Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

Capítulo 2

Comienza una larga oposición

       Una lectura, aunque superficial, de las dos primeras partes del Gran Secreto del Mensaje de Fátima mostrará que se trata de un desafío del Cielo a los poderes del Mundo, cuyo dominio, incluso sobre el Portugal católico, venía aumentando desde el inicio del siglo XX.

       Recordando el texto del Secreto, de que hemos tratado en el capítulo 1, es obvio que lo que allí propone el Cielo sería un anatema para el régimen masónico en Portugal, como lo sería también para todas las fuerzas organizadas contra la Iglesia, las cuales, al comienzo del siglo pasado, estaban tramando un ataque decisivo a la ciudadela católica: como veremos, esas mismas fuerzas así lo admitieron. Los elementos básicos del Mensaje constituyen una auténtica “carta estratégica” de oposición a esas fuerzas: librar las almas del Infierno; establecer por todo el mundo una devoción católica al Corazón Inmaculado de María; consagrar Rusia a ese Corazón Inmaculado, con la subsecuente Conversión de ese país al Catolicismo; alcanzar la paz para el mundo, como corolario del Triunfo del Corazón Inmaculado de María.

       El Mensaje de Fátima es imspanante para la salvación de las almas: este punto es absolutamente claro. Pero lo que no es tan claro – y eso enfurece no sólo a los enemigos de fuera sino también a los de dentro de la Iglesia – es que, tanto el Mensaje como la Aparición de Nuestra Señora, son también muy imspanantes para el correcto ordenamiento de la Sociedad Humana. Si la Humanidad obedece al Mensaje de la Santísima Virgen, alcanzará la Paz: entre los individuos, entre las familias, ciudades y países; en resumen, en todo el Mundo, bajo la forma de un orden social católico. (En el próximo capítulo veremos que este orden social no es un sueño utópico, sino algo que ya se ha conseguido en el siglo XX, en el caso de Portugal, a través de su Consagración al Corazón Inmaculado de María en 1931). El Pecado original ciertamente continuaría existiendo; pero presenciaríamos en la Historia humana un período semejante al que profetizó Isaías, el cual, por inspiración divina, previó una era en que la Humanidad dejaría de provocar guerras, y no se entrenarían para la guerra, sino que transformarían en arados sus espadas.1 Se evitaría en gran parte la tendencia de los hombres hacia el pecado, y se orientarían por la benéfica influencia de la Iglesia y de Sus Sacramentos. Y al observar la situación actual del Mundo, ¿quién podría negar, seriamente, que aun los peores “excesos” de los hombres, dentro del orden social católico de la Europa anterior a la “Reforma”, ni de lejos pueden compararse con el mal y la violencia (empezando por el inacabable holocausto del aborto “legalizado”), prácticamente institucionalizados hoy en todos los países?

       Las consecuencias previstas tan sólo en el texto del Gran Secreto de Fátima son suficientemente claras para cualquier persona con un mínimo de inteligencia. Semejante plan de paz mundial sólo se podrá llevar a cabo con la adhesión, en todos los niveles de la Sociedad, de un número significativo de personas. (Evidentemente, no nos referimos aquí a ningún tipo de dictadura religiosa impuesta por la fuerza — como la que existe en ciertos estados islámicos —, sino a un orden social, que brota espontáneamente de la Fe Católica, común a todo el pueblo.) Aun así, el plan solamente tendría éxito si se basase en los designios del Creador de la Humanidad, que ungió a Jesucristo, su Redentor, como Rey de los reyes y Señor de los señores (Apoc. 19:16). Jesús es Rey, no sólo de los individuos, sino también de las Sociedades y del Mundo entero. Por consiguiente, para que tenga éxito ese designio de la Bienaventurada Siempre Virgen María, Reina del Cielo y de la Tierra, es necesario que toda la Humanidad acepte la Soberanía de Cristo sobre ella, en el modo en que aquélla se ejerce a través de la Iglesia Católica. Que haya de hecho suficientes hombres dispuestos a realizarlo – primero, en Rusia; después, en todas partes. Ése es precisamente el milagro prometido por la Santísima Virgen si fueren atendidos Sus deseos.

       Es comprensible que el príncipe de este Mundo (como Jesucristo llamaba al Demonio) no aceptaría de buen grado la eventual destrucción de su reino, tan próspero aquí en la Tierra. De forma análoga, tampoco aceptarían ese plan celestial de Paz las asociaciones y sociedades secretas, cuyo poder y mal adquiridas riquezas se evaporarían, en el caso de que dicho plan se hiciese realidad, y le siguiesen la Conversión de Rusia y el Triunfo del Corazón Inmaculado de María: por tanto, también el Triunfo de la Fe Católica.

       Teniendo en cuenta estos antecedentes, comprendemos mejor cómo surgió – aún en la época de las Apariciones – una feroz oposición al Mensaje de Fátima, y por qué motivo dicha oposición continúa hasta nuestros días, llegando a obtener el apoyo de algunos hombres que, desde dentro la Iglesia, combaten las peticiones de la Virgen.

       En la época de las apariciones de Fátima, el autócrata de Ourém, sede del municipio a que pertenecían Fátima y Aljustrel (la aldea donde vivían los pastorcitos), era Artur de Oliveira Santos, de quien era público que no creía en Dios. Hojalatero de profesión, se le conocía popularmente por su apodo, “El Hojalatero”. De escasa formación escolar, eran grandes, sin embargo, sus ambiciones. Artur Santos era un joven autodidacta e intrépido, que llegó a ser editor del Ouriense, un periódico local en el que, con mordaz osadía y algún talento, expresaba sus opiniones antimonárquicas y antirreligiosas. A los 26 años ingresó en la logia masónica de Leiria, afiliada al Gran Oriente.

       Como observó el gran historiador católico William Thomas Walsh, Artur Santos había abrazado las doctrinas esotéricas de una religión sincretista y naturalista, la más acérrima enemiga de la Iglesia Católica en los tiempos modernos, que, ya en aquel entonces, se jactaba de haber dado un gran paso para la eliminación del Cristianismo en la Península Ibérica, al planificar e implantar la Revolución Republicana de 1910. Según Walsh nos informa, Magalhães Lima, Gran Maestro del Gran Oriente, había previsto en 1911 que de allí a pocos años no habría en Portugal quien se dispusiese a estudiar para Sacerdote; y el ilustre masón spanugués Afonso Costa aseguró a sus hermanos de sociedad y a algunos delegados de las logias francesas, que la próxima generación vería el fin del Catolicismo, «la causa principal de la triste situación en que se ve hundido nuestro País.» Había, sin duda, muchos indicios que apoyaban esta predicción,  pero que no justificaban esa acusación.

       El Profesor Walsh prosigue, observando que, en 1911, los nuevos dueños de Portugal se habían apoderado de los bienes inmuebles de la Iglesia, como también habían dispersado, encarcelado y exiliado a cientos de sacerdotes, religiosos y religiosas, intimando al Cardenal Patriarca a que abandonase la ciudad en el plazo de cinco días, sin posibilidad de regresar. Esos sacerdotes y religiosos se refugiaron en Francia y en otros países. Algunos fueron en peregrinación a Lourdes para pedirle a la Madre de Dios Su ayuda a favor del infortunado País, que en otros tiempos se gloriaba de ser conocido como “Tierra de Santa María”, y en aquella hora se veía reducido a un espectáculo de impiedad y anarquía, con una revolución cada mes.

       Artur Santos fundó una nueva logia masónica en Vila Nova de Ourém, para donde había transferido su taller de hojalatero, y en 1917 había ascendido al grado masónico de Venerable (presidente). Gracias a los amigos que se granjeó en la Masonería, consiguió ser elegido Presidente de la Cámara de Ourém; ese cargo puso en sus manos la Administración del Concejo [Alcaldía] y le dio poderes de Juez suplente del Comercio. Con esas distinciones y con la autoridad inherente a ellas, el Senhor Santos era el hombre más temido e influyente en aquel rincón de Portugal.

       Durante su administración, cada vez menos personas iban a Misa y recibían los Sacramentos, hubo cada vez más divorcios, y disminuyó la natalidad. Cuando mandó encarcelar a seis Sacerdotes, y los mantuvo incomunicados durante ocho días, los principales católicos del Concejo y de la Cámara estaban tan ocupados en elaborar acuerdos ventajosos, que ni siquiera tuvieron tiempo de protestar con suficiente energía como para ser oídos. Para “El Hojalatero” y sus amigos, estaba prácticamente ganada su lucha en pro del “progreso e ilustración”, como insistían en describir su acoso a la Iglesia Católica.2

       En agosto de 1917, la historia de las Apariciones ya era conocida en todo el País, si bien según distintas versiones: los periodistas de la prensa antirreligiosa, por ejemplo, se complacían en escribir noticias divertidas. De acuerdo con el estudio del Padre de Marchi sobre las actitudes de esa prensa, los periodistas decían que «esos niños eran marionetas de los Jesuitas. ¿Que no eran de los Jesuitas? — Bueno, pues entonces lo eran del Clero en general; o del Papa en particular, que de esta forma atraían a la gente ignorante e incauta a Cova da Iria, con el fin de desplumarlos y quedarse con su dinero. ¿Que no tenían dinero? — Bueno, pues entonces era para que fuesen políticamente leales a ellos, de tal modo que se pudiese sabotear el tejido humano de la iluminada República, en beneficio de Roma y de la Reacción. La prensa disfrutaba con estas alegres divagaciones. Los masones estaban encantados.»3 Todos los leales defensores del Nuevo Orden hallaban la situación cada vez más divertida.

       Pero Artur Santos, Alcalde de Ourém, no veía las cosas tan divertidas, porque la ostensiva manifestación de religiosidad estaba ocurriendo justamente en su propio territorio. Algunos de sus electores ya admitían que Nuestra Señora estaba apareciendo en Fátima; y él no quería ni pensar en el tipo de explicaciones que le tendría que dar a sus colegas de la política, si continuase prosperando en su propio Concejo aquella manifestación religiosa del Catolicismo, claramente contraria a sus intentos de instaurar una República sin Dios. De este modo, decidió aplicar a los tres videntes el peso de la ley.

       El 11 de agosto de 1917, el Alcalde de Vila Nova de Ourém ordenó a los padres de aquellos niños que los presentasen en la Cámara Municipal para ser juzgados. Pero el tío Marto, padre de Jacinta y de Francisco, dijo: «¿Qué van a hacer allí unos niños tan pequeños? (...) Además, son tres leguas (...), y los críos no aguantan hacer ese camino a pie, y no están  habituados a montar a caballo. ¡No!... ¡Voy yo, y respondo por ellos!»4Su mujer, Olímpia, estuvo de acuerdo. Por otra parte, tanto Antonio, padre de Lucía, como su mujer, María Rosa, estaban de acuerdo en que, si Lucía estaba mintiendo, sería bueno darle una lección; y si estuviese diciendo la verdad – de lo cual dudaban –, entonces Nuestra Señora la protegería. Antonio sentó a la hija a la grupa de la burra (que se cayó tres veces por el camino) y se pusieron a camino para ver al Alcalde. El tío Marto dejó a sus hijos en casa, y fue él solo para defenderlos. Antes de partir, Jacinta le dijo a Lucía: «Si te matan, diles que Francisco y yo también somos como tú y también queremos morir.5 Y ahora voy con Francisco al pozo, para rezar mucho por ti».

       El Alcalde le preguntó a Lucía si había visto a una Señora en Cova da Iria, y quién pensaba que podría ser. Le exigió que le contase el Secreto que Nuestra Señora había confiado a los pastorcitos, y que le prometiese no volver a Cova da Iria. Lucía se negó contarle el Secreto y a hacer tal promesa. (Nuestra Señora les había pedido a los pastorcitos que volviesen a Cova da Iria el día 13 de cada mes, y ellos le prometieron ir en el día y en la hora señalados para las próximas tres visitas.) Finalmente, el Alcalde le preguntó a Antonio si el pueblo de Fátima se creía aquella historia, a lo que contestó: «¡No, señor! Todo eso son historias de mujeres».

       «Y tú, ¿qué dices?», le preguntó el Alcalde al tío Marto. «Estoy aquí a su disposición – contestó –, y mis hijos dicen las mismas cosas que yo». «¿Crees entonces que es verdad?». «¡Sí, señor, yo creo en lo que dicen.»6

       El público presente se rió. El Alcalde hizo el gesto de quien termina la conversación, y uno de sus hombres les dijo que se fueran. El Alcalde los acompañó hasta la puerta y «continuó amenazando a Lucía, que le habría de arrancar el Secreto, aunque tuviese que mandar matarla.»7 Después de todo eso, Lucía, su padre y el tío Marto regresaron a Aljustrel.

       Al atardecer del 12 de agosto, tres guardias conminaron a los pastorcitos a ir a la casa del tío Marto, donde se encontraba el Alcalde en persona. Éste les dijo que podrían ser condenados a muerte si no le contasen el Gran Secreto que habían recibido el día 13 de julio. Los pastorcitos se negaron a revelarlo, diciendo que no podían desobedecer a Nuestra Señora. «No imspana – susurró Jacinta a los otros dos —; si nos matan, da lo mismo, nos vamos derechito al Cielo. ¡Qué bien!»8

       En la mañana del 13 de agosto, estaba el tío Marto trabajando en el campo y se fue a su casa a lavar las manos. Alrededor de la casa había una muchedumbre que había ido a presenciar la aparición que debería ocurrir aquel día en Cova da Iria. Su esposa Olímpia, malhumorada, le señaló hacia la sala de estar. El tío Marto entró en la sala, y (como leemos en el relato que le hizo al P. de Marchi) «... entré en la sala y me veo allí nada menos que al propio Alcalde. En aquel momento, llegué a spanarme mal, por un pequeño detalle: porque había allí un Padre y yo, en vez de saludarle a él primero, saludé al otro.» Después le dijo al Alcalde: «¿Qué hacemos por aquí, señor Alcalde?»9

       Éste le explicó entonces que venía para llevar a los pequeños a Cova da Iria en su carruaje, y que así tendrían tiempo de hablar con el Párroco de Fátima, que, según él, los quería interrogar. Tanto los pastorcitos como sus padres desconfiaban de aquella idea de llevarlos con él en el carruaje, pero lo consintieron. El Alcalde los llevó primero al Párroco de Fátima, y después, en vez de llevarlos a Cova da Iria, le vieron dar un trallazo al caballo y dar media vuelta en dirección opuesta. Los llevó a Ourém y los cerró en un cuarto en su casa.

       Había cerca de 15.000 personas en Cova da Iria, y todos querían saber dónde estaban los pastorcitos. En el momento en que aparecería Nuestra Señora ocurrieron varios fenómenos sobrenaturales, como los que las multitudes habían ya observado durante las anteriores apariciones en Fátima: lo cual convenció a muchos, incluso a descreídos, que la Señora había llegado. Sin embargo, los pastorcitos no se encontraban allí para recibir Su Mensaje. Llegaron entonces algunos, diciendo que el Alcalde de Vila Nova de Ourém había raptado a los niños y los había llevado, primero, al Párroco de Fátima, y después, a su casa en Ourém. La gente inmediatamente pensó que ambos se habían puesto de acuerdo para llevar a cabo el rapto. Esto, según entendían, había “perjudicado la aparición y decepcionado a la Madre de Dios”. Se levantaron voces indignadas contra el Alcalde y el Párroco. Pero el tío Marto convenció a la muchedumbre a que no tomasen represalias: «¡Calma, muchachos! No hay por qué hacer mal a nadie. Si alguno merece el castigo, lo tendrá. ¡Todo esto sucede por el poder de lo Alto!»10

       A la mañana siguiente, el Alcalde de Ourém volvió a interrogar a los pastorcitos, que volvieron a decir que habían visto a una Señora hermosa, y una vez más se negaron a contarle el Secreto, a pesar de las amenazas que les hizo de prisión perpetua, tortura y muerte. El Alcalde estaba decidido a arrancarles cualquier tipo de confesión que sirviese para acabar con aquella manifestación religiosa que tenía lugar en su Concejo. Y así, los metió en la cárcel del pueblo, encerrándolos en una celda oscura y maloliente, con rejas de hierro: era la celda común donde se encontraba la mayor parte de los presos. Los pastorcitos estaban asustados y tristes, en especial Jacinta, que tenía sólo siete años y pensaba que no volvería a ver a sus padres. Pero se animaban mutuamente, recordando lo que Nuestra Señora les había dicho acerca del Cielo, y ofrecieron sus sufrimientos por la conversión de los pecadores. Los pastorcitos rezaron el rosario en la cárcel y los presos se unieron a ellos en los rezos.

       Algún tiempo después, el Alcalde mandó a un guardia que los llevase a su presencia, y por última vez les exigió que le contasen el Secreto. Y como continuasen negándose a revelarlo, el Alcalde les dijo que los iba a freír vivos en aceite. Gritó una orden y un guardia abrió la puerta. Le preguntó al guardia si el aceite ya estaba bien caliente, y el guardia le contestó que sí. Entonces, le ordenó que pusiese a la más chica – Jacinta – en el aceite hirviendo. El guardia agarró a la pequeñita y se la llevó. Otro guardia, al ver que Francisco movía los labios en silencio, le preguntó: «¿Qué estás hablando?» «Estoy rezando un Avemaría – respondió Francisco –, para que Jacinta no tenga miedo.»11 Tanto Lucía como Francisco estaban convencidos de que el guardia volvería enseguida para llevarlos también a la muerte. Y dijo Francisco a Lucía: «Si nos matan, como dicen, dentro de poco nos iremos derecho al Cielo. ¡Oh, qué felicidad! ¡Ya no nos interesa ninguna otra cosa!...»12

       Más tarde, el guardia volvió a la sala donde los pastorcitos estaban siendo interrogados por el Alcalde, y les dijo a Lucía y a Francisco que Jacinta ya había sido freída en aceite, porque no quiso revelar el Secreto. El Alcalde intentó una vez más persuadirlos a que revelasen el Secreto, porque si no, les pasaría lo mismo. Como se negasen a hacerlo, se llevaron a Francisco para sufrir el mismo destino. Poco tiempo después, volvió el guardia para buscar a Lucía. Y aunque ella pensaba que ya habían dado muerte a Francisco y a Jacinta por no revelar el Secreto, ella también prefería morir a revelar el Secreto que la Santísima Virgen le había confiado. Por eso el guardia también se la llevó – para lo que ella pensaba que sería una muerte segura.

       Lo que realmente sucedió fue que llevaron a Jacinta para otra sala; y al llegar el momento de “freírlos en aceite”, llevaron a Francisco y a Lucía para la misma sala, reuniéndose los tres de nuevo. Todo ello no había sido otra cosa que una artimaña para amedrentarlos y con eso revelar el Secreto. Al recordar en sus Memorias este incidente, Lucía nos cuenta que tanto ella como sus primos estaban convencidos de que el Alcalde los iba a martirizar.

       A la mañana siguiente, y a pesar de un nuevo interrogatorio, el Alcalde no consiguió que le revelasen el Secreto. Al final, se convenció de que no valía la pena continuar, y ordenó que los llevaran a Fátima. Era el 15 de agosto, la Fiesta de la Asunción de Nuestra Señora.

       El hecho de que el Alcalde masón de Ourém hubiese llegado al extremo de amenazar con una muerte horrible a tres niñitos, a fin de impedir que el pueblo creyese y manifestase abiertamente su Fe en Dios, en Su Santísima Madre y en la Iglesia Católica, ese hecho nos muestra hasta qué punto pretendían llegar los masones en su desesperación para destruir la Iglesia de una vez por todas, y establecer en su lugar una República sin Dios: no sólo en Portugal, sino en todo el mundo.

      Notas

  1. «Él gobernará las naciones, y dictará sus leyes a pueblos numerosos; que trocarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces. No alzará ya la espada pueblo contra pueblo, y no más se entrenarán para la guerra.» (Is. 2:4) [La Santa Biblia, Ediciones Paulinas (Madrid, 1964), p. 869.] Y también: «... ellas [las naciones] cambiarán sus espadas en azadas, y sus lanzas en podaderas. No empuñará más la espada pueblo contra pueblo, ni se adiestrarán más en la guerra.» (Miq. 4:3).

  2. William Thomas Walsh, Our Lady of Fatima (Image-Doubleday, N. York, Imprimatur 1947), pp. 95-97.

  3. P. João M. de Marchi, I.M.C., Era uma Senhora mais brilhante que o Sol, p. 98. (Traducción nuestra)

  4. Ibid.

  5. Ibid., p. 99.

  6. Ibid., p. 104.

  7. Ibid., p. 102.

  8. Ibid., p. 106.

  9. Ibid., p. 112.

  10. Ibid.

  11. Ibid.

  12. Ibid.

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