Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

Capítulo 7

La demolición de los baluartes

       No es de admirar que los peores enemigos de la Iglesia se hubieran alegrado tanto con el Concilio y con los cambios radicales que introdujo. Es indudable que también se alegraron con el súbito y catastrófico colapso eclesial que, en todos los sectores, sobrevino al Concilio Vaticano II. Todas las estadísticas de que disponemos muestran que los cambios, sin precedentes introducidos por el Vaticano II fueron acompañados de la reducción, igualmente sin precedentes, en el número de Sacerdotes y Religiosos, de nuevas ordenaciones, de seminaristas y de conversiones y bautismos. Inmediatamente después del Concilio, desertaron 50.000 sacerdotes — y en la actualidad hay 50.000 sacerdotes católicos menos que hace treinta y un años.  En 1997 hubo en Estados Unidos menos bautismos que en 1970.1

       Hasta el Cardenal Ratzinger llegó a decir que «se viene observando un proceso continuo de decadencia, en gran parte como consecuencia de las recomendaciones del Concilio, y por eso muchos lo ven con descrédito.»2 A pesar de eso, lo más asombroso es que el Cardenal Ratzinger, juntamente con otros que tuvieron una destacada participación en esta tragedia, continúa insistiendo en que necesitamos más de lo mismo — de la nueva orientación del Vaticano II:

       ¿Significa esto que deba revocarse el Concilio? No, no se trata de eso. Significa tan sólo que  todavía no ha comenzado la auténtica aceptación del Concilio. Lo que asoló a la Iglesia posconciliar no fue el Concilio en sí, sino el negarse a aceptarlo. (...) Por consiguiente, nuestra tarea no es suprimirlo, sino descubrir el auténtico Concilio e intensificar su verdadero propósito, teniendo en cuenta la experiencia actual.3

       El Cardenal Ratzinger fue todavía más lejos y, mencionando como su inspirador a uno de los más radicales teólogos neomodernistas y que más contribuyeron a provocar este desastre en la Iglesia, declaró:

       El hecho es que, como ya había observado Hans Urs von Balthasar en 1952, (...) Ella [la Iglesia] tiene que renunciar a muchas cosas que hasta hoy le habían transmitido seguridad y en las cuales confiaba. Tiene que demoler baluartes muy antiguos y confiar solamente en la protección que le ofrece la Fe.4

       La llamada del Cardenal para “demoler los baluartes muy antiguos” que existen en la Iglesia es quizás el más condenable reconocimiento de todo lo que se refiere a la nueva orientación revolucionaria de la Iglesia, causado  por el Concilio Vaticano II. Pues ¿a qué otra cosa podría llamar Ratzinger «baluartes muy antiguos», sino a las tradicionales defensas de la Iglesia contra sus enemigos — defensas que describe con complacencia como siendo «muchas cosas que hasta hoy le habían proporcionado seguridad a la Iglesia y en las cuales confiaba»? ¡El Cardenal Ratzinger admite que desea demoler precisamente aquello que le ha proporcionado seguridad a la Iglesia! Bajo el sorprendente punto de vista del Cardenal, la Iglesia tiene que confiar «solamente en la protección que le ofrece la Fe.» Pero, ¿qué significa eso? ¿Cómo pueden mantener la Fe los católicos, si la seguridad de su Fe depende de esos mismos baluartes que el propio Cardenal desea demoler?

       Citando al “nuevo teólogo” Hans Urs von Balthasar como una autoridad en esta “demolición de baluartes”, el propio Cardenal Ratzinger bendice la “nueva teología”, en su proyecto de echar abajo la Teología tradicional de la Iglesia, con sus definiciones claras y precisas de las verdades en las que deben creer los católicos. En esta llamada del Cardenal a demoler los «baluartes muy antiguos» de la Iglesia, percibimos, de forma inequívoca, algo que puede ser definido como un “deseo de destruir”. Esta expresión ha sido tomada del libro Animus Delendi [latín; significa “Afán destructivo”], del escritor católico Átila Sinke Guimarães. Este escritor demuestra que los “reformadores” conciliares y posconciliares de la Iglesia se sentían motivados por una mentalidad que admite la destrucción de la “vieja” Iglesia como “trágica, pero imprescindible”, para “el crecimiento y renovación” de la Iglesia en el “mundo moderno.”

       ¿Cómo se habrán de demoler los “baluartes”? Dice Nuestra Señora que el dogma de la Fe se conservará en Portugal. Los dogmas son, por sí propios, baluartes de la Iglesia. Por lo tanto, es obvio que la demolición de los baluartes ocasionará el insidioso debilitamiento de las definiciones dogmáticas — al mismo tiempo que, con fingidas alabanzas, los “nuevos teólogos” neomodernistas exaltan los dogmas que ellos mismos están socavando. Pues bien. Se pueden destruir los dogmas de varias maneras: 1) simplemente ignorándolos, y así dejarán de existir a todos los efectos; 2) sustituyendo conceptos claros por otros ambiguos; por ejemplo, sustituyendo “es” por “subsiste”; 3) desacreditando un dogma por considerarlo “una teología anacrónica”, tal como se ha hecho en la Declaración de Balamand, y en los comentarios de altos Prelados, ya mencionados en el capítulo anterior; 4) pretendiendo que no existen definiciones dogmáticas infalibles, que los católicos tengan que creer literalmente, y 5) siempre que se trate acerca del dogma de la no salvación fuera de la Iglesia, refiriéndose, de modo insistente, a los no católicos con la expresión “creyentes” o “cristianos”.

       ¿Cuáles son exactamente esos baluartes que habrá que demoler, según la idea de los “reformadores”, tales como el Cardenal Ratzinger? Una vez más recordamos lo que con gran precisión vaticinó el Papa Pío XII en sus inspirados comentarios sobre la inminente crisis en la Iglesia:

       Me preocupan los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esa persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es un aviso del Cielo contra el suicidio que significa modificar la Fe en su Liturgia, en su Teología, en su propia alma. (...) Oigo a mi alrededor innovadores que desean desmantelar el Santuario, apagar la llama universal de la Iglesia, rechazar Sus ornamentos y hacer que se sienta culpable por Su pasado histórico.

       Pío XII identificó los tres elementos de la Iglesia que los “innovadores” pretendían modificar: su Liturgia, su Teología y su alma (es decir, su propia esencia). Nótese que el Papa Pío XII — basándose en el Mensaje de Fátima, así como en sus observaciones personales sobre la Iglesia en aquella época — se refirió al intento de desmantelar, destruir y rechazar aquellos tres elementos en la Iglesia. En otras palabras, la “demolición de los baluartes”.

La demolición de la Liturgia

       Antes del Concilio Vaticano II, los Papas, sin excepción, defendieron, contra las innovaciones, la milenaria Liturgia latina de la Iglesia, reconociendo que, al mantener inmutablemente el latín como la lengua de la Liturgia, se levantaba una barrera contra la herejía — como nos enseñó Pío XII en su monumental encíclica sobre la Liturgia, Mediator Dei. En realidad, nada aborrecía tanto a los “reformadores” protestantes del siglo XVI como la Misa Católica tradicional en latín, la liturgia damasiano-gregoriana, que constituyó el núcleo central de la vida de la Iglesia por lo menos desde el siglo IV (probablemente, desde antes) hasta la “reforma” litúrgica promovida por el Papa Pablo VI en 1969.

       Bajo ningún otro aspecto se puede observar más nítidamente el afán destructivo — la demolición de los baluartes — que en la explicación dada por el Papa Pablo VI para justificar su decisión de suprimir la Misa tradicional en latín, con más de 1.500 años de existencia, y sustituirla por un Ritual recientemente inventado, de la Misa en lengua vernácula: una acción totalmente sin precedentes, que los antecesores de Pablo VI habrían considerado absolutamente inconcebible:

       Es aquí donde se va a observar la gran novedad, la novedad del idioma. El latín ya no será la lengua principal de la Misa, y pasará a serlo el lenguaje corriente. Es cierto que la introducción de la lengua vernácula representará una gran pérdida para aquellos que conocen la belleza, el poder y la sacralidad expresiva de la lengua latina. Nos alejamos del lenguaje cristiano de muchos siglos; nos vamos a convertir en intrusos profanos, en la protección literaria del lenguaje sagrado. Perderemos una gran parte de aquel don artístico y espiritual, magnífico e incomparable, que es el Canto Gregoriano. Tenemos motivo para lamentar, para sentirnos casi perplejos. ¿Qué podremos poner en lugar de aquel lenguaje de los ángeles? Vamos a perder algo que tiene un valor incalculable. ¿Por qué? ¿Hay algo más precioso que estos valores, los más elevados de nuestra Iglesia?

       ¿Habrá algo que, sin sombra de duda, sea más precioso que «estos valores, los más elevados de nuestra Iglesia»? Según el Papa Pablo VI, lo más precioso era un llamamiento al “hombre moderno”, alque el Papa, aparentemente, consideraba demasiado obtuso e incapaz de entender algo de las oraciones, en latín, del Misal Romano, aunque ese Misal incluyese, al lado del texto en latín, las traducciones en lengua vernácula. Respondiendo a su propia pregunta, proseguía Pablo VI:

       La respuesta podrá parecer banal, casi prosaica. Sin embargo, es una respuesta adecuada por ser humana, apostólica. La comprensión de la oración es más importante que las vestiduras de seda con que se regiamente adorna. La participación de las personas tiene más valor, especialmente para el hombre moderno, que tanto aprecia las expresiones simples, fácilmente comprensibles y que se han convertido en el lenguaje diario.5

       Las palabras del Papa son como un anteproyecto de lo que le ha sucedido a toda la Iglesia desde el Concilio. Los cambios conciliares y posconciliares, sin precedentes en la Historia Eclesiástica, son obra de intrusos profanos que se empeñan en destruir algo de valor incalculable para demoler los baluartes que por muchos siglos se mantuvieron incólumes, no sólo en la sagrada Liturgia, sino también en la doctrina perenne de la Iglesia. El hecho de que el Vaticano II haya provocado una destrucción jamás vista no constituye un acontecimiento fortuito, puesto que, desde el inicio, sus protagonistas planearon tal destrucción.

La demolición de la Teología

       En la edición de 19 de diciembre de 1946 de L’Osservatore Romano, el Papa Pío XII (refiriéndose a las teorías heterodoxas de los modernistas, como Chenu y de Lubac) advirtió que lo que se estaba pregonando como la “nueva teología” acabaría destruyendo la Fe:

       Mucho se habla (aunque sin la necesaria claridad de los conceptos) de una “nueva teología”, que debe estar en constante transformación, a ejemplo de todas las demás cosas del mundo, que se hallan en permanente estado de flujo y movimiento, sin llegar nunca a su término. Si aceptásemos tal opinión, ¿cómo quedarían los inmutables dogmas de la Fe católica? ¿Qué sucedería con la unidad y estabilidad de esa Fe?6

       Como ya hemos visto, el Papa Juan XXIII no tuvo en consideración las advertencias de Pío XII: en el Vaticano II rehabilitó a los promotores de la “nueva teología”, los mismos que durante el pontificado de Pío XII habían estado bajo sospecha de herejía. Conviene recordar el testimonio de Mons. Bandas:

       No hay duda que el buen Papa Juan se imaginaba que estos teólogos sospechosos rectificarían sus ideas y que prestarían un servicio genuino a la Iglesia. Pero sucedió exactamente lo contrario. (...)  La gran confusión estaba en camino. Ya se veía claramente que  ni Trento, ni el Vaticano I, ni ninguna encíclica tendrían fuerza para impedir su avance.

       ¿Cuáles son, pues, para la Iglesia las consecuencias de la “nueva teología”? Hoy, en nombre del Vaticano II  se nos dice:

  • que la Iglesia debe dialogar y colaborar con comunistas, musulmanes, herejes, cismáticos y otros declarados enemigos de la Fe;
  • que la inmutable doctrina preconciliar de la Iglesia contra el Liberalismo (como se contiene en el Syllabus,del Beato Papa Pío IX) y contra el Modernismo (como se puede ver, asimismo, en la encíclica Pascendi, del Papa San Pío X) es, según afirma el Cardenal Ratzinger, “unilateral” y anacrónica;


  • que la Iglesia (según Ratzinger propugna) debe “intentar reconciliarse” con los principios de la Revolución Francesa;


  • que la “Iglesia de Cristo” es más amplia que la Iglesia Católica;


  • que los protestantes y los cismáticos ya no necesitan convertirse ni retornar a la Iglesia Católica para su propia salvación, o incluso para alcanzar la unidad.

       En resumen: Los enemigos de la Iglesia situados en el campo del Neomodernismo, de la Masonería y del Comunismo vieron que, en gran parte, se habían hecho realidad sus sueños teológicos.

La demolición del Alma de la Iglesia

       El futuro Papa Pío XII no hablaba en vano cuando, a la luz del Mensaje de Fátima, predijo que era inminente una tentativa de modificar no sólo la Liturgia y la Teología de la Iglesia, sino Su propia Alma — Su Esencia. Claro está que este propósito jamás alcanzará un éxito completo, porque Nuestro Señor prometió que las puertas del Infierno no prevalecerán contra Su Iglesia. Pero esta promesa divina no impide que el elemento humano de la Iglesia sea víctima de las más graves heridas causadas por Sus enemigos, sin llegar a una muerte definitiva. Esa perspectiva de tan graves injurias contra la Iglesia fue lo que tanto alarmó al Papa Pío XII, especialmente a la luz de las profecías de Fátima.

       Indudablemente, lo que Pío XII más temía se tornó realidad en el período posconciliar, cuando se hizo patente la intención de transformar la Iglesia, de la única arca de salvación, fuera de la cual nadie puede salvarse, en una simple colaboradora, en conjunto con otras “iglesias y comunidades eclesiásticas”, con religiones no cristianas y hasta con ateos, en la edificación de una utópica “civilización del amor”. En tal “civilización del amor”, la salvación de las almas del Infierno — que ni siquiera se menciona — se sustituye por una nueva forma de “salvación”: la salvación a través de la “fraternidad” universal y de la “paz” mundial. Es exactamente ésta la idea promovida los tres últimos siglos por la Masonería.

       Al sostener esa noción masónica de la “salvación” por la “fraternidad humana” (entendida en un sentido secular, no cristiano), muchos clérigos católicos nos dicen ahora que tenemos que respetar las diversas sectas protestantes y cismáticas, como partícipes de un “diálogo ecuménico” y de un “intento para alcanzar la unidad cristiana”. Para defender esta nueva noción se celebran  “liturgias” ecuménicas entre católicos, protestantes y miembros de las Iglesias Ortodoxas cismáticas, con el propósito de demostrar la supuesta “comunión parcial” entre “todos los cristianos”. Ciertamente, aquellos que ponen en práctica la nueva orientación de la Iglesia Católica continúan admitiendo que Ella es la más perfecta de todas las demás Iglesias; pero la afirmación de que la Iglesia Católica es la única y verdadera Iglesia, con la completa exclusión de todas las demás, esa afirmación, repetimos, ha sido de facto descartada por todos — menos por un reducido grupo de fieles católicos, considerados “sectarios rígidos” y “preconciliares”, simplemente porque continúan creyendo en lo mismo que siempre creyeron los católicos antes de 1965.

       Pero la “unidad cristiana” es solamente un paso hacia la unidad panreligiosa en la fraternidad mundial. Al tiempo que se promovía la “unidad cristiana” por medio de actividades pancristianas que para los grandes Papas preconciliares serían sacrilegios, el “diálogo interreligioso” hizo que la Iglesia se tornase más “abierta” al “valor” de religiones no cristianas, cuyos seguidores dejarían de ser considerados como carentes de la Fe y del Bautismo para salvar sus almas. La “Cristiandad anónima”, de Karl Rahner — que defiende la idea de que los seguidores sinceros de cualquier religión pueden ser “cristianos” y probablemente lo son, aunque no lo sepan — pasó a ser de facto la teología de la Iglesia. De acuerdo con tal idea, se realizarían encuentros de oración panreligiosa, en los cuales los miembros de todas las religiones se reunirían para rezar por la paz y para demostrar su “unidad” como miembros de la familia humana, sin que nadie les advierta de que sin el Bautismo, sin la Fe en Cristo, y sin ser miembro de Su Iglesia, se hallan en peligro de condenación. En la liturgia “reformada” del Viernes Santo, los católicos (por primera vez en la historia de la Liturgia) ya no rezan pública e inequívocamente por la conversión de los no católicos a la Santa Iglesia Católica, como condición necesaria para la salvación de sus almas.

       Como cualquiera puede ver, la sustitución del Reinado Social de Cristo por la “civilización del amor” ha neutralizado por completo a la Iglesia Católica, que ya ha dejado de ser vista como el centro de la autoridad moral y espiritual del mundo, en conformidad con la intención de Su Divino Fundador.

       Los teólogos progresistas que promovieron esta nueva orientación de la Iglesia ya han formado casi dos generaciones de seglares y clérigos católicos. Las obras de Rahner, Küng, Schillebeeckx, Congar, de Lubac, von Balthasar y de sus discípulos, son los libros de texto predominantes en los Seminarios y en las Universidades católicas. En los últimos 35 años las doctrinas progresistas de esos hombres han ocupado un lugar preponderante en la formación de sacerdotes, religiosos, teólogos y estudiantes católicos de Enseñanza Superior. De este modo, hemos llegado a una fase en que los prelados prefieren, por ejemplo, la teología de Rahner a la de San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia y un santo canonizado o a la de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico y uno de los más grandes santos de la Iglesia. Las enseñanzas de San Roberto Belarmino y de Santo Tomás — que indudablemente han sido las enseñanzas de todos los Papas antes del Vaticano II — suelen ser aprobadas, pero solamente según los giros de interpretación dados por Rahner y otros “nuevos teólogos”. Lo mismo ocurre con la mayoría de los profesores de Facultades y Seminarios Católicos.

       Este proceso de intentar modificar la propia Alma y la Teología de la Iglesia, como lo temía Pío XII, no sólo involucró la “iniciativa ecuménica” y el “diálogo interreligioso”, sino también una serie interminable de pedidos de disculpas por parte de los clérigos católicos, del alto y del bajo Clero, por el “triunfalismo” de la Iglesia en el pasado al declararse el único repositorio de la Revelación divina, así como por los supuestos pecados cometidos por sus miembros ya desaparecidos, contra otros “cristianos” y contra otras culturas. Fue precisamente esto lo que había predicho el Papa Pío XII cuando habló de innovadores que querían que «Ella [la Iglesia] se sintiese culpable por Su pasado histórico.»

El cumplimiento de las previsiones del enemigo

       Damos a continuación un resumen de la íntima correspondencia entre lo que hemos visto que ha sucedido en la Iglesia posconciliar, y los objetivos, tanto de la Masonería (según fueron revelados por Roca y diversos masones, muchos de ellos citados por el Obispo Graber, y por la Instrucción Permanente), como los del Comunismo (de acuerdo con el testimonio de Bella Dodd y otros ex comunistas):

  • La radical revisión de la Liturgia romana, después de un concilio ecuménico. (Roca)

  • Un acuerdo entre «los ideales de la moderna civilización y el ideal de Cristo y de Su Evangelio. Esto será la consagración del Nuevo Orden Social y el bautismo solemne de la civilización moderna», es decir, la total liberalización de los clérigos católicos, en consonancia con los mismos principios falsos condenados en el Syllabus del Beato Pío IX. (Roca, Melinge, La Instrucción Permanente de Alta Vendita)

  • El advenimiento de un «pontificado multiconfesional, capaz de adaptarse a un ecumenismo polivalente, tal como el establecido actualmente en las concelebraciones de sacerdotes y pastores protestantes»: sólo en nuestro tiempo se ve al Papa celebrando servicios litúrgicos en unión con clérigos protestantes.7 (Roca, Melinge)

  • La introducción de un «complejo de culpa en la Iglesia (…), calificando así a la “Iglesia del pasado” como opresiva, autoritaria, llena de prejuicios, arrogante al declararse la única poseedora de la verdad, y responsable de la discordia entre las comunidades religiosas a lo largo de los siglos. (Dodd)

  • La “apertura” de la Iglesia al Mundo y a una actitud más “flexible” con relación a todas las religiones y filosofías. (Dodd)

  • La utilización de esta nueva orientación para provocar el desmoronamiento de la Iglesia, sin llegar a destruirla. (Dodd, Watson, los desertores soviéticos y la Instrucción Permanente)

       Y todos estos acontecimientos los predijo el que vendría a ser Papa Pío XII en observaciones que relacionó específicamente con los «mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima» y con «esta persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia.»

La Pasión de la Iglesia

       Así, pues, la Pasi ón por la que nuestra Santa Iglesia está pasando actualmente no es, en realidad, ningún profundo misterio. Ignorando temerariamente a los Papas del pasado, dejando de lado las condenaciones del error, “rehabilitando” a los teólogos sospechosos y transformándolos en héroes de la Iglesia, aboliendo el Índice de Libros Prohibidos y el Santo Oficio, descartando la Liturgia católica tradicional (que era una barrera contra la herejía), calificando como “unilaterales” y “anacrónicas” tanto la doctrina antiliberal del Beato Pío IX como la antimodernista de San Pío X, — en resumen: despojando impía y sistemáticamente a la Iglesia de casi todas Sus defensas — los actuales dirigentes han derribado prácticamente todos los baluartes que en el pasado la habían protegido de la infiltración y de la corrupción, y edificaron la precaria estructura que ahora vemos desmoronarse en el escándalo, en la corrupción, en la desobediencia y en la pérdida de la Fe.

       No obstante, los dirigentes de nuestra Iglesia siguen insistiendo en que el calamitoso proceso de transformación — responsable de la invasión y autodemolición consentidas de la Iglesia — continuará a todo vapor. Es precisamente éste el motivo por el cual el Cardenal Ratzinger, transcurridos ya muchos años desde el Vaticano II, ha declarado que la Iglesia «tiene que demoler baluartes muy antiguos.»8

       Como hemos demostrado, todo esto lo predijeron los enemigos de la Iglesia. El Obispo Graber, al comentar la crisis posconciliar con base en las predicciones de los masones sobre lo que lograrían hacer muy pronto, declaró:

       Si alguien, a pesar de lo que admiten claramente [los masones, etc.], continúa pensando que los sucesos dentro de la Iglesia [desde el Concilio Vaticano II] constituyen fenómenos marginales o dificultades pasajeras, que a su debido tiempo desaparecerán por si propios, entonces se trata de un caso perdido. Por ello, es más grande la responsabilidad de los principales dirigentes de la Iglesia al no plantearse seriamente estas cuestiones, e imaginarse que todo se puede arreglar con unos remiendos aquí y allí.9

       Pero estos mismos “principales dirigentes de la Iglesia” son el tema de nuestro estudio. A pesar de ello, nos apresuramos a repetir, una vez más, que no podemos afirmar que todos los clérigos que promueven estas prácticas modernas, como el ecumenismo, actúen conscientemente como enemigos de la Iglesia. El P. Frederick Faber, miembro del Oratorio e insigne sacerdote del siglo XIX, fue un verdadero profeta cuando, en un memorable sermón de Pentecostés de 1861, en Londres, dijo lo siguiente:

       Debemos recordar que, si todos los hombres decididamente buenos estuviesen de un lado y los decididamente malos estuviesen del otro, nadie correría el riesgo, y mucho menos los elegidos, de ser engañado con falsas maravillas. Son los hombres buenos — buenos en el pasado y esperamos que continúen siendo buenos — quienes harán el trabajo del Anticristo y  con eso, triste es decirlo, una vez más crucificarán al Señor (…) Tened en mente esta peculiaridad de los últimos tiempos: este engaño surgirá entre los hombres buenos, que se habrán pasado al lado contrario.10

       Demostraremos a continuación que los hombres que nos preocupan se han pasado al lado contrario. Al llevar a cabo la “demolición de los baluartes” de la Iglesia Católica, mediante la imposición de su nueva orientación — o de aquello que el Cardenal Ratzinger calificó como “una tentativa, por parte del Concilio, de reconciliación oficial” con “la nueva era” que tuvo inicio con la Revolución Francesa — aquellos hombres vieron que les era necesario agruparse contra el Mensaje de Fátima. Porque no hay nada más integralmente católico, nada más opuesto al espíritu de la “nueva era”, nada más hostil al ecumenismo conciliar, nada más contrario a la demolición de los baluartes católicos que la petición de la Virgen María para que se realizara la consagración de Rusia a Su Corazón Inmaculado, la subsiguiente conversión de Rusia a la Fe católica y el glorioso triunfo del Corazón Inmaculado de María en todo el mundo, dentro de un orden social católico.

El Mensaje de Fátima: el último baluarte

       Por lo que hemos dicho hasta aquí, debería quedar patente que el Mensaje de Fátima, en su límpida integridad católica, no puede coexistir con la nueva visión de la Iglesia, que subrepticiamente nos han impuesto aquellos que, motivados por un “afán destructivo”, incitan a “demoler los baluartes”. Lo que permitió que hubiese ocurrido esa destrucción fue precisamente el extenso programa de aggiornamento del Vaticano II, en oposición a las verdades de la Fe católica que el Mensaje de Fátima contiene.

       Nuestra Señora no vino a Fátima para demoler los baluartes de la Iglesia, sino al contrario, para exhortar a los miembros de la Iglesia a que defendieran sus baluartes a lo largo de la crisis que se avecinaba. Ella no proclamó el “ecumenismo” ni el “diálogo interreligioso”. sino las perennes, inmutables enseñanzas de la Iglesia: que fuera de Ella no hay salvación. Cuando Nuestra Señora vino a Fátima no nos ofreció ninguna “nueva teología”, ni tampoco nos dio ninguna “nuevo entendimiento” de la doctrina que, de alguna forma, estuviese en conflicto con las permanentes enseñanzas del Magisterio.

       ¿Qué es lo que vemos en el Mensaje de Fátima? Vemos el fortalecimiento de las doctrinas fundamentales de nuestra Fe: las mismas doctrinas que, en nuestra época, han sufrido el más implacable ataque.11 Cuando la Madre de Dios vino a Fátima,

  • habló de la doctrina del Cielo;


  • habló de la doctrina del Infierno;


  • mostró el Infierno a los pastorcitos;


  • habló de la doctrina del Purgatorio;


  • habló de la doctrina de la Sagrada Eucaristía;


  • habló de la doctrina del Sacramento de la Penitencia


  • y habló también, indirectamente, del Reinado Social de Jesucristo, al transmitir la orden del Cielo para que Rusia fuese consagrada a Su Corazón Inmaculado y se convirtiese a la Religión católica — justamente aquello que los negociadores del Vaticano describieron, en la Declaración de Balamand, como una “eclesiología obsoleta”.

Un motivo expuesto claramente

       Conclusión: Para aquellos que lealmente se mantienen adeptos a la nueva orientación de la Iglesia, el Mensaje de Fátima sólo puede representar otro baluarte que habrá que demoler. Por eso, según reveló el Papa Pío XII en sus proféticos comentarios, los mensajes de la Virgen a la Hermana Lucía se referían a los «peligros que amenazan a la Iglesia.» A pesar de no haber sido desvelado en aquellas partes del Mensaje de Fátima que hasta ahora se nos ha permitido conocer, el Papa Pío XII habló de un «aviso del Cielo», dado en Fátima, sobre «innovadores a mi alrededor», que le causarán graves daños a la Iglesia, por medio de alteraciones en «la Fe, en Su liturgia, en Su teología y en Su alma.»

       Vemos ahora, expuesto claramente, el motivo del crimen de que trata este libro. Existe una oposición fundamental entre la “nueva” Iglesia, anunciada por el Vaticano II, y la Iglesia de siempre, representada por el Mensaje de Fátima. El Mensaje es un obstáculo divino que se interpone en el camino de quienes están determinados a arrasar los baluartes de la Iglesia antigua y, así, poder edificar sobre los escombros una Iglesia nueva, más "ilustrada”.

       Estas dos visiones antagónicas de la Iglesia — la visión de una “nueva” Iglesia y la visión la Iglesia de siempre, tal como ha sido contemplada desde Fátima, no pueden coexistir. Una de ellas tendrá que ceder a la otra. Los hombres de que trata este libro optaron (explícita o implícitamente) por la visión de la Iglesia que, a su entender, deberá prevalecer: escogieron la nueva visión — la nueva orientación iniciada en Metz y en el Vaticano II. Su motivo se basa en aquella opción; en ese mismo motivo se apoya nuestro entendimiento de sus acciones contra el Mensaje de Fátima, de otro modo inexplicables.

       Dejando de lado, por el momento, el tema de los motivos subjetivos de quienes proponen esta nueva orientación — que en las declaraciones mencionadas hablan por sí mismos —, es innegable que, bajo un punto de vista objetivo, sus acciones son escandalosas, suicidas para la Iglesia (en un sentido relativo, por supuesto) y nocivas para millones de almas. Por eso, sus acciones constituyen un crimen — independientemente de las intenciones subjetivas de quienes lo cometen, porque una persona puede cometer un crimen por descuido o negligencia culpable, sin la intención (por tanto, deliberada) de causar daño. Porque así como un hombre que considera justificable el asesinato, no por eso deja de ser culpable de ese asesinato, así también aquellos que (aun con la mejor de sus intenciones) perjudicaron a la Iglesia, no dejan de ser culpables del crimen cometido contra Ella. Esta es la diferencia que existe entre lo que la ley define como la falta de intención expresa, y una intención general al hacer algo que se supone (o se debería suponer) acarreará algún daño, aunque, hablando subjetivamente, la persona no lo busque. En otras palabras: la ley castiga las acciones cometidas deliberadamente por alguien que tenía obligación de haberlo pensado mejor, antes de cometerlas.

       Para algunos de los responsables de este desastre, tal intención puede ser provocada por un distorsionado sentido de la “Ilustración”: «hacer el mal bajo la apariencia de hacer el bien», o por una «diabólica desorientación» entre los dirigentes de la Iglesia, por citar las palabras de la Hermana Lucía. Con relación a éstos, trátase de un caso de «ciegos que guían a otros ciegos», como ya lo dijo la Hermana Lucía12, aludiendo a las palabras de Jesús en el Evangelio (Mt. 15:14) «ciegos, guías de ciegos». Trátase también de un caso de ciegos que rehuyen admitir que lo son. Efectivamente, algunos de estos hombres pueden estar convencidos de que sus actos son los más convenientes para la Iglesia — aun cuando sean ostensivamente desastrosos para la misma.

       Sea como fuere, demostraremos que los acusados son objetivamente culpables de un crimen horrendo contra la Iglesia y el mundo, debido a su participación en una innegable conspiración para frustrar el cumplimiento del auténtico Mensaje de Fátima. Que sea Dios el Juez de sus almas. Pero sus palabras y sus actos objetivos serán juzgados por sí mismos en el foro externo de la Historia.

       Más aún: los actos de estos hombres pueden ser juzgados a la luz de la propia Doctrina infalible de la Iglesia, doctrina que (como hemos visto) ellos han declarado “obsoleta” o la han “corregido” a la “moderna” forma de pensar y a la “nueva teología”. Los resultados de esta desviación con relación a la Doctrina infalible son perversos, como cualquiera puede comprobarlo al ver la actual situación de la Iglesia. Los católicos, frente a esta situación, tienen que juzgar el mal como un mal, en vez de aparentar que es un bien, sólo porque algunas autoridades insisten en afirmar que lo es. «¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien …» (Is. 5:20)

       Vamos a examinar ahora de qué manera el motivo que hemos señalado, ha provocado, por parte del sistema de poder del Vaticano, los recientes intentos para enterrar definitivamente el Mensaje de Fátima.


Notas
  1. Véase, por ejemplo, el análisis estadístico sobre el Sacerdocio, en L’Osservatore Romano, 13-20 de agosto  de 1997, y “The Index of Leading Catholic Indicators” (Índice de los Principales Indicadores Católicos), The Latin Mass, Invierno de 2000, que presenta gran cantidad de datos del Statistical Yearbook of the Church, publicado por el Vaticano, y de otras obras de referencia corrientes. 

  2. Cardenal Ratzinger, Principles of Catholic Theology, p. 391.

  3. Ibid., p. 390.

  4. Ibid., p. 391.

  5. Alocución de la audiencia de 26 de noviembre de 1969.

  6. Citación extraída de P. David Greenstock, “Thomism and the New Theology”, The Thomist, Octubre de 1950.

  7. [Citado por Bigotte Chorão in Camilo, 41. La carta ahí indica, (erróneamente), el año de 1866. Nota incluida por el traductor]  — Véase, por ejemplo, “Joint Lutheran-Catholic Vespers at Vatican [Vísperas  Conjuntas Católico-Luteranas en el Vaticano], CWNews.com, 13 de noviembre de 1999: «Los Arzobispos G. H. Hammar y Jukka Paarma — Primados luteranos de Suecia y de Finlandia, respectivamente — así como los Obispos Anders Arborelius, de Estocolmo, y Czeslaw Koson, de Copenhague, se unieron al Santo Padre para el servicio de Vísperas. También comparecieron a la ceremonia varios otros obispos luteranos de los países escandinavos, incluso dos obispas.» De igual modo, a principios del Año del Jubileo, el Papa Juan Pablo II abrió la Puerta Santa de San Pablo Extra-Muros junto con el Arzobispo anglicano Carey y el Metropolitano cismático Athanasios. Representantes de otras 20 falsas confesiones asistieron a la ceremonia ecuménica. Cf. “Non-Catholics Joining Pope in Rite” [No católicos se unen al Papa en una Ceremonia ritual], Los Angeles Times, 19 de enero de 2000.


  8. Cardenal Ratzinger, Principles of Catholic Theology, 1987.

  9. Graber, Athanasius and the Church of Our Time, pp.170-171.

  10. Citación extraída del libro del P. Denis Fahey, The Mystical Body of Christ in the Modern World (Dublín, Regina Publications, 1ª edición, 1935), p. xi.

  11. Para otras consideraciones sobre el hecho de que Nuestra Señora haya fortalecido doctrinas católicas importantes, que hoy son negadas, cf. John Vennari, “A World View Based on Fatima” (Una Visión del Mundo con base en Fátima), The Fatima Crusader, Nº 64, Verano de 2000.

  12. The Whole Truth About Fatima – Vol. III, pp. 754-758. Véase también la Nota  28 del capítulo 4.
  13. A finales de la década de 1950, Hans Urs von Balthasar fue considerado tan desviado doctrinalmente, que los Obispos suizos no aceptaron que fuese perito teológico del Vaticano II.


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