su conversión. Así, el 13 de mayo de 1982 y, una vez más, el 25 de marzo de 1984, el Papa consagró el Mundo al Corazón Inmaculado, pero sin hacer mención a Rusia. En ninguna de esas ocasiones se contó con la participación de los Obispos del Mundo entero. Por eso, dejaron de cumplirse los dos requisitos declarados por la Hermana Lucía a lo largo de su vida. El propio Papa lo admitió sin rodeos e hizo algunos comentarios reveladores durante y después de la ceremonia de 1984. Durante la ceremonia, ante 250.000 personas en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre, de improviso, añadió al texto preparado estas palabras: «Iluminad especialmente a aquellos pueblos cuya consagración y confiada entrega Vos esperáis de nosotros.»4 Algunas horas después de la ceremonia, conforme relato publicado Avvenire, periódico de los Obispos católicos italianos, el Santo Padre oró en la Basílica de San Pedro, ante una multitud de 10.000 personas, suplicándole a Nuestra Señora que bendijese «a aquellos pueblos cuya consagración y entrega Vos esperáis de nosotros.»5 Rusia no fue consagrada al Corazón Inmaculado de María, y el Papa lo sabe. Evidentemente, persuadido por sus consejeros, el Papa le había dicho al Obispo Cordes, administrador del Pontificio Consejo para los Laicos, que había omitido cualquier mención a Rusia porque «para los líderes soviéticos eso sería una provocación.»6 El surgimiento de la Pero los fieles no simple y pacíficamente abandonarían la Consagración de Rusia, ya que era obvio que en el período de 1984 — 2000 Rusia no se había realizado la Conversión religiosa que la Virgen prometiera, como consecuencia de una Consagración a su Corazón Inmaculado de forma adecuada. Al contrario: a pesar de ciertos cambios en la política, todo lo que consiguieron fue deteriorar las condiciones material, moral y espiritual de Rusia desde aquella “consagración” de 1984. Considérense estas pruebas, que ofrecen sólo un esbozo de la gravedad de la situación en Rusia alrededor del año 2000 (que desde aquel entonces sólo empeoró, como veremos):
Considerando todas estas evidencias, era bastante difícil responder a la cuestión sobre si la Consagración de Rusia había sido celebrada de acuerdo con la petición de Nuestra Señora de Fátima. Por lo tanto, bajo el punto de vista de los ejecutores de la nueva orientación de la Iglesia — la Adaptación de la Iglesia al Mundo — había que hacer algo con relación a Fátima. Y, en particular, había que hacer algo con relación a un sacerdote canadiense, el P. Nicholas Gruner, cuyo Apostolado de Fátima se convirtió en una voz de peso para millones de Católicos que estaban convencidos de que la Consagración de Rusia se había descarrilado por causa de los planes de ciertas personas en el Vaticano. Era muy sencillo: Fátima y “el Sacerdote de Fátima” tenían que ser enterrados de una vez por todas. El proceso tuvo inicio aún en 1988, cuando — según el relato de Frère François — «llegó una orden del Vaticano dirigida a las autoridades de Fátima, a la Hermana Lucía, a diversos eclesiásticos, incluso al P. Messias Coelho, y a un sacerdote francés [naturalmente, el P. Pierre Caillon], muy devoto de Nuestra Señora, exigiendo que dejasen de importunar al Santo Padre con el tema de la Consagración de Rusia.» El P. Caillon, devoto de Fátima, confirmó la emisión de esa orden: «Llegó una orden de Roma que le obligaba a todos a decir y pensar lo siguiente: “Ya se ha hecho la Consagración. Después que el Papa hubiera hecho todo lo que estaba a su alcance, el Cielo se dignó aceptar esa actitud”.»18 Fue por esa época cuando muchos Apostolados de Fátima, que hasta aquel entonces sostenían que no se había celebrado la Consagración de Rusia, mudaron inesperadamente sus opiniones y declararon que la de 1984 había cumplido los deseos del Cielo. Lamentablemente, hasta el P. Caillon mudó poco después su testimonio, y pasó a decir que la Consagración de 1984 había atendido a las peticiones de la Virgen. Fue también por esa época cuando empezaron a circular cartas, presuntamente de la Hermana Lucía, escritas a máquina y en ordenador. Una de esas cartas, absolutamente increíble, fue la del 8 de noviembre de 1989, dirigida a un cierto Sr. Noelker y en la cual constaba la declaración “de la Hermana Lucía” de que el Papa Pablo VI había consagrado el Mundo al Corazón Inmaculado de María, durante una breve visita a Fátima en 1967 — una Consagración que nunca se realizó, como la Hermana Lucía bien sabía por haber presenciado personalmente la visita papal del principio al fin.»19 Así surgió la Línea del Partido sobre el Mensaje de Fátima. ¿A qué llamamos exactamente “la Línea del Partido”? Vladímir Ilich Lenin dijo cierta vez: «La mentira es sagrada y el engaño será nuestra arma principal.» Por tanto, no era de sorprender que el Pravda, en su condición de órgano oficial del Partido Comunista Soviético, estuviera repleto de mentiras — a pesar de que la palabra rusa Pravda significa “verdad”. Así, pues, un periódico chamado “Verdad” está siempre lleno de mentiras, conforme las palabras de Lenin: «La mentira es sagrada y el engaño será nuestra arma principal.» Pues bien, un mentiroso jamás convencerá a nadie con sus mentiras si lleva al pecho un letrero diciendo “¡Soy un mentiroso!” Ni siquiera un imbécil llevaría a serio a un hombre como ése. Para que un mentiroso pueda convencer a las personas de que sus mentiras son verdad, hay que redefinir la verdad. Es esto lo que quiere decir la frase de Lenin «la mentira es sagrada…» La mentira se convierte en “verdad”, y se acepta servilmente, en vez de aceptar la verdad. Como dicen las Sagradas Escrituras al proferir la maldición en el Libro de Isaías: «¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas.» (Is. 5:20) A las tinieblas de la falsedad se le da apariencia de la luz de la verdad, y éste es uno de los errores fundamentales de Rusia. Pero ese artificio de transformar en “verdad” una mentira no se originó en Rusia ni con los comunistas; su origen es el demonio, el Padre de las Mentiras. San Pablo nos habla del demonio disfrazado de ángel de luz. Para ser más específico, él se refiere al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo: «Pero aun cuando [uno de] nosotros o un ángel del Cielo os anunciase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema.» (Gal. 1:8) Es el demonio, presentándose bajo el aspecto de un ángel de luz, quien da la apariencia de verdad, de forma que pueda engañar por medio de la mentira. Y fue ahí donde se originó ese error — “la mentira es sagrada” y “la falsedad es la verdad”. El P. Paul Kramer narra una conversación que tuvo con el General Graham, del Ejército de Estados Unidos. «El General Graham contó que en una ocasión estuvo en Rusia con un funcionario soviético y que éste le preguntó: “¿No desea usted la paz?” A lo que el General contestó: “¡No!, porque conozco vuestra definición de paz. No quiero ese tipo de paz.” Mientras charlaban, pasaron delante de un enorme anuncio que exhibía varios soldados armados con sus rifles. En el anuncio había una frase: “Pobieda kommunista eta mir”, lo cual quiere decir: “La victoria comunista es la Paz”» Según la enseñanza marxista, el Estado comunista hace la guerra para fomentar la revolución y hace uso de todas las formas posibles de engaño — la guerra total — a fin de subyugar el Mundo entero al Comunismo. Una vez concluida la guerra con la victoria del Comunismo en todo el planeta, se alcanzará la “paz”, en la versión comunista. Pero, ¿qué es la paz, realmente? San Agustín define la paz con más precisión: «La paz es la tranquilidad del orden.» ¿Cuál es la definición correcta? No se trata de un asunto de evaluación subjetiva. Santo Tomás de Aquino explica: «ens et verum convertunter», una forma escolástica de decir que la verdad es convertible con la realidad — es decir, que aquello que objetivamente es real, por esa misma razón, objetivamente es verdadero. Dicho de otro modo: la verdad es aquello que es, mientras la mentira es aquello que no es. Aquello que no es no puede ser verdad. Luego, si alguien dice, por ejemplo, que lo blanco es negro, tal afirmación es una mentira — por muy alta que sea la autoridad de quien lo haya dicho. Sin embargo, según la doctrina marxista, la verdad es aquello que promueve la revolución comunista. ¿Y qué es lo que promueve la revolución comunista? Todo aquello que se ha decidido incorporar a la Línea del Partido: aquello que el Partido determina que sea verdadero, pasa a ser “la verdad”, aunque de hecho sea mentira. Así, pues, si la Línea del Partido afirma que “lo negro es blanco”, es precisamente en eso en lo que todos los miembros del Partido tienen que creer — simplemente porque así lo ha decidido el Partido: “lo negro es blanco”. Así como hubo una especie de “estalinización” de la Iglesia, en el sentido de una Adaptación de la Iglesia al Mundo, así también habrá una especie de Línea del Partido estalinista sobre Fátima: una versión del Mensaje de Fátima, dictada por la Alta Jerarquía y a la que deben adherir todos los miembros de la Iglesia de la Adaptación posconciliar. En esencia, la Línea del Partido sobre Fátima se reduce a lo siguiente: La “Consagración de Rusia” se ha realizado por completo y todos deben dejar de pedirla. Tal como lo predijo Nuestra Señora de Fátima, tenemos la “paz”. Rusia está llevando a cabo la “conversión” prometida por Nuestra Señora. Por consiguiente — según la Línea del Partido —, no hay nada en el Mensaje que no haya sido cumplido y por eso Fátima es ahora cosa del pasado. Como veremos, las expresiones entre comillas — “Consagración de Rusia”, “paz” y “conversión” — pasaron por una redefinición a fin de que la Línea del Partido se ajustase a Fátima. Por consiguiente, se nos pide ahora que, en todo lo que se relacione con Fátima, pasemos a creer en algo como “lo negro es blanco” — porque es esa la Línea del Partido. Cada Línea del Partido requiere, para imponerla, un dictador, un jefe del Partido. Si así es, ¿en dónde se originó, dentro del sistema de poder del Vaticano, la Línea del Partido sobre Fátima? Las pruebas son abrumadoras e indican que tuvo origen en la Secretaría de Estado del Vaticano. En este punto, es conveniente hacer una breve retrospectiva. Antes de nada, en el sentido formal de las cosas — aquello que San Agustín denominaba “la tranquilidad del orden”, o sea, la Paz — la Iglesia no es una dictadura. La dictadura es una institución bárbara. Como dice Eurípides, «entre los bárbaros todos, menos uno, son esclavos.» Nuestro Señor dijo a sus Apóstoles: «Sabéis que los príncipes de las naciones las tiranizan, y que los grandes las oprimen con su poderío. No será así entre vosotros» (Mt. 20:25-26) A pesar de eso, la tranquilidad del orden — la Paz de la Iglesia — ha sido enormemente perturbada en el período posconciliar. Lo que podemos observar actualmente en la Iglesia es que hay dirigentes de la Curia Romana (no se trata del Papa, sino de algunos de sus Secretarios que gobiernan sobre sus súbditos con un despotismo oriental. Para ser más preciso, aplican su despotismo sobre algunos súbditos que desafían la Línea del Partido, mientras la Iglesia como un todo se encuentra al borde de un colapso de Fe y de disciplina que esos mismos potentados ignoran. ¿Cómo pudo suceder todo esto? Desde la reestructuración de la Curia Romana, alrededor de 1967, determinada por el Papa Pablo VI — pero, en realidad, proyectada e implantada por el Cardenal Jean Villot — se hizo posible el comportamiento dictatorial de los dirigentes de los diversos dicasterios romanos. Antes del Concilio Vaticano II la Curia Romana tenía la estructura de una monarquía. El Papa era el Prefecto del Santo Oficio, mientras que el Cardenal encargado del expediente diario del Santo Oficio ocupaba el segundo puesto. Los demás dicasterios se hallaban en un nivel inferior. Así, si, por un lado, tenían su propia autoridad y jurisdicción y, según el principio de subsidiariedad,20 estaban subordinados al Santo Oficio, por otro, el Santo Oficio también estaba directamente subordinado al Papa. Este esquema estaba en perfecta armonía con la Divina Constitución de la Iglesia. El Papa, Vicario de Jesucristo en la Tierra, estaba a la cabeza de toda la cadena de mando. Sin embargo, después del Vaticano II el Cardenal Villot proyectó la reestructuración de la Curia Romana. Mucho antes de que Gorbachov hubiese anunciado su programa de perestroika en la Unión Soviética, la Iglesia ya ponía en práctica su propia perestroika en la Curia Romana. El Santo Oficio pasó a tener otra denominación, pero mucho más importante que eso fue la pérdida de su anterior supremacía dentro de la Curia. Ésta fue reestructurada de tal forma que el Cardenal Secretario de Estado se situaba en una posición superior a la de todos los demás dicasterios, incluso el anteriormente llamado Santo Oficio. Éste, con una nueva estructura, pasó a llamarse Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) y el Papa dejó de ser su Prefecto. Quien la dirige ahora es un Cardenal Prefecto (actualmente el Cardenal Ratzinger) y está subordinada a la autoridad del Secretario de Estado. En el anterior sistema de gobierno — bajo la autoridad del Papa y de Su Santo Oficio —, la Fe y la Moral eran los principales factores que determinaban la política curial. Sin embargo, en la “estructura” posconciliar, bajo las órdenes del Cardenal Secretario de Estado y de su dicasterio (la Secretaría de Estado), es la Línea del Partido — o sea, la política del Secretario de Estado — el factor supremo que determina la formulación de los planes de acción de la Iglesia; hasta el antiguo Santo Oficio, ahora la CDF, se subordina al Secretario de Estado. Por lo tanto, como consecuencia de esa reestructuración, el Santo Padre, el Sumo Pontífice, no es más que una figura decorativa que da su aprobación — como quien pone un sello — a las decisiones que el Secretario de Estado le presenta como un fait accompli [hecho consumado]. Conviene repetirlo: El Papa fue reducido a una figura decorativa al servicio de la dictadura del Secretario de Estado. 21 En el registro masónico exigido por la ley italiana aparece el nombre de Jean Villot — el mismo Villot que dirigió la reorganización curial. Después de su muerte, se encontró en su biblioteca particular una misiva escrita a mano del Gran Maestro de la Logia Masónica a que pertenecía, elogiándolo por haber conservado las tradiciones de la Masonería.22 Como comentó un sacerdote francés que vivía en Roma: «Por lo menos había un área en que era tradicionalista.» forma de imponer la Línea del Partido En 1917, en el mismo año en que Nuestra Señora se apareció en Fátima, San Maximiliano Kolbe estaba en Roma, cuando presenció la hostilidad declarada de los masones contra la Iglesia Católica, y sus manifestaciones con carteles en que anunciaban su intención de infiltrarse en el Vaticano, de tal forma que Satanás pudiera reinar desde allí y que el Papa fuera su esclavo.23 Al mismo tiempo también se jactaban de que destruirían la Iglesia. Esa intención de los masones de destruir la Iglesia se encaja perfectamente en el famoso precepto masónico: «Destruiremos la Iglesia por medio de la santa obediencia.» Como hemos mostrado en un capítulo anterior, el Obispo Graber de Regensburg (Alemania) reunió otros testimonios similares de masones ilustres, y la propia Instrucción Permanente de Alta Vendita afirmó con todo descaro: «Que el Clero marche bajo vuestro estandarte, pero siempre creyéndose que marcha bajo el de las Llaves Apostólicas.» Es decir: la exigencia de “obediencia” sería aplicada de forma dictatorial, para enflaquecer insidiosamente la verdadera obediencia y hasta la propia Fe. Así, pues, la reorganización de la Curia en 1967 sería un instrumento para alcanzar tal objetivo mediante la sumisión de toda la Iglesia a la Línea del Partido del Secretario de Estado — incluso la Línea del Partido sobre Fátima — bajo el aspecto de una falsa “obediencia” a una autoridad que indudablemente había excedido los límites establecidos por Dios mismo. Como demostraremos dentro de poco, fue el Cardenal Sodano quien, literalmente, dictó la “interpretación” del aspecto visionario del Tercer Secreto de Fátima — aquel que se publicó omitiendo las palabras de la Santísima Virgen que lo explicaban. apunta hacia el Mensaje de Fátima Este hecho nos mostró con toda claridad el papel exacto del Secretario de Estado al imponer la Línea del Partido con relación a Fátima. Como ya hemos indicado, este proceso involucraría el Mensaje de Fátima como un todo y, en particular, al que probablemente es su más notorio defensor dentro de la Iglesia: el Apostolado de Fátima del P. Nicholas Gruner. Ya en 1989, el Secretario de Estado, el Cardenal Casaroli (el gran “arquitecto” de la Östpolitik) le había transmitido al Obispo del P. Gruner de aquel entonces, su Excelencia Reverendísima Gerardo Pierro, de la diócesis de Avellino, Italia, aquello que el Obispo calificó de “señales preocupantes” acerca del Apostolado de Fátima del P. Gruner. Éste se había ordenado en Avellino en 1976, para una comunidad franciscana que, contrariando las expectativas, no se llegó a formar. Desde 1978, con la debida autorización de su Obispo, el P. Gruner pasó a vivir en Canadá, donde asumió la dirección de un minúsculo Apostolado de Fátima que, desde entonces, fue creciendo hasta constituir el mayor del Mundo en su género. Sin embargo, después de haberse impuesto la Línea del Partido sobre la “Consagración” de 1984 por medio de aquella orden anónima de 1988, era inevitable que ocurriese un conflicto entre el Apostolado del P. Gruner y el Secretario de Estado, semejante al que ocurrió entre la orientación tradicional y la nueva orientación de la Iglesia, a partir del Concilio Vaticano II. La táctica que emplearon para verse libres del P. Gruner fue montar un escenario canónico ficticio en el que, por habérsele exigido que encontrase otro obispo que lo incardinase fuera de Avellino, cualquier tentativa de incardinación en cualquier otro lugar le sería obstruida por medio de tortuosas e insólitas maquinaciones entre bastidores, de tal manera que el Padre Gruner no tuviese más remedio que “regresar” a Avellino y abandonar su apostolado. Después de haberle sido negada la incardinación, sucesivamente por tres Obispos tolerantes y partidarios de la causa de Fátima, el sistema de poder del Vaticano (en un complicado proceso fuera de la finalidad de este libro24) declaró por fin su decisión: o el P. Gruner volvía a Avellino, o sería “suspenso” por “desobediencia”. En suma: el P. Gruner quedó bajo amenaza de “suspensión” por no haber logrado hacer aquello que sistemáticamente sus propios acusadores le habían impedido: encontrar otro Obispo que lo incardinase.25 Mientras circulaban entre los diversos tribunales del Vaticano varias apelaciones canónicas del P. Gruner contra las insólitas maniobras que se le aplicaron, su Apostolado de Fátima seguía creciendo. Hacia el año 2000 y en particular por medio de su revista The Fatima Crusader [La Cruzada de Fátima], el Apostolado se tornó la voz más fuerte y más persistente de la Iglesia, a favor tanto de la Consagración de Rusia como también de la divulgación del Tercer Secreto. Además, el Papa complicó el cuadro de Fátima cuando decidió beatificar a Jacinta y Francisco, en una ceremonia celebrada en Fátima el 13 de mayo de 2000. Su intención de beatificar a los dos pastorcitos ya había sido divulgada en junio de 1999 y la evolución de los acontecimientos provocó un nítido conflicto en el núcleo del sistema de poder del Vaticano. Es lo que revela el curioso comportamiento de avanzar y retroceder alternativamente en la cuestión de la ceremonia de beatificación, cosa extremamente rara en el Vaticano. Primero el Secretario de Estado, Cardenal Angelo Sodano, anunció en octubre de 1999 que la beatificación de Jacinta y Francisco ocurriría el día 9 de abril de 2000 en la Plaza de San Pedro, juntamente con otras beatificaciones. La prensa portuguesa publicó la noticia de que el Patriarca de Lisboa había sido informado de que era “totalmente imposible” la ida del Papa a Fátima para celebrar la beatificación de los niños, y que ése era un asunto “cerrado”. El Cardenal Patriarca les dijo a los periodistas portugueses que estaba convencido de que la “imposibilidad” de que el Papa fuera a Fátima se debía exclusivamente a una decisión del Secretario de Estado del Vaticano y de nadie más. Pero el Papa tenía otras ideas. En noviembre de 1999 Su Santidad — naturalmente, dejando de lado al Cardenal Sodano — le autorizó directamente a D. Serafim, Obispo de Leiria-Fátima, a divulgar Su ida a Fátima el 13 de mayo, para celebrar las beatificaciones. Sólo en diciembre de 1999 dio D. Serafim la noticia; posteriormente, en marzo de 2000, dejó escapar la información de que «el Papa hará algo especial con relación a Fátima», lo cual provocó una furiosa especulación en la prensa sobre si el Papa iría a revelar, por fin, el Tercer Secreto. D. Serafim fue inmediatamente amonestado en público por el Cardenal Patriarca de Lisboa — probablemente por orden de alguien al servicio del Secretario de Estado de Vaticano, que no deseaba que nadie supiese que el Papa admitía la hipótesis de divulgar el Secreto. Pero aquella información ya era de dominio público.26 Y el Papa fue a Fátima el 13 de mayo de 2000 para beatificar a Jacinta y a Francisco. La presencia del Papa allí fue una especie de demostración palpable del conflicto entre las dos visiones de la Iglesia que venimos discutiendo. Evocando la Iglesia de todos los tiempos, el Papa pronunció una homilía después de las beatificaciones. En dicha homilía muchas cosas que la Iglesia ya parecía haber olvidado en los últimos 40 años fueron inesperadamente recordadas: Por designio divino, «una Mujer revestida del Sol» (Apoc 12:1) descendió del Cielo a la Tierra para visitar a los tres niños escogidos por el Padre. Les habla con la voz y el corazón de una madre; les solicita que se ofrezcan como víctimas de reparación, y les dice que está preparada para llevarlos a Dios sanos y salvos (…) Posteriormente, Francisco, uno de los tres niños privilegiados, declaró: «Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos abrasábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Eso sí que nunca podremos decirlo.» Dios, una luz que arde, pero no abrasa. Fue la misma sensación que tuvo Moisés cuando vio a Dios en la zarza ardiente. «Otra señal apareció en el cielo: un dragón.» (Apoc 12:3) Estas palabras de la primera lectura de la Misa nos hacen pensar en la grandiosa lucha que se traba entre el Bien y el Mal, pudiéndose comprobar cómo el hombre, al dejar de lado a Dios, no consigue alcanzar la felicidad, antes acaba destruyéndose a sí propio (…) El Mensaje de Fátima es un llamamiento a la conversión, y alerta a la Humanidad a que no haga el juego del “dragón”, cuya “cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del Cielo y las lanzó a la Tierra” (Apoc. 12:4) La finalidad última del Hombre es el Cielo, su verdadero hogar, donde, con Su Amor misericordioso, el Padre Celestial nos espera a todos. Dios no desea la perdición de nadie; por eso hace dos mil años mandó a la Tierra a Su Hijo «para buscar y salvar lo que estaba perdido.» (Luc. 19:10) (…) En su desvelo maternal, la Santísima Virgen vino aquí a Fátima, para pedirles a los hombres que «no volvieran a ofender a Dios, Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.» Su dolor de madre La lleva a decir: Está en juego la suerte de Sus hijos. Por eso dijo a los pastorcitos: «Orad, orad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas se van al Infierno por no haber nadie que se sacrifique y ruegue por ellas.» (Cursiva, nuestra) Al establecer una relación directa del Mensaje de Fátima con el libro del Apocalipsis, y al comparar el encuentro de los videntes de Fátima con Dios y el de Moisés ante la Zarza Ardiente, el Vicario de Cristo sorprendentemente autenticó las apariciones de Fátima, como siendo profecías divinas para nuestro tiempo. De repente, Fátima volvió a ser aceptable a los ojos de toda la Iglesia. Hubo, ante todo, la inesperada referencia del Papa al Mensaje de Fátima como un momento bíblico, el cabal cumplimiento del capítulo 12, versículo 1 del Apocalipsis, que habla de la «Mujer revestida del Sol». En esto, el Papa Juan Pablo II hizo eco al Papa Pablo VI, quien en la Carta Apostólica Signum Magnum, divulgada en Fátima el 13 de mayo de 1967, había declarado: La portentosa señal que el Apóstol San Juan viera en el Cielo — «una Mujer revestida del Sol» — la sagrada Liturgia la interpreta, no sin motivo, como alusiva a la Santísima Virgen María, Madre de todos los hombres por la gracia de Cristo Redentor. (…) Por ocasión de las ceremonias religiosas en honor de la Virgen Madre de Dios que se realizan actualmente en Fátima, Portugal, donde la veneran ingentes multitudes de fieles por Su maternal y compasivo corazón, Nos deseamos, una vez más, llamar la atención de todos los hijos de la Iglesia para el indisoluble vínculo que existe entre la maternidad espiritual de María (…) y los deberes que tienen los hombres para con Ella, como Madre de la Iglesia. Aún más extraordinario es que, en su homilía, Juan Pablo II hubiese vinculado explícitamente el Mensaje de Fátima con el versículo 4 del capítulo 12 del Apocalipsis — que profetiza que “la cola del dragón” arrastrará la tercera parte de las estrellas del Cielo y las lanzará sobre la Tierra. Como observaría posteriormente el P. Gruner: «En el lenguaje bíblico, “estrellas del Cielo” son aquellas personas que están en los cielos para iluminarle a las demás el camino hacia el Cielo. Este pasaje ha sido tradicionalmente interpretado en los comentarios católicos en el sentido de que una tercera parte del Clero — esto es, de los Cardenales, Obispos, Sacerdotes — decae de su consagrada condición y, en realidad, se pone al servicio del demonio.» Por ejemplo, el Comentario de Haydock a la Biblia Douay-Rheims (en inglés) explica que la imagen de una tercera parte de las estrellas del Cielo ha sido interpretada como refiriéndose a «los Obispos y eminentes personalidades que sucumben bajo el peso de la persecución y cometen apostasía. (…) El demonio está siempre al acecho, en la medida que Dios se lo permite, para guerrear contra la Iglesia y contra los fieles siervos de Dios.» En conexión con esto, el P. Gruner, el Dr. Gerry Matatics — estudioso católico de la Biblia (ex pastor presbiteriano) — y varios otros citaron el comentario al Apocalipsis (12:3 — 4) del P. Herman B. Kramer, en su libro The Book of Destiny [El Libro del Destino], publicado con el Imprimatur en 1956, en un momento muy oportuno, solamente seis años antes de la apertura del Concilio Vaticano II. Con relación al símbolo de la tercera parte de las estrellas del Cielo, comenta el P. Herman Kramer: «Esto quiere decir una tercera parte del Clero» y que «la “tercera parte” de las estrellas obedecerá al dragón», lo cual significa un tercio de los clérigos católicos, aquellos que son “estrellas”, las almas consagradas de la Iglesia.27 Es decir, una tercera parte del Clero católico se pondrá al servicio del demonio, actuando desde dentro de la Iglesia para Su destrucción. El comentario del P. Herman Kramer resalta que el dragón color de fuego — un signo que podría representar el Comunismo, puesto que el rojo es su color representativo — provoca una gran aflicción en la Iglesia al verla enflaquecida por quienes se hallan en Su interior. El comentario prosigue diciendo que, por medio de este Clero apóstata, el demonio probablemente le impondrá a la Iglesia «la aceptación de morales no cristianas, doctrinas falsas, transigencia con el error, u obediencia a gobernantes laicos en violación de conciencia.» Y sugiere además que «el significado simbólico de la cola del dragón puede mostrar que los clérigos que se disponen a apostatar conservarán sus influyentes posiciones en la Iglesia, después de haberlas alcanzado por medio de hipocresía, fraude y adulación.» El Clero que seguirá al dragón — o sea, al demonio — incluiría a los que «dejaron de predicar la verdad o de amonestar al pecador por medio de un ejemplo eficaz, y que, por el contrario, buscaron la popularidad por su tibieza y por ser esclavos del respeto humano», así como aquellos «que temen perjudicar sus propios intereses y no denuncian las perniciosas prácticas en la Iglesia» y los Obispos «que odian a los Sacerdotes íntegros que se atreven a decir la verdad.»28 Con relación al estado de la Iglesia Católica en los tiempos profetizados en Apoc. 12:3-4, el P. Herman Kramer comenta lo siguiente: «La democracia apostólica fundada por Nuestro Señor será sustituida por una monarquía absoluta, en la que el episcopado gobernará con un despotismo oriental. Así, los Sacerdotes serán reducidos al servilismo y a la humillante adulación. El gobierno de la razón, de la justicia y del amor será suplantado por la incontestable voluntad del Obispo, cuyas acciones y palabras habrán de aceptarse sin controversia, sin que se pueda invocar el hecho, la verdad o la justicia. La conciencia perderá su legitimidad como guía de las acciones de los Sacerdotes y será ignorada o condenada. La diplomacia, el oportunismo y otros fraudes serán ensalzados, como si se tratase de las más grandes virtudes.»29 Sin embargo, nada de esto se menciona en los fragmentos del Mensaje de Fátima divulgados hasta el presente. Con su sorprendente alusión al Apocalipsis 12:3-4, ¿habrá ofrecido el Papa al mundo una visión fugaz del contenido del Tercer Secreto? ¿Divulgará ahora el texto íntegro? Desgraciadamente, la homilía termina aquí; no será el Papa quien comentará el Tercer Secreto. Con la misma rapidez con que había comenzado, termina la breve alusión del Papa a su visión de la Iglesia de todos los tiempos, y se surge, uno de los principales intérpretes de la nueva visión. Es el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado del Vaticano — el mismo Cardenal Sodano que inútilmente procuró impedir la ida del Papa a Fátima para beatificar a Jacinta y Francisco. Por algún extraño motivo, es Sodano — y no el Papa — quien anunciará la decisión de Su Santidad de revelar el Tercer Secreto de Fátima: En la solemne circunstancia de su venida a Fátima, el Sumo Pontífice me ha encargado daros un anuncio. Como es sabido, el objetivo de su venida a Fátima ha sido la beatificación de los dos “pastorinhos”. Sin embargo, quiere atribuir también a esta peregrinación suya el valor de un renovado gesto de gratitud hacia la Virgen por la protección que le ha dispensado durante estos años de pontificado. Es una protección que parece que guarde relación también con la llamada “tercera parte” del secreto de Fátima. Y así, lo que hasta aquel momento parecía muy extraño, de repente lo aclaró todo: la tarea del Cardenal Sodano consistía en preparar a los fieles para que aceptasen la noción de que el Mensaje de Fátima — incluso el Tercer Secreto — debería ser considerado un asunto superado. Este proceso se iniciaría con la “interpretación” del Tercer Secreto presentada por el Cardenal: Este texto es una visión profética comparable a la de la Sagrada Escritura, que no describe con sentido fotográfico los detalles de los acontecimientos futuros, sino que sintetiza y condensa sobre un mismo fondo hechos que se prolongan en el tiempo en una sucesión y con una duración no precisadas. Por tanto, la clave del lectura del texto ha de ser de carácter simbólico. (…) Según la interpretación de los pastorinhos, interpretación confirmada recientemente por Sor Lucia, el «Obispo vestido de blanco» que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con fatiga hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego. [Cursiva, nuestra] Como los fieles van a saber muy pronto, se trata pura y simplemente de una mentira. El “Obispo vestido de blanco” no aparece en la visión como si estuviera muerto: lo matan — según lo afirma claramente el texto — a la manera de una ejecución militar, junto con muchos Obispos, Sacerdotes y Religiosos en las afueras de una ciudad medio en ruinas. ¿Por qué, pues, se añadieron las palabras “como muerto” en la “interpretación”? El Cardenal Sodano inmediatamente echa una mano: Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido «una mano materna quien guió la trayectoria de la bala», permitiendo al «Papa agonizante» que se detuviera «en el umbral de la muerte». (...) Los sucesivos acontecimiento del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. (...) Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del Secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad. (Cursiva, nuestra) Con la mayor simplicidad, Sodano estaba preparando el terreno para una “interpretación” del Mensaje de Fátima para sepultarlo definitivamente: el Mensaje culminó con la tentativa de asesinato de 1981 y con el “derrumbe del Comunismo” en 1989 — acontecimientos que «parecen ya pertenecer al pasado.» Para asegurar esa interpretación, se prepararía un “comentario” antes de la divulgación del texto del Tercer Secreto: Para permitir que los fieles reciban mejor el mensaje de la Virgen de Fátima, el Papa ha confiado a la Congregación para la Doctrina de la Fe la tarea de hacer pública la tercera parte del «secreto», después de haber preparado un oportuno comentario. Pero ¿por qué no se concluyó a tiempo este comentario para la ceremonia del 13 de mayo? Al fin y al cabo, las noticias sobre la inminente revelación del Tercer Secreto estaban en circulación desde marzo de 2000. Fue en ese mes cuando el Obispo D. Serafim informó que, |