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Según hemos resaltado en la Introducción, el crimen contra la Iglesia y el Mundo, que nos proponemos demostrar en este libro, envuelve «la tentativa sistemática, que viene desde 1960, de ocultar, falsear y negar la autenticidad de este mensaje —El Mensaje de Fátima—, a pesar de que sus alarmantes profecías se están cumpliendo ante nuestros propios ojos.» Pero ¿por qué motivo habrían cometido tal crimen algunos hombres que ocupan los más altos cargos de autoridad en la Iglesia? Como observó Aristóteles, para entenderse una acción es preciso buscar el motivo. Y es eso lo que haremos en este capítulo. Tenemos que reconocer que es siempre difícil probar un motivo, puesto que no somos capaces de leer la mente de otra persona, y mucho menos de evaluar su estado de espíritu. Al concluir sobre cuál habría sido el motivo, podemos, como miembros de un jurado en un proceso meramente civil, simplemente basar nuestra decisión en las acciones del acusado que nos sean perceptibles, a la luz de las circunstancias que lo envuelven. Cuando, por ejemplo, un jurado llega a la conclusión de que un hombre asesinó a su mujer para obtener el dinero del seguro, la averiguación del motivo tiene por base una deducción razonable, resultante de las circunstancias que envuelven el asesinato. Raramente el asesino admitiría abiertamente que “la maté para cobrar el seguro.” En vez de eso, habría que deducir el motivo a partir de datos, como la compra reciente, por parte del marido, de una elevada póliza de seguro a nombre de su mujer. Nadie pensaría acusar de “juicio temerario” a un jurado si, a partir de las circunstancias, dedujese que el marido — hipotético, en nuestro caso — premeditó el asesinato de su mujer por el dinero. De forma semejante, en el caso de Fátima se puede deducir un motivo a partir de las circunstancias; no es “juicio temerario” llegar a una conclusión razonable, en lo que atañe al motivo, si se tiene por base lo que los propios acusados dijeron e hicieron. Además, tenemos en este caso (como lo demostraremos) datos equivalentes a una confesión sobre el motivo. Los acusados han sido totalmente explícitos sobre lo que aprueban y lo que pretenden hacer en relación al crimen de que estamos tratando. Una nueva y ruinosa orientación de la Iglesia Como ya denunciamos en la Introducción, el motivo en este caso deriva del reconocimiento, por parte de los acusados, de que el Mensaje de Fátima, entendido en un sentido católico tradicional, no es congruente con las decisiones que ellos mismos han tomado desde el Concilio Vaticano II para transmutar por completo la orientación de la Iglesia Católica. Es decir, el Mensaje perjudica sus esfuerzos para llevar a cabo precisamente aquello que predijo el que vendría a ser Papa Pío XII, en un momento de clarividencia sobrenatural: transformar la Iglesia en una institución orientada hacia el Mundo. El devastador escándalo actual del Clero católico, no es más que un síntoma de la ruinosa tentativa de “modernizar” la Iglesia Católica. Dicho de otra manera: la situación actual de la Iglesia Católica es el resultado de la invasión, sin precedentes, del Liberalismo en la Iglesia. Recordemos una vez más las proféticas palabras de Monseñor Pacelli (el que vendría a ser Papa Pío XII), proferidas a la luz del Mensaje de Fátima: Me preocupan los mensajes de la Santísima Virgen a Lucía de Fátima. Esa persistencia de María sobre los peligros que amenazan a la Iglesia es un aviso del Cielo contra el suicidio que significa alterar la Fe en Su liturgia, en Su teología y en Su espíritu. (...) Oigo a mi alrededor innovadores que desean desmantelar el Santuario, apagar la llama universal de la Iglesia, rechazar Sus ornamentos y hacer que sienta remordimientos por Su pasado histórico. Llegará un día en que el mundo civilizado negará a su Dios, en que la Iglesia dudará, como dudó Pedro. Ella será tentada a creer que el hombre se tornó Dios. En nuestras iglesias, los cristianos buscarán inútilmente la lamparilla roja en donde Dios los espera. Como María Magdalena llorando ante el túmulo vacío, se preguntarán: “Adónde Lo han llevado?” Destacamos también en la Introducción que este gran cambio de orientación en la Iglesia — “en Su liturgia, en Su teología y en Su espíritu”, como puntualizó Pío XII — era el objetivo, por largo tiempo acariciado, de las fuerzas organizadas que hace siglos vienen conspirando contra la Iglesia; las mismas fuerzas que detentaban el poder en Portugal en 1917, y que fueron repudiadas por la Consagración de aquel país al Corazón Inmaculado de María en 1931. Fue precisamente para rechazar en todo el mundo esas fuerzas, para lo que el Cielo envió a Fátima a la Madre de Dios, a fin de exhortar que se llevara a cabo la Consagración de Rusia. Dichas fuerzas se tornarían, desde bien temprano, el arma principal en la prolongada guerra de Satanás contra la Iglesia. Y ciertamente, el resultado de esa guerra en nuestros tiempos depende de la lucha por el cumplimiento del Mensaje de Fátima. En este caso, nuestra presentación de pruebas sobre el motivo — es decir, sobre el intento de imponerle a la Iglesia una nueva orientación, el ocultamiento del Mensaje de Fátima — exige la presentación de algunos antecedentes históricos más notables. Lo haremos desde de este momento. Este “telón de fondo” interesa no sólo a los católicos, sino también a aquellos no católicos que procuran entender lo que, desde el Vaticano II, ha sucedido a la Iglesia. El
objetivo de la Masonería
organizada: Como hemos visto con el ejemplo de Portugal en 1917, las fuerzas de la Masonería (y de sus simpatizantes, los comunistas) conspiraron para impedir que el Mensaje de Fátima alcanzara su cumplimiento en Portugal. Se insinuó que el Mensaje era un fraude o una ilusión infantil; los propios videntes fueron perseguidos y hasta amenazados de muerte. Tal era el odio de esas fuerzas contra la Iglesia Católica y contra la Virgen Madre de Dios. Lo mismo ocurre con estas fuerzas, que hoy actúan libremente en todo el mundo. No es preciso sumirse en los delirios cenagosos de las teorías de la conspiración, para saber que, hasta 1960, los Papas publicaron más condenaciones y advertencias sobre las maquinaciones de los masones y de los comunistas contra la Iglesia, que sobre cualquier otro tema en la Historia de la Iglesia. Con respecto a esto, no podemos dejar de considerar la infamante Instrucción Permanente de Alta Vendita, un documento masónico que describía minuciosamente un plan para la infiltración y corrupción de la Iglesia Católica en el siglo XX.1 A pesar de estar en moda, desde el Concilio Vaticano II, ridiculizar la existencia de tal conspiración, cumple observar que los documentos confidenciales de Alta Vendita (una sociedad secreta italiana), entre los cuales la Instrucción Permanente, fueron a parar a manos del Papa Gregorio XVI. A pedido del Papa Beato Pío IX, la Instrucción Permanente fue publicada por el Cardenal Crétineau-Joly en su libro The Roman Church and Revolution [La Iglesia Romana y Revolución].2Por medio de su Breve Laudatorio, de 25 de febrero de 1861, dirigido al autor, el Papa Pío IX certificó la autenticidad de la Instrucción Permanente y de los demás documentos masónicos, pero no permitió que se divulgasen los nombres verdaderos de los miembros de la Alta Vendita mencionados en los documentos. El Papa León XIII pidió igualmente su publicación. Indudablemente, esos dos Papas actuaron con el propósito de evitar que ocurriese una tragedia. Estos grandes Pontífices sabían perfectamente que tal calamidad distaba mucho de ser imposible. (El Papa Pío XII también lo sabía, como se puede deducir de los comentarios proféticos cuando aún era Secretario de Estado del Vaticano).El texto íntegro de la Instrucción Permanente también se encuentra en el libro de Mons. George E. Dillon, Grand Orient Freemasonry Unmasked [Desenmascarada la Masonería del Gran Oriente].3 Cuando le entregaron al Papa León XIII un ejemplar del libro de Mons. Dillon, se quedó tan impresionado que mandó preparar a sus expensas una edición en italiano.4 Alta Vendita era la logia más importante de los Carbonarios, una sociedad secreta italiana vinculada a la Masonería, que, juntamente con ésta, fue condenada por la Iglesia Católica.5 El prestigioso historiador católico P. E. Cahill, S.J., al que no se puede tachar de “maníaco de las conspiraciones”, en su libro Freemasonry and The Anti-Christian Movement [La Masonería y el Movimiento Anticristiano], escribió que la Alta Vendita «era comúnmente considerada en la época como el gobierno central de la Masonería europea.»6 Los Carbonarios fueron muy activos en Italia y Francia [y en Portugal, principalmente de 1910 a 1926] [6a]. En su libro Athanasius and the Church of Our Time [Atanasio y la Iglesia de Nuestro Tiempo] (1974), el Obispo Rudolph Graber, otro experto objetiva y totalmente irreprochable, que escribió después del Vaticano II, citó a un ilustre masón, el cual había declarado que «el objetivo (de la Masonería) ya no es la destrucción de la Iglesia, sino utilizarla por medio de infiltración.»7 Con otras palabras: como la Masonería no puede eliminar totalmente a la Iglesia de Cristo, pretende no sólo erradicar la influencia del Catolicismo en la sociedad sino también manipular la estructura de la Iglesia como un instrumento de “renovación”, “progreso” e “ilustración”; es decir, como un medio de promover muchos de los principios y objetivos masónicos. Al discutir la visión masónica de la sociedad y del mundo, el Obispo Graber introduce el concepto de “sinarquía”: «Lo que afrontamos ahora es la síntesis de las fuerzas secretas de todas las ‘órdenes’ y escuelas, aglutinadas para formar un Gobierno Mundial invisible. En el sentido político, la sinarquía tiene por objetivo la integración de todas las fuerzas del mundo de las finanzas y de la sociedad, que el Gobierno Mundial tiene que apoyar y promover, naturalmente bajo el liderazgo de los socialistas. En consecuencia de ello, el Catolicismo, como también las demás religiones, sería absorbido en un sincretismo universal. No sería suprimido, sino, por el contrario, sería integrado — una trayectoria que ya está siendo orientada por el principio de la fraternidad entre los clérigos (de diversas religiones).» La estrategia propuesta en la Instrucción Permanente para alcanzar ese objetivo causa asombro por su audacia y astucia. Desde el comienzo, el documento se refiere a un proceso que llevará décadas para cumplirse. Los autores del documento sabían que no vivirían lo suficiente para comprobar su cumplimiento. Lo que hicieron fue dar inicio a una tarea que sería llevada adelante por generaciones posteriores de iniciados. Como dice la Instrucción Permanente, «en nuestras filas, el soldado muere, pero la lucha continúa.» La Instrucción proponía la difusión de las ideas y axiomas liberales por toda la sociedad y dentro de las instituciones de la Iglesia Católica, de tal modo que los laicos, los seminaristas, los clérigos y los prelados, de forma gradual y año tras año, se quedarían impregnados de principios progresistas. Esta nueva mentalidad a su debido tiempo llegaría a extenderse tanto, que se ordenarían Sacerdotes, se consagrarían Obispos y se nombrarían Cardenales cuyas ideas coincidiesen con el pensamiento moderno, derivado de los “Principios de 1789” (es decir, de los principios de la Masonería, que inspiró la Revolución Francesa): el pluralismo, la igualdad de todas las religiones, la separación entre la Iglesia y el Estado, la libertad de expresión sin freno alguno, y así sucesivamente. Por fin, se llegaría a elegir un Papa proveniente de esas huestes, el cual conduciría la Iglesia por la senda de la “ilustración” y de la “renovación”. Nótese que no tenían el propósito de colocar un masón en el Trono de San Pedro. Su objetivo era crear un ambiente tal que produjera un Papa y una Jerarquía dominados por las ideas del Catolicismo liberal, y que, al mismo tiempo, se considerasen fieles católicos. Estos dirigentes católicos liberales ya no se opondrían a las ideas modernas de la Revolución (como se opusieron, de forma sistemática, desde 1789 hasta 1958, los Papas, que unánimemente condenaron aquellos principios liberales), sino que los integrarían o “bautizarían” dentro de la Iglesia. El resultado final sería un clero y un laicado católicos, marchando bajo la bandera de la “ilustración”, convencidos de que marchaban bajo la bandera de las Llaves apostólicas. Teniendo en mente, sin duda, la Instrucción Permanente, el Papa León XIII, en Humanum Genus, exhortó a los dirigentes católicos a «arrancar a los Masones su máscara, para que sean conocidos tales cuales son.»8 La publicación de estos documentos de Alta Vendita fue una de las maneras de “arrancarle la máscara”. Para que no se insinúe que hemos tergiversado el texto de la Instrucción Permanente, transcribiremos ahora una parte considerable de la Instrucción. Lo que sigue no es la Instrucción completa, sino aquellos puntos más adecuados a la prueba que hemos asumido. En dicho documento se lee:
El surgimiento del Catolicismo liberal Como ya hemos observado, el objetivo de la Masonería no era destruir la Iglesia, cuya imposibilidad los masones reconocían, sino más bien neutralizarla y hacer de ella un instrumento. O sea, transformar el elemento humano de la Iglesia en un instrumento de promoción de los objetivos masónicos, persuadiendo a los miembros de la Iglesia a que abrazasen las ideas liberales. Una Jerarquía liberal se prestaría fácilmente a colaborar en la instauración del ideal masónico de un nuevo orden mundial (novus ordo seclorum) – una falsa “fraternidad” pan-religiosa, en la cual la Iglesia renuncia a Su título de ser la única Arca de Salvación, y deja de oponerse a las fuerzas del mundo. La primera fase de este proceso surgió en el siglo XIX, una época en que los principios liberales de la Revolución Francesa habían penetrado en la sociedad con creciente intensidad. Aún a mediados de aquel siglo, este programa ya había provocado un gran detrimento de la Fe católica y del Estado católico. Las supuestas “más amables y más mansas” ideas de pluralismo, de indiferentismo religioso, de una democracia en la que se cree que todo el poder emana del pueblo, de falsas nociones de libertad, de encuentros interreligiosos, de separación entre la Iglesia y el Estado, y de otras novedades, encandilaron las mentes de la Europa post-ilustración, contaminando tanto a estadistas como a eclesiásticos. La condenación del Catolicismo liberal Los Papas del siglo XIX y de comienzos del XX combatieron abiertamente esas peligrosas tendencias. Con una presencia de espíritu fundada en la irrenunciable convicción de su Fe, estos Papas no se dejaron arrastrar. Sabían que los principios perniciosos, por muy noble que sea su apariencia, no pueden dar buen fruto; que se hallaban delante de malos principios en su peor forma, porque no se fundamentaban tan sólo en la herejía, sino también en la apostasía. Como generales en jefe que reconocen su deber de defender su territorio a todo trance, estos Papas asestaron una poderosa artillería contra los errores del Mundo moderno, e hicieron fuego incesantemente. Su munición fueron las encíclicas, y jamás erraron el blanco. Su ataque más contundente vino bajo la forma del monumental Syllabus Errorum (Relación de Errores), del Beato Papa Pío IX, como Apéndice de su encíclica Quanta Cura (1864). Cuando se disipó el humo, a ninguno de los combatientes le quedó la duda sobre quién estaba de cada lado. La línea de demarcación había sido trazada de forma muy clara. En el Syllabus, el Beato Pío IX condenó los principales errores del Mundo moderno, no porque fueran modernos, sino porque estas nuevas ideas se basaban en un naturalismo panteísta y, por lo tanto, eran incompatibles con la Doctrina Católica, además de ser destructivas para la sociedad. Las enseñazas del Syllabus se oponían al Liberalismo, de la misma forma que los principios del Liberalismo se oponían al Syllabus. Ambos lados lo reconocieron explícitamente. El P. Denis Fahey definió esta declaración de principios como: “Pío IX contra la Deificación Panteísta del Hombre.”10 Hablando en nombre del lado contrario, el masón francés Ferdinand Buissont declaró que «una escuela no puede permanecer neutra entre el Syllabus y la Declaración de los Derechos del Hombre.»11 Sin embargo, surgió en el siglo XIX una nueva categoría de católicos, que buscaban una fórmula de compromiso utópico entre los dos bandos. Estos hombres examinaron lo que consideraban “bueno” en los principios de 1789 e intentaron introducirlo en la Iglesia. Muchos clérigos, contaminados por el espíritu de la época, se quedaron atrapados en la red que la Masonería había “echado en las sacristías y en los seminarios”. Se trata de aquéllos que vinieron a ser conocidos con la denominación de católicos liberales. El Beato Pío IX los veía con profunda aversión. Afirmó que esos “católicos liberales” eran “los peores enemigos de la Iglesia”. En una carta de 18 de junio de 1871, dirigida a la delegación francesa encabezada por el Obispo de Nevers, declaró el Beato Pío IX: Lo que más me preocupa no es la Comuna de París, no. Lo que más me preocupaes el Catolicismo liberal (...) Ya lo he dicho más de cuarenta veces, y os lo vuelvo a repetir por el amor que os profeso. El auténtico flagelo de Francia es el Catolicismo liberal, que se esfuerza por unir dos principios tan repulsivos entre sí como el fuego y el agua.12 El surgimiento del Modernismo A pesar de todo, continuó aumentando el número de los católicos liberales. La crisis llegó a su apogeo hacia finales del siglo XIX, cuando el Liberalismo de 1789, que “soplaba como el viento” se transformó violentamente en el huracán del Modernismo. El P. Vincent Miceli identificó esta herejía como tal al describir “la tríada de los antepasados” del Modernismo: “Su antepasado religioso es la Reforma protestante, (...) su madre filosófica es la Ilustración, (...) su ascendencia política proviene de la Revolución Francesa.”13 ¿En qué consiste eso que llamamos “Modernismo”? El Modernismo es, ni más ni menos, una síntesis o agrupamiento de todos los errores del Catolicismo liberal, en un sistema filosófico y teológico completo, cuyo efecto es el insidioso debilitamiento de toda la Fe católica. Un examen detallado del vasto sistema modernista de pensamiento, excede en mucho el ámbito de este libro; basta decir que, a través de múltiples errores sutiles, el modernista niega o ataca la Divinidad y la Revelación divina de Cristo; Su fundación de la única Iglesia verdadera, y la absoluta inmutabilidad de la Doctrina Católica (de la que el modernista afirma que puede “evolucionar” según cambien las circunstancias). El modernista adopta y promueve también las ideas liberales de “libre expresión” y “libertad de conciencia”, y el error del Indiferentismo religioso, según el cual todas las religiones serían más o menos buenas y dignas de aprecio, pues provienen del llamado “sentido religioso”, innato en el hombre: un error que, por supuesto, niega implícitamente la realidad del Pecado Original, al insinuar que todos los hombres pueden ser verdaderamente religiosos, y que pueden salvarse dentro de las diversas religiones que ellos mismos han creado, sin necesidad del Bautismo, ni de la Fe, ni de los Sacramentos de la Iglesia Católica. San Pío X aplasta la rebelión modernista El Papa San Pío X, que ascendió al Solio Pontificio en 1903, reconoció en el Modernismo una plaga altamente mortífera que había que extirpar. Combatió el Modernismo individualizando, definiendo y condenando sistemáticamente sus muchas proposiciones erróneas. En particular, San Pío X publicó una grandiosa encíclica contra el Modernismo (Pascendi Dominici Gregis) y un Syllabus de los errores modernistas (Lamentabili). En su encíclica Pascendi, este gran Papa escribió: «(...) Se empeñan en que circule el virus por todo el árbol y en tales proporciones, que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper.» En la misma encíclica calificó al Modernismo como “un conjunto de todas las herejías”, declarando que la obligación fundamental del Papa era el de conservar la pureza y la integridad de la Doctrina Católica, y que si nada hiciese, faltaría a su deber esencial.14 Pero San Pío X no se limitó a eso. Algunos años después de la Pascendi, reconociendo que los modernistas deberían ser aplastados antes que se levantasen y provocasen el arruinamiento de la Iglesia, este santo Papa publicó su epístola Sacrorum Antistitum, que disponía que todos los sacerdotes y profesores prestasen el Juramento Antimodernista. Supervisó la exclusión de los modernistas de seminarios y universidades, y excomulgó a los obstinados e impenitentes. San Pío X sabía que los modernistas atacaban la esencia misma de la Iglesia y que, en su audacia, se dedicaban abiertamente a demoler la Tradición y el Dogma católicos.
San Pío X logró efectivamente detener en su época el avance del Modernismo. Sin embargo, se cuenta que cuando lo felicitaron por haber erradicado este grave error, el Papa respondió de inmediato que, a pesar de todos sus esfuerzos, no había conseguido matar esta bestia, sino que tan sólo la había arrojado a la clandestinidad. Advirtió que, si los dirigentes de la Iglesia no permaneciesen vigilantes, la bestia retornaría en el futuro, más violenta que nunca.16 Como veremos, la predicción de San Pío X se tornó realidad – y con renovada truculencia. El Modernismo resurge de nuevo Un hecho dramático casi desconocido, que se desarrolló durante el pontificado del Papa Pío XI, demuestra que la facción clandestina del pensamiento modernista continuaba, en el período inmediatamente posterior al de San Pío X, “viva y coleando”. El P. Raymond Dulac relata que, en el consistorio secreto del 23 de mayo de 1923, el Papa Pío XI consultó con los treinta Cardenales de la Curia sobre si sería oportuno convocar un Concílio ecuménico. Estaban presentes ilustres prelados, como Merry del Val, De Lai, Gasparri, Boggiani y Billot. Los Cardenales se manifestaron contrarios a esa idea. El Cardenal Billot advirtió: «No se puede ocultar la existencia de profundas divergencias en el propio seno del Episcopado (...) Se corre el riesgo de enzarzarse en discusiones que se prolongarían indefinidamente.» Boggiani recordó las teorías modernistas, de las que, según dijo, una parte del Clero y de los Obispos no se hallaba exenta. «Esta mentalidad puede dar pie a ciertos Padres para presentar mociones e introducir métodos incompatibles con las tradiciones católicas.» Billot fue todavía más preciso: manifestó su recelo de ver “manipulado” el Concilio por «los peores enemigos de la Iglesia, los modernistas, que ya se están preparando, según ciertos indicios lo demuestran, para hacer la Revolución en la Iglesia — un nuevo 1789.»17 Las
predicciones de la Masonería
sobre Al desaconsejar, por los motivos expuestos, la idea de un Concilio, esos Cardenales se mostraron más preparados para reconocer “las señales de los tiempos” que todo el grupo de teólogos post-Vaticano II unidos. Sin embargo, su aprensión puede haber sido causada por algo más profundo. Tal vez estuviesen también preocupados con los escritos del famoso visionario, el excomulgado Canónigo Roca (1830-1893), que proclamaba la revolución y la “reforma” de la Iglesia y, con detalles asombrosamente precisos, predijo que la subversión de la Iglesia sería provocada por un Concilio. En Athanasius and the Church of Our Time [Atanasio y la Iglesia en la Actualidad], el Obispo Graber se refiere a la predicción de Roca, de una “iglesia nuevamente iluminada”, bajo la influencia del “socialismo de Jesús”.18 A mediados del siglo XIX, Roca predijo que «la nueva Iglesia, que quizás no consiga conservar nada de la Doctrina Escolástica, ni de las características originales de la Iglesia precedente, recibirá, sin embargo, de Roma su consagración y jurisdicción canónica.» Sorprendentemente, Roca predijo, además, la “reforma” litúrgica post-Vaticano II: «[El] culto divino, en la forma orientada por la liturgia, el ceremonial, el ritual y las rúbricas de la Iglesia Romana, pasará en breve por una transformación, en un Concilio ecuménico, que habrá de restaurar la veneranda simplicidad de la edad de oro de los Apóstoles, según los dictados de la mentalidad y de la civilización modernas.» Roca vaticinó que, a través de ese Concilio, surgiría «un acuerdo perfecto entre los ideales de la civilización moderna y el ideal de Cristo y de Su Evangelio. Esto constituirá la consagración del Nuevo Orden Social y el bautismo solemne de la civilización moderna.» En otras palabras, este Concilio marcaría el comienzo del triunfo del plan masónico para la subversión de la Iglesia. Roca aludió también al futuro del Papado. Escribió: «Hay en el horizonte un sacrificio que representa un acto solemne de expiación (...) El Papado caerá; morirá bajo el cuchillo santificado que forjarán los Padres del último Concilio. El César papal es una hostia [víctima] coronada para el sacrificio.» Roca predijo entusiásticamente nada menos que una «nueva religión, un nuevo dogma, un nuevo ritual, un nuevo sacerdocio.» Llamó “progresistas” a los nuevos sacerdotes, y habló de la “supresión” de la sotana y del “matrimonio de los sacerdotes”.19 Citando los escritos del Heresiarca francés, Abate Melinge (que usaba el seudónimo “Dr. Alta”), el Obispo Graber advirtió sobre la existencia de un programa revolucionario destinado a «sustituir la Fe romana por un Pontificado “multiconfesional”, que facilitaría la adaptación a un ecumenismo polivalente, tal como lo vemos instituido actualmente en la concelebración de sacerdotes y pastores protestantes.» (Melinge se refería a ciertos sacerdotes renegados; hoy, sin embargo, es el propio Papa quien preside servicios conjuntos, incluso las Vísperas, con “obispos” protestantes.)20 Ecos escalofriantes de Roca, de Melinge y de Alta Vendita se encuentran en las palabras del rosacruz Dr. Rudolph Steiner, quien en 1910 declaró: «Necesitamos un Concilio y un Papa que lo proclame.»21 La alianza entre la Masonería y el Comunismo Nótese que, en su lucha para alcanzar estos objetivos, los masones eran emparentados con los comunistas, quienes, en unión con aquéllos, conspiraban para demoler la Iglesia y el Estado. Como observó el Papa León XIII en la Humanum Genus (1884), la extraordinaria encíclica sobre la amenaza representada por las Sociedades masónicas,
Como hemos descubierto desde entonces, por medio de numerosos testimonios independientes, la infiltración comunista en la Iglesia22 tuvo ya inicio en la década de los treinta del siglo pasado. El propio Lenin (el verdadero fundador del Comunismo ruso) declaró en los años veinte que se infiltraría en la Iglesia Católica, y concretamente en el Vaticano. La prueba histórica de ese propósito ha sido recientemente sintetizada en el prestigioso periódico Christian Order:
Como acentuó el Christian Order, la existencia de una conspiración comunista para infiltrarse en la Iglesia ha sido ampliamente confirmada no sólo por los antiguos comunistas Bella Dodd y Douglas Hyde, sino también por desertores soviéticos:
La Sra. Dodd, que poco antes de morir se convirtió a la Fe, era asesora jurídica del Partido Comunista de los Estados Unidos. En la década de los años cincuenta prestó ante el Comité Parlamentario de Actividades Antiamericanas una extensa declaración sobre la infiltración comunista en la Iglesia y en el Estado. Como si desease expiar su papel en la subversión de la Iglesia, la Sra. Dodd pronunció una serie de conferencias en la Universidad de Fordham y en otros lugares, durante los años que precedieron al Vaticano II. Christian Order rememora el testimonio de un religioso que asistió a una de sus conferencias a principios de los años cincuenta:
Pues bien. Si los enemigos de la Iglesia lograsen tener éxito en sus planes — que acabamos de esbozar —, veríamos que ocurriría en la Iglesia lo siguiente:
Habremos de demostrar ahora hasta qué punto se ha llegado a realizar este plan de subversión de la Iglesia, y cómo surgió el motivo para el grave crimen cometido: la tentativa de invalidar el auténtico Mensaje de Fátima. Al perpetrar este crimen, los acusados dejaron a la Iglesia y al mundo expuestos a los más grandes peligros, incluida la aniquilación de varias naciones y la pérdida de millones de almas. Realmente este crimen no ha sido solamente contra la Iglesia sino contra la Humanidad.
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