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Capítulo 3 El plan celestial de paz, en microcosmo
Las mentes “iluminadas” del “Mundo Moderno” se burlan de la idea de que una simple ceremonia pública de Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María pueda llevar a la conversión de aquel país, con inmensos beneficios, incluso la Paz entre las naciones, para todo el mundo. Pero si esto es así, está claro que “el Mundo Moderno” se burla de los milagros en general, así como de la atribución de la naturaleza divina de la Iglesia, cuyos santos han realizado milagros sin cuenta. No obstante, la Consagración de Rusia es precisamente lo que determinó Dios en el Mensaje que corroboró con el Milagro del Sol, el 13 de octubre de 1917; un mensaje que, repetimos, obtuvo la aprobación de las más altas Autoridades de la Iglesia Católica, incluso de los Papas, desde la época de las Apariciones en Fátima. Como veremos, el Papa reinante llegó a decretar en 2002 la inclusión de la Fiesta de la Virgen de Fátima en el Calendario Universal eclesiástico de los días litúrgicos, y que por ello se incluyó en la Tercera Edición Típica del Misal Romano. Con eso, el Magisterio certifica formalmente la autenticidad de las Apariciones. Conviene recordar que, en el Mensaje del 13 de julio de 1917, Nuestra Señora le prometió a Lucía: «vendré a pedir la consagración de Rusia a Mi Inmaculado Corazón, y la comunión reparadora de los Primeros Sábados.» Fiel a Su palabra, la Santísima Virgen se le apareció otra vez a Lucía en 13 de junio de 1929 en Tui (España), mientras ella — que ya ahora se había convertido en Hermana Lucía dos Santos, de las Doroteas, (y sólo pasaría a las Monjas Carmelitas en 1948) — estaba en oración en la capilla del Convento, durante la Hora Santa de Adoración y Reparación. Aun entre las apariciones celestiales a los santos de la Iglesia Católica, autenticadas y registradas en los anales, ésta encierra un carácter extraordinario. Dejemos que la Hermana Lucía, con sus propias palabras, sencillas pero llenas de viveza, nos cuente la Aparición. Recordemos que nos estamos refiriendo a una Aparición que la Iglesia, y el mismo Papa actual, han declarado digna de crédito:
A esta Aparición Frère Michel de la Sainte Trinité la denominó adecuadamente “La Teofanía Trinitaria”. Como sucedió con el Milagro del Sol, no hay nada semejante a esto en la Historia Universal. Así, el propio Dios quiso expresar la singular imspanancia de lo que Nuestra Señora le iba a decir a la Hermana Lucía:
Fue el propio Dios quienlo pidió. La Hermana Lucía había estado en presencia, no sólo de la Madre de Dios, sino también de la Santísima Trinidad. Como era natural, la Hermana Lucía transmitió inmediatamente aquella petición divina a su Confesor, el P. Gonçalves, tal como se comprueba por la correspondencia entre ambos, ya publicada2. Y, al menos durante los setenta años siguientes, la Hermana Lucía — la misma Lucía que no quiso negar la verdad, a pesar de haber sido amenazada de horrible muerte por el Alcalde masónico de Ourém – ofreció idéntico testimonio: Nuestra Señora, como mensajera de Dios, pidió la Consagración pública de Rusia en una ceremonia que debería ser celebrada conjuntamente por el Papa y por todos los Obispos del mundo. Como ya hemos relatado en el Prefacio y en la Introducción, el persistente esfuerzo de algunas personas para que Lucía modificase su testimonio — por respeto humano (o sea, para no ofender a los rusos) y para beneficiar a la nueva orientación de la Iglesia —, es el punto crucial de la gran controversia de Fátima, que dura hasta hoy y que ha motivado este libro. Volveremos ospanunamente a este asunto. Como para demostrar la eficacia de la Consagración que la Santísima Virgen había pedido, Dios decidió permitir la realización, en Portugal, de lo que puede ser considerado un proyecto esclarecedor. El 13 de mayo de 1931, aniversario de la primera Aparición de Fátima, en presencia de 300.000 fieles que acudieron a Fátima para asistir al acontecimiento, los Obispos spanugueses consagraron solemnemente su País al Corazón Inmaculado de María. Aquellos buenos Prelados pusieron a Portugal bajo la protección de Nuestra Señora, para librarlo del contagio del Comunismo que se estaba diseminando por toda Europa, especialmente en la vecina España. En efecto, la profecía de la Santísima Virgen, de que Rusia sembraría sus errores por el Mundo ya se estaba cumpliendo con inexorable exactitud. ¿Y quién podría haber previsto — meses antes de la Revolución bolchevique y de la subida de Lenin al poder — el surgimiento, fuera de Rusia, del Comunismo internacional? Solamente el Cielo lo podría prever; solamente la Madre de Dios, por revelación de Su Divino Hijo. Como resultado de aquella Consagración de 1931, Portugal pasó por la experiencia de un triple milagro, del que ofrecemos aquí solamente algunos datos. En primer lugar, hubo un magnífico Renacimiento católico, una gran renovación de la vida católica, tan asombrosa que todos los que la vivieron se la atribuyeron indiscutiblemente a la intervención de Dios. Durante ese período, Portugal disfrutó un aumento de vocaciones sacerdotales; el número de religiosos casi cuadriplicó en diez años; las comunidades religiosas también aumentaron. Hubo una amplia renovación de la vida cristiana, reflejada en muchas áreas, incluso el desarrollo de una prensa católica, de una radio católica, peregrinaciones, retiros espirituales y un vigoroso movimiento de la Acción Católica, integrado en la estructura de la vida diocesana y parroquial. Este Renacimiento católico fue tan amplio, que en 1942 los Obispos spanugueses declararon en una Carta Pastoral Colectiva: “Si hace veinticinco años alguien hubiese cerrado los ojos y sólo ahora los abriese, ya no reconocería a Portugal: tan profunda fue la transformación promovida por el modesto e invisible acontecimiento de la Aparición de la Santísima Virgen en Fátima. Nuestra Señora desea realmente salvar a Portugal.”3 Ocurrió también el milagro de la reforma política y social según los principios sociales católicos. Poco después de la Consagración de 1931 ascendió a la Presidencia del Consejo en Portugal un líder católico, António de Oliveira Salazar, el cual puso en práctica un programa católico y contrarrevolucionario. Se empeñó en crear, en cuanto le fue posible, un Orden social católico, en el que las leyes del Gobierno y las instituciones sociales se armonizasen con la ley de Cristo, de Su Evangelio y de Su Iglesia4. Adversario intransigente del Socialismo y del Liberalismo, Salazar se opuso a “todo aquello que debilitase o disolviese la familia5. Salazar, el Presidente del Consejo, no se limitó simplemente a hablar sobre asuntos convenientes: legisló en orden a proteger a la Familia, promulgando leyes contrarias al divorcio. Citamos el artículo 24 de una de ellas: “En armonía con las propiedades esenciales del matrimonio católico, se presupone que, por el hecho mismo de celebrarse un matrimonio canónico, los cónyuges renuncian al derecho legal de pedir el divorcio.”6 La consecuencia de esta ley fue que el número de matrimonios católicos no disminuyó, antes aumentó. Así, en 1960 – un año muy crítico, como veremos – casi el 91% de los matrimonios realizados en el país fueron canónicos. Además de estas extraordinarias transformaciones religiosas y políticas, ocurrió un doble milagro de Paz: Portugal fue preservado del terror comunista, especialmente durante la Guerra Civil que asoló a España. Portugal quedó, asimismo, al margen de las devastaciones de la Segunda Guerra Mundial. En lo tocante a la Guerra Civil española, los Obispos spanugueses, en 1936, se comprometieron a manifestar su gratitud a Nuestra Señora, si Ella protegiese a Portugal, reiterando la Consagración nacional al Corazón Inmaculado de María. Dando cumplimiento a su promesa, el 13 de mayo de 1938 renovaron la Consagración, en acción de gracias por la protección de Nuestra Señora. Como reconoció públicamente el Cardenal Cerejeira: «Desde que apareció Nuestra Señora de Fátima en 1917 (...) descendió sobre la tierra de Portugal una bendición especial de Dios (...) Si recordamos los dos años que transcurrieron desde nuestra promesa, no podemos dejar de reconocer que la mano invisible de Dios protegió a Portugal, librándolo del flagelo de la guerra y de la lepra del Comunismo ateo.» Hasta el mismo Papa Pío XII expresó su admiración por el hecho de que Portugal hubiera sido preservado de los horrores de la Guerra Civil española y de la amenaza comunista. En una alocución al pueblo spanugués, el Papa habló del «peligro rojo, tan amenazador y tan cercano a vosotros, y, a pesar de eso, [fue] evitado de manera totalmente inesperada.»7. Los portugueses pasaron incólumes por ese primer peligro; pero poco después tuvieron que encarar llenos de temor, un segundo peligro: estaba a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial. En cumplimiento de otra profecía de la Virgen en 13 de julio de 1917, la Guerra tendría inicio «en el reinado de Pío XI», y sería anunciada por «una noche alumbrada por una luz desconocida (...)» El 6 de febrero de 1939, siete meses antes de la declaración de guerra, la Hermana Lucía le escribió a su Obispo, D. José Correia da Silva, diciéndole que la guerra era inminente. Pero, refiriéndose a una milagrosa promesa, le aseguró que «Portugal sería preservado de esta horrenda guerra, gracias a la Consagración nacional al Corazón Inmaculado de María realizada por los Obispos.»8
De hecho, Portugal se libró de los horrores de la guerra, cuyas circunstancias son demasiado extensas para relatarlas aquí9. Y – lo que es todavía más notable – la Hermana Lucía le escribió al Papa Pío XII en 2 de diciembre de 1940, manifestándole que Portugal contaba con una protección especial durante la guerra, protección que otros países podrían haber tenido si los Obispos hubiesen consagrado sus respectivos países al Corazón Inmaculado de María. Escribió: «Santísimo Padre: (...) en atención a la Consagración del País al Inmaculado Corazón de María, celebrada por los Exc.mos Prelados portugueses, Nuestro Señor promete una protección especial a nuestra Patria durante esta guerra; y que esa protección será la prueba de las gracias que concedería a las demás naciones, si, como Portugal, también se Le hubiesen consagrado.»10 De modo semejante, el Cardenal D. Manuel Gonçalves Cerejeira no dudó en atribuir a Nuestra Señora de Fátima las magníficas gracias que había obtenido para Portugal en aquel período. El 13 de mayo de 1942 declaró: «Para describir lo que aquí ha sucedido en los últimos veinticinco años, el vocabulario portugués sólo tiene una palabra: milagro. Sí, estamos convencidos de que la maravillosa transformación de Portugal se la debemos a la protección dada por la Santísima Virgen»11 El Cardenal Cerejeira afirmaba lo mismo que nosotros afirmamos aquí: que las milagrosas bendiciones que Nuestra Señora obtuvo para Portugal, como recompensa del Cielo por la Consagración del País en 1931, eran sólo una muestra de lo que Ella hará para todo el Mundo, tan pronto Rusia sea debidamente consagrada a Su Corazón Inmaculado12. En las palabras del Cardenal Cerejeira:
No es difícil de entender el motivo por que en aquella época a Portugal se le llamaba “La Vitrina de Nuestra Señora”. Y el triple milagro de Portugal no es sino una muestra del aspecto que ofrecerán Rusia y el Mundo después de la Consagración colegiada de aquel país. El milagroso ejemplo de Portugal también nos es útil como instrumento de evaluación de la actualidad. Confrontando el triple milagro de Portugal con la situación actual de Rusia y del Mundo, es evidente que todavía se tendrá que realizar la Consagración de Rusia. (Volveremos a este asunto en un próximo capítulo.) La actuación de hombres con altos cargos en la Iglesia, adoptando medidas que impiden la Consagración de Rusia — y privando con eso a la Iglesia y al Mundo de la recompensa celestial que para Portugal obtuvo la Virgen María — no es sólo una rematada locura: es también un crimen monstruoso. Y es ese crimen lo que nos ha llevado a publicar este libro. Notas
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