Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

 

 

Capítulo 17

Mientras tanto, ¿qué podemos hacer?

     Aunque las peticiones dirigidas al Papa (bajo la forma que hemos indicado) constituyen una etapa importante, no se puede garantizar, por supuesto, que las personas que lo rodean le permitan al menos leerlas, principalmente debido al progresivo empeoramiento de su estado físico — lo cual le ha obligado a confiar, cada vez más, el Gobierno de la Iglesia al Cardenal Sodano.1 Este contratiempo no debe hacernos desistir; al contrario, tenemos que ocuparnos de la crisis con nuestros propios medios, hasta que el Papa actual, o su sucesor, lleve a cabo las acciones decisivas para superarla. Recordamos aquí la descripción del Cardenal Newman sobre el estado de la Iglesia durante la Crisis Arriana:

      El cuerpo episcopal fracasó al profesar la Fe (...) Discutían unos con otros, sin llegar a un acuerdo. Durante sesenta años después de Nicea, no hubo nada que significase un testimonio firme, invariable y consistente. Lo que sí hubo fueron Concilios sin credibilidad, Obispos sin Fe; hubo sí falta de firmeza, temor de las consecuencias, falta de orientación, desilusiones, desvaríos, en una secuencia sin fin y sin esperanzas, que se difundió casi hasta el rincón más remoto de la Iglesia Católica. Los relativamente pocos que se mantuvieron fieles fueron desacreditados y relegados al exilio; los demás, o eran engañadores o eran engañados.2

     Entonces, en estos tiempos de oscuridad para la Iglesia, ¿qué es lo que, concretamente, podemos hacer los católicos, mientras esperamos que Sus dirigentes La restituyan a Su recto camino? La respuesta es: Todo lo que esté a nuestro alcance. Conforme nuestras condiciones de vida, lo mínimo que podemos hacer es lo siguiente:

Sobre todo, rezar

     Primero y antes de nada, hay el poder de la oración — especialmente una eficacísima oración: el Santo Rosario.

     En este combate, es innecesario sobreestimar la importancia que tienen el Rosario y otras oraciones católicas. Estamos afrontando fuerzas y circunstancias que, humanamente hablando, parecen imposibles de superar. Nuestro Santo Padre está enfermo y ya se mantiene una vigilia alrededor de su lecho. El Papa está rodeado de hombres poderosos que, con pleno éxito hasta ahora, han impedido que se cumpliese el Mensaje de Fátima. El próximo Papa también tendrá que enfrentarse con estos mismos hombres, o sus sucesores con análoga mentalidad, puesto que los enemigos instalados dentro de la Iglesia ahora son legión.

     En vista de eso, como meros integrantes del Laicado o del Clero, ¿podemos esperar invertir el curso actual de los acontecimientos en la Iglesia y en el Mundo? ¿Cómo podemos garantizar que se realice la Consagración de Rusia, cuando tantos notables y poderosos se le oponen? Humanamente hablando, eso no es posible. Sin embargo, con el poder del Rosario, sí podemos conseguirlo. Pues ¿no ha sido realmente éste el motivo por que Nuestra Señora de Fátima, viendo de forma muy clara nuestras actuales circunstancias, pidió que se rezase diariamente el Rosario? Como declaró Nuestra Señora, usando la tercera persona para hablar de Sí propia: «¡Sólo Nuestra Señora del Rosario os puede ayudar!»

     Por consiguiente, en primer lugar rezad el Rosario por la intención del triunfo final de Nuestra Señora sobre la crisis en la Iglesia y el Mundo, mediante el cumplimiento de las peticiones que hizo en Fátima, e instad a vuestros amigos, parientes y vecinos a que también recen por la misma intención. Si diez por ciento de los católicos en todo el Mundo rezaren diariamente el Rosario por esta intención específica, se ganará el combate. La Historia registra que, después de haber acabado la 2ª Guerra Mundial, diez por ciento de la población de Austria, organizados en una Cruzada del Rosario, consiguieron la milagrosa retirada (inexplicable de otro modo) de un ejército soviético invasor. Por lo tanto, en vuestra parroquia y entre vuestros amigos y parientes, empezad a organizar una Cruzada del Rosario por la Consagración de Rusia y por el Triunfo del Corazón Inmaculado de María.

     En complemento de la poderosa oración del Rosario, como católicos debemos practicar obras espirituales de otros tipos, incluso la devoción al Sagrado Corazón de Jesús (los Nueve Primeros Viernes de cada mes, con la imagen consagrada de Jesús en nuestros hogares, y haciendo frecuentes visitas al Santísimo Sacramento); y, por supuesto, la devoción de los Cinco Primeros Sábados de cada mes, recomendada por Nuestra Señora de Fátima. Mediante estas prácticas, hacemos reparación espiritual de los incontables sacrilegios y blasfemias cometidos contra Nuestro Señor, particularmente contra Su presencia en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en que ha sido víctima de innumerables afrentas, por el sacrilegio de dar la Comunión en la mano — una de las manifestaciones de la actual crisis de Fe y de disciplina en la Iglesia. Al hacer la reparación de esta forma, estaremos anticipando el Triunfo del Corazón Inmaculado de María.

     Hay también los sacramentales, por cuyo intermedio los católicos pueden obtener beneficios espirituales para sí o para otros. Se incluyen entre aquéllos el Escapulario Castaño (de la Virgen del Carmen) y el Escapulario Verde — sacramentales que han sido otorgados por el propio Cielo, pero que, en estos tiempos de diabólica desorientación en la Iglesia, casi nadie se acuerda de ellos.

     Y por último, es evidente que cada uno de nosotros debe empeñarse en llevar una vida en santidad, mediante el frecuente recibimiento de los Sacramentos de la Santa Iglesia Católica, cuya gracia nos provee de armas para los futuros combates y nos libra de las acechanzas en que tantos han sucumbido en esta crisis.

     En resumen, a través de la oración, principalmente, del Rosario, y de una vida sacramental, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ser más fervorosos en la Fe, y para que los demás también lo sean. Porque esta lucha es, primero y antes de nada, un combate espiritual en que cada alma es necesaria y en que cada alma corre peligro.

Cómo colaborar en la práctica

     Evidentemente, los católicos deben reforzar con buenas obras sus oraciones. Como decía San Ignacio, “debemos rezar como si todo dependiese de Dios, y trabajar como si todo dependiese de nosotros”. ¿De qué manera pueden colaborar los católicos, teniendo en cuenta sus respectivas condiciones de vida?

     Como laicos, podemos:

  • armarnos contra la crisis, conociendo mejor nuestra Fe, e informándonos acerca del Mensaje de Fátima y de su verdadero significado;


  • explicar a nuestros hermanos en la Religión Católica, y a todos aquellos con quienes nos encontremos, la relación que existe entre el Mensaje de Fátima y las crisis en la Iglesia y en el Mundo;


  • servir, con nuestras vidas, de ejemplo de Fe cristiana y de una sólida moral;


  • pedirle a los Obispos y a los Párrocos de la localidad que ofrezcan a sus fieles una doctrina católica y una liturgia saludables;


  • no contribuir con recursos financieros en las parroquias y diócesis que siguen tolerando la corrupción doctrinal y moral, y los abusos en la liturgia — una iniciativa que muchos católicos ya han adoptado, como reacción a los escándalos sexuales que actualmente afligen al Clero;


  • solicitar la exoneración de los Sacerdotes y Obispos moral o doctrinalmente corruptos, haciendo uso, como laicos, del derecho otorgado por Dios, de pedir a las Autoridades eclesiásticas, incluso al Papa, que impidan los agravios que existen en la Iglesia;


  • rezar — especialmente el Rosario, que puede derrotar a todas las herejías y otras amenazas a la Iglesia;


  • rezar por el Santo Padre, como Jesús exhortó que hiciese la Hermana Lucía, para que el Papa se decida a subyugar a todos los enemigos de la Iglesia y a cumplir las peticiones de Nuestra Señora de Fátima.


Como Sacerdotes o Religiosos, podemos:


  • predicar y defender la Fe Católica Romana, según la tradición;


  • dar a conocer a todos el Mensaje de Fátima y lo que éste le exige a la Iglesia;


  • servir, con nuestras vidas, de ejemplo de Fe cristiana y de una sólida moral;


  • solicitar a nuestros Superiores, incluso al Papa, que honren el Mensaje de Fátima y que adopten otras medidas para eliminar la crisis moral y doctrinal que existe en la Iglesia, lo cual incluye “arrancar de raíz” los dirigentes moral y espiritualmente corruptos, sea cual sea la posición jerárquica en que se encuentran estos lobos en medio de sus ovejas.


  • Como periodistas, escritores o editores católicos, podemos:

  • escribir la verdad acerca de Fátima y hacerla tan ampliamente conocida como sea posible;


  • escribir la verdad sobre la actual crisis en la Iglesia, y sobre sus causas, tal como se ha discutido en este libro;


  • investigar, exponer y condenar la conspiración contra Fátima;


  • publicar, con la extensión que nos sea posible y a través de los varios medios de comunicación a nuestro alcance, la verdad sobre Fátima — incluso la verdad que contiene este libro.


  • Como católicos — laicos, líderes políticos, empresarios de industria,
    comercio o finanzas, diplomáticos o jefes militares —, podemos:


  • solicitarle al Papa que adopte el Plan del Cielo para la alcanzar la Paz, tal como nos ha sido transmitido en Fátima — en vez de adoptar una diplomacia y acuerdos fracasados, hecho por los que son no más que meros hombres (incluso los diplomáticos del Vaticano, como el Cardenal Sodano);


  • contribuir con recursos financieros para aquellos apostolados y para las iniciativas apostólicas que promueven, divulgan y defienden el auténtico Mensaje de Fátima;


  • usar nuestra influencia para persuadir a los miembros de la Jerarquía a que colaboren, para el bien del Mundo entero, en la realización de las exhortaciones del Mensaje de Fátima.


  • Un acto de Justicia y de Misericordia

         Fue el propio San Gregorio Magno quien afirmó: «Es preferible que el escándalo aparezca a que se esconda la verdad.» Cualquiera que sea nuestra situación en la vida, lo cierto es que cada uno de nosotros es un miembro de la Iglesia militante, un soldado de Cristo. Por eso, cada uno de nosotros tiene el deber de defender la Iglesia, según sus aptitudes. Como declaró el Papa San Félix III: «No oponerse al error es aprobarlo, y no defender la verdad es suprimirla; efectivamente, dejar de denunciar el error de los malvados, cuando podemos hacerlo, no es un pecado menor que el de incentivarlos.»

         Ya debería ser evidente para cualquier católico, que se está agotando el tiempo, tanto para el elemento humano de la Iglesia como para toda la Civilización. Como nos alertó San Pablo: «Nadie se burlará de Dios.» Si algo nos enseña la Historia de la Salvación, es que, cuando los hombres se rebelan contra Dios, en proporción tan grande como la que estamos presenciando actualmente, el Mundo sufrirá un fulminante y terrible castigo divino. Pues bien: el Mensaje de Fátima no es otra cosa sino un aviso de la inminencia de tal castigo en nuestra época, si los hombres no se alejan del pecado.

         La Virgen de Fátima nos ha ofrecido los medios para evitar ese castigo; sin embargo, sabemos que los hombres de la Iglesia han menospreciado la oferta del Cielo. Lo mismo que los Reyes de Francia, que desdeñaron una sencilla exhortación de Nuestro Señor, para consagrar esa Nación a Su Sagrado Corazón, las Altas Autoridades del Vaticano han trazado una ruta hacia el desastre — un desastre incomparablemente más grave que el que se abatió sobre Francia.

         No obstante, aún hay tiempo de cambiar de rumbo. La extrema urgencia de nuestra situación fue lo que nos ha motivado a escribir este libro, y a presentar las graves acusaciones que contiene. Hemos presentado nuestro caso al lector, no como un acto de provocación sin cualquier fundamento, ni siquiera con base en la justicia inherente a esta causa, sino como un acto de misericordia — misericordia no solamente en pro de las víctimas del gran crimen contra Fátima, sino también en pro de los mismos acusados, los cuales tienen el deber de ofrecer una oportunidad, en espíritu de caridad, de confrontarse con la gravedad de sus actos, de tal modo que puedan cambiar de rumbo y empiecen a reparar sus errores, antes que sea demasiado tarde para ellos — y para nosotros. Evocamos aquí la enseñanza de Santo Tomás: «También debemos recordar que, cuando un hombre censura a su Prelado en espíritu de caridad, eso no quiere decir que se considere mejor, sino solamente que ofrece su ayuda a quien “estando en posición superior a la vuestra, precisamente por eso corre más peligro”, como observa San Agustín…» Las acciones y las omisiones de los acusados comprometen la seguridad temporal de la Iglesia y del Mundo y la salvación eterna de numerosísimas almas. Ante tal peligro, ¿cómo podemos permanecer en silencio?

    Pedimos al lector que nos retribuya con su veredicto

         Por consiguiente, ha llegado el momento en que Vd., caro lector, nos puede retribuir con lo que llamamos “su veredicto”. Como hemos comentado al principio de este libro, no pedimos (ni podemos hacerlo) que emita un veredicto de inculpabilidad, semejante a una sentencia jurídica, puesto que tal cosa no es atribución nuestra ni del lector. Lo que sí pedimos, como hijos o hijas de la Santa Iglesia Católica, es que el lector admita que lo que han hecho los acusados justifica una petición al Sumo Pontífice, Juan Pablo II, o su Sucesor, para que ordene una investigación y aplique el remedio eficaz a aquello que, hablando objetivamente, constituye un crimen contra la Iglesia y la Humanidad.

         Somos de opinión que las pruebas que hemos presentado imponen un deber del cual ningún católico de buena voluntad puede eximirse. Ya no es posible permanecer neutrales con respecto a esta etapa del combate, decisiva para la Iglesia y para el Mundo. Hemos presentado al lector las pruebas, que son abrumadoras, y, habiéndolas visto, cabe al lector tomar una decisión.

         Rezamos para que su decisión sea unirse a nosotros en este intento, si bien humilde, de comenzar a corregir lo que ha tomado un rumbo terriblemente erróneo. En el grandioso drama de Fátima, nosotros mismos tenemos una importancia muy reducida; pero trabajamos por la causa de Aquella que, por voluntad divina, es la real protagonista de este drama. Y Ella no dejará de cumplir Sus promesas, si al menos Sus hijos — liberados de los planes de los hombres que incurren en el error — hicieren lo que les pidió: «Si atendieran mis peticiones, se salvarán muchas almas y tendrán paz. (…) Por fin, Mi Corazón Inmaculado triunfará.»

    ¡Esto es lo que el lector puede hacer ahora!

         Caro lector: Además de atender las peticiones que Nuestra Señora de Fátima le dirige a Vd. personalmente — como el rezo diario del Rosario —, Vd. puede practicar otra acción: hacer fotocopias, firmar la petición que consta en el capítulo siguiente y enviarla al editor de este libro,* el cual se la transmitirá al Papa.

         La petición también sirve como un sumario de las cuestiones fundamentales que hemos presentado en este libro, y puede utilizarse para divulgar su contenido, a través de fotocopias, entre aquellos que no disponen de tiempo o no pretenden leer el libro entero.

    *Asociación Misionera, Suite #1, 1107 William St., Buffalo, NY 14206, EE.UU.

    Notas
    1. Cf. Newsweek, 8 de abril de 2002. Citando un funcionario del Vaticano, esa revista informa que el Papa está tan debilitado que «lee todo lo que le dan para leer. Dedica la mayor parte del tiempo a firmar… todo lo que le dan para firmar.»


    2. John Henry Newman, On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine, p. 77.

    Volver o Continuar


    Como pedir “La última batalla del diablo”

    Order On-Line Now Get The Printable Order Form
    Compra on-line

    Llamada gratuita

    Compra por correo

    Use su tarjeta de crédito para comprar La última batalla del diablo para entrega rápida.

    Al: 1-800-954-8737  y le recibiremos gustosos los datos de su tarjeta de crédito

    Haga click aqui para ir impreso para enviar su cheque, o giro postalo bancario.