Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

 

 

Capítulo 16

Preparando una acusación formal
                         

 
El Cardenal Joseph Ratzinger
 
El Cardenal Angelo Sodano
El Capítulo 16 constituye como una acusación contra los cuatro Prelados del Vaticano aquí retratados [Ratzinger, Sodano, Castrillón y Bertone], debido a su ostensiva y deliberada actuación para obstruir no sólo la divulgación del Mensaje de Fátima sino también la obediencia a las exhortaciones de Nuestra Señora de Fátima, imprescindibles para traer la Paz al Mundo.
 
El Cardenal Dario Castrillón Hoyos
 
El Arzobispo Tarcisio Bertone


     Grande es la calamidad que actualmente aflige a la Iglesia y al Mundo entero. En estos tiempos inquietantes — como lo fueron los de la Crisis Arriana — los laicos tienen que cargar sobre sus hombros aquello que en tiempos normales no sería atribución suya.

      Como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, tenemos el deber de adoptar, según nuestra condición social, medidas prácticas para superar esa crisis. Al hacer esto, no seremos disuadidos por aquel falso llamamiento a la piedad, que nos incita a ser condescendientes, bajo el erróneo argumento de que “Es Dios quien cuida de la Iglesia” — si eso significa que los católicos “de a pie” no necesitan hacer nada para oponerse a los errores y a las injusticias cometidos por miembros de la Jerarquía, sino que, al contrario, tienen que someterse ciegamente a los dictámenes de la Autoridad, por más desastrosas que sean sus consecuencias.

Nuestro deber en Justicia y Caridad

     Para un católico, no es ésa la forma correcta de actuar. No ha sido esto lo que hicieron los laicos y el Clero leales, durante la Crisis Arriana, y no es esto lo que deberíamos hacer hoy. Nuestro silencio y nuestra aquiescencia ante ese desastre cada vez más amenazador, sería ante todo una injusticia para con la Iglesia y una traición a nuestro deber en justicia, como católicos confirmados, como soldados de Cristo.

     Tenemos, además, la obligación de la caridad para con nuestros hermanos de religión, incluso para con nuestros superiores en la Jerarquía. Nuestro deber en espíritu de caridad para con nuestros superiores nos lleva a oponernos a lo que está ocurriendo en la Iglesia, aunque eso signifique que tengamos que usar la medida extrema de censurar en público a nuestros propios superiores.

      Como dijo Santo Tomás de Aquino, «si la Fe corre peligro, cualquier subordinado tiene el deber de censurar a su Prelado, hasta públicamente.» ¿Por qué, en estos casos, es de justicia y de caridad que un subordinado censure a su Prelado? En este punto, observa Santo Tomás que la censura pública a un Prelado «podría interpretarse como un acto de orgullo insolente; pero no hay ninguna insolencia en juzgarse mejor en un determinado asunto, puesto que, en esta vida, nadie está libre de defectos. Debemos recordar, además, que cuando una persona censura a su Prelado en espíritu de caridad, eso no quiere decir que se juzgue mejor [que el censurado], sino tan sólo que ofrece su colaboración a alguien que, “encontrándose en una posición más elevada, está expuesto a mayores riesgos, precisamente por la posición que ocupa”, conforme observa San Agustín en su Regla citada más arriba.»1 Por supuesto, nuestros hermanos católicos están expuestos a un peligro — el más grave que se puede imaginar — proveniente de la actual evolución de las innovaciones destructivas defendidas por ciertos miembros del aparato estatal del Vaticano, que han dado la espalda no sólo al Mensaje de Fátima sino también a todo el pasado de la Iglesia.

      La lección de Santo Tomás, sobre el deber de censurar a nuestros superiores siempre que sus acciones amenacen perjudicar la Fe, refleja la enseñanza unánime de los Santos y de los Doctores de la Iglesia. En su obra sobre el Romano Pontífice, decía San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, que el propio Papa puede ser censurado y resistido si amenaza causarle daño a la Iglesia:

      Así como es lícito oponerse al Pontífice que agrede el cuerpo, así también es lícito oponerse al que agrede las almas, o perturba el orden civil, o, mucho más grave, pretende destruir la Iglesia. Afirmo que es lícito oponerse a Él, dejando de cumplir sus órdenes y evitando que se satisfaga su voluntad; sin embargo, no es lícito juzgarlo, imponerle un castigo o deponerlo, puesto que esos actos son exclusivos de un superior.2

      De igual modo, el eminente teólogo del siglo XVI, Francisco Suárez (a quien el Papa Pablo V enalteció con el título de Doctor Eximius et Pius, “Doctor Eximio y Piadoso”) nos enseñó lo siguiente:

      Y en el segundo caso, el Papa sería cismático si no quisiese mantenerse en unión normal con toda la comunidad eclesiástica — como en el caso de pretender excomulgar a toda la Iglesia, o, como observan Cayetano y Torquemada, si pretendiese alterar por completo los ritos de la Iglesia basados en la Tradición Apostólica. (…). Si [el Papa] ordena algo contrario a las buenas costumbres, no se le deberá obedecer; si pretende hacer algo manifiestamente contrario a la justicia y al bien común, será legítimo oponerse a sus órdenes; y si hace uso de la fuerza, con la fuerza puede ser rechazado, [aunque] con la moderación apropiada para una justa defensa.3

     Si es posible oponerse legítimamente hasta al mismo Papa cuando practica acciones que perjudicarían a la Iglesia, ¿qué decir de los Prelados a quienes, por deber, acusamos aquí? Simplemente, como dijo el Papa San Félix III, «no oponerse al error es admitirlo; y no defender la verdad es suprimirla.» Ninguno de los miembros del Laicado ni del bajo Clero está libre de este precepto. Todos los miembros de la Iglesia están sujetos a él.

     Por eso, tenemos el deber de hablar abiertamente. Somos obligados a alertar al Santo Padre sobre lo que, en conciencia, juzgamos ser una acusación bien fundamentada contra los Prelados mencionados en este libro (y contra sus múltiples colaboradores), por haber ocasionado — y en la inminencia de continuar ocasionando —, con sus ataques al Mensaje de Fátima, un enorme perjuicio a la Iglesia y al Mundo. Tenemos el deber de suplicar al Santo Padre que proceda a la reparación del crimen que, según entendemos, han cometido aquellas personas.

      Estamos sometiendo este caso a la consideración del lector, como miembro de la Santa Iglesia Católica.

      Vamos a enumerar ahora en pocas palabras lo que, en general, han demostrado las pruebas y lo que muestran con relación a las acciones específicas, practicadas por aquellos a quienes hemos acusado en este libro.

     Primero — El Mensaje de Fátima es una profecía verdadera, auténtica y de fundamental importancia para la Iglesia y el Mundo, en esta época de la Historia de la Humanidad. Ha sido la Madre de Dios, en persona, quien nos transmitió el Mensaje, acreditado por milagros indiscutibles, de que fueron testigos decenas de miles de personas. La Iglesia lo ha declarado digno de fe y una serie de Papas, incluso Juan Pablo II, lo han confirmado. En resumen: Simplemente, no se puede ignorar el Mensaje de Fátima. Como el propio Papa Juan Pablo II declaró, «la Iglesia se siente interpelada por ese Mensaje.»

     Segundo — El Mensaje de Fátima pide que se establezca en el Mundo entero la devoción al Corazón Inmaculado de María — por tanto, la Fe Católica. Con tal propósito, el mismo Dios ha ordenado que, en nuestra época, se haga lo siguiente: que el Papa, en unión con todos los Obispos, realice la Consagración solemne y pública de Rusia — específicamente Rusia y tan sólo Rusia — al Corazón Inmaculado de María; la Conversión de Rusia al Catolicismo; y el subsiguiente Triunfo del Corazón Inmaculado, tanto en Rusia como en todos los países.

     Tercero — El Tercer Secreto de Fátima (en la parte aún no revelada) predice aquello que los católicos observan hoy en día a su alrededor: una catastrófica pérdida de fe y de disciplina en la Iglesia — herejías, escándalos, apostasías diseminados por casi todo el mundo católico. Aun sin considerar las numerosas pruebas que hemos presentado sobre este aspecto, una sola — que los acusados escondieron e intentaron hacernos olvidar — lo demuestra: «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.» En Portugal, sí, pero, como ya hemos visto, no en otros países.

     Cuarto — La Hermana Lucía insistió en que se diese a conocer el Tercer Secreto en 1960, porque en ese año se comprendería mejor, porque sería “más claro”.

     Quinto — En 1960 se convocó el Concilio Vaticano II. Los hombres que desde entonces han dirigido la Iglesia han transmitido a todos Sus miembros una orientación completamente nueva, lo cual se llevó a cabo mediante una “apertura al Mundo”, es decir, mediante el “diálogo” con herejes, cismáticos, comunistas, ateos y otros opositores de la única y verdadera Iglesia. Esa nueva orientación sustituyó, de hecho, la intransigente oposición al error mantenida hasta entonces por la Iglesia, junto con Su obligación de transmitir a las generaciones ulteriores la Fe Católica, de forma integral y sin adulteraciones, según el precepto que Cristo les había impuesto. No satisfechos con el incumplimiento de su solemne deber de conservar y transmitir la Fe, aun persiguen a aquellos que pretenden cumplirlo.

     Sexto — Ya en 1973, el Papa Pablo VI se vio obligado a admitir que «la apertura al Mundo ha causado una indiscutible invasión de la Iglesia por el pensamiento mundano» — es decir, por el Liberalismo. Dicha invasión y el subsiguiente colapso de la Fe y de la disciplina en el seno de la Iglesia constituyen el tan anhelado propósito de la Masonería organizada y del Comunismo: no la completa aniquilación de la Iglesia, que sabían ser imposible, sino más bien Su adaptación al pensamiento liberal. La actual situación de la Iglesia corresponde, exactamente, a aquello que estas fuerzas conseguirían, según sus osadas predicciones, y corresponde, con igual exactitud, a aquello acerca de lo cual una extensa serie de Papas preconciliares advirtió: era realmente ése el propósito de las conspiraciones de dichas fuerzas.

     Séptimo — En vez de combatir esa nueva orientación, que adapta la Iglesia al pensamiento liberal, los Clérigos posconciliares, incluso aquellos a quienes acusamos aquí, mantuvieron inflexiblemente esa orientación en sus decisiones y en la aplicación de éstas en nombre del Vaticano II, en los siguientes temas: (a) la Östpolitik, una política que obligó a muchos miembros de la Iglesia a que evitasen cualquier condenación u oposición activa a los regímenes comunistas; (b) la “iniciativa ecuménica” y el “diálogo interreligioso”, que, en realidad, significa desistir de la conversión de los no católicos a la única y verdadera religión, e ignorar el dogma que afirma que la Iglesia Católica es la única Iglesia verdadera, fuera de la cual no hay salvación; (c) el uso de una novedosa y ambigua terminología en los documentos conciliares y posconciliares que — al igual que las expresiones usadas por los arrianos en el siglo IV — debilitan gravemente la creencia en los dogmas de la Fe; (d) una radical “reforma” de la liturgia, sin precedente, al abandonar el tradicional Rito Latino; (e) la permisividad o tolerancia para emplear varias formas de heteropraxis (prácticas erróneas), como recibir la Sagrada Hostia en la mano, chicas en el altar, la retirada del Sagrario del altar, etc., que enflaquecen la creencia en la Sagrada Eucaristía y en el Sacerdocio sacrificial.

     Octavo — Con su conciso llamado a la Consagración pública de Rusia al Corazón Inmaculado de María, realizada por el Papa en unión con los Obispos, a la Conversión de Rusia al Catolicismo y al Triunfo del Corazón Inmaculado (y, con él, al de la Iglesia Católica) en todo el Mundo, — el Mensaje de Fátima no es conciliable con la nueva orientación de la Iglesia, dentro de la cual la Östpolitik, el “diálogo ecuménico” y el “diálogo interreligioso” impiden que la Iglesia declare públicamente que — para el bien de Rusia y del Mundo entero — ese País debe ser consagrado y convertido a la religión verdadera.

     Noveno — Los Clérigos que están poniendo en práctica la nueva orientación — incluso los acusados en este libro — revisaron el Mensaje de Fátima para ajustarlo a aquélla. El ajuste que hicieron se basó en una “interpretación” del Mensaje que elimina: (a) cualquier forma de Consagración de Rusia por su nombre (para ellos, eso sería una intolerable ofensa “ecuménica”, o una “provocación” a los ortodoxos rusos); (b) cualquier forma de Conversión de Rusia a la Fe Católica (que han abandonado expresamente por considerarla una eclesiología “anticuada”), y (c) cualquier forma de Triunfo del Inmaculado Corazón de María en el Mundo entero (que consideran “triunfalista”, conflictiva y “no ecuménica”).

     Décimo — El actual Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal Sodano — que, en la práctica, asumió el control del gobierno cotidiano de la Iglesia, desde la reorganización de la Curia Romana implantada por el Cardenal masón Jean Villot (Secretario de Estado del Papa Pablo VI) — ha impuesto una Línea del Partido sobre Fátima. Según esa Línea, hay que “sepultar” el Mensaje de Fátima en general, y especialmente el Tercer Secreto, mediante una “interpretación” que suprime las profecías de sucesos futuros, transformándolas en acontecimientos ya sucedidos, y reduciendo su contenido específicamente católico a una simple y vaga devoción “cristiana”, inofensiva para ortodoxos rusos y protestantes.

     Undécimo — La Línea del Partido sobre Fátima del Secretario de Estado fue citada cuatro veces en el Comentario sobre el Mensaje de Fátima y el Tercer Secreto, dado a conocer el 26 de junio de 2000 por el Cardenal Ratzinger y Mons. Bertone.

     Duodécimo — Según la mencionada Línea del Partido, solamente se ha revelado una parte del Tercer Secreto (si es verdad que lo revelado es parte integrante de él), y la visión del “Obispo vestido de Blanco”, al ser asesinado por la soldadesca en las afueras de una ciudad semidestruida, fue “interpretada” como siendo tan sólo el frustrado atentado, cometido por un único individuo contra la vida del Papa Juan Pablo II hace 21 años.

     Décimo tercero — Se le ha ocultado a los fieles aquella parte del Tercer Secreto que contiene las “palabras de Nuestra Señora” (según manifestó el propio Vaticano en 1960) — es decir, las palabras que casi ciertamente vienen después de la frase «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.»

     Décimo cuarto — En realidad, el Tercer Secreto fue revelado en su esencia no sólo a través de las declaraciones de numerosos testigos, sino también por el mismo Papa Juan Pablo II, que en dos oportunidades (en sermones pronunciados en Fátima) relacionó explícitamente el Mensaje de Fátima con el Libro del Apocalipsis, y específicamente con la caída desde el Cielo de la tercera parte las estrellas (las almas consagradas), después de haber sido arrastradas y abatidas por “la cola del Dragón” (Apoc. 12:3,4) — acontecimiento que no aparece en ninguna de las dos primeras partes del Mensaje, y por lo tanto, es evidente que sólo puede haber aparecido en el Tercer Secreto.

     Décimo quinto — En una inútil tentativa de encubrir las legítimas dudas suscitadas por la Línea del Partido sobre Fátima, el aparato estatal del Vaticano realizó una “entrevista” secreta con la Hermana Lucía — de la cual no hay trascripción ni ninguna otra forma de registro completo —; todo indica que, durante dicha entrevista, fue persuadida a “concordar” en que ella misma podría haber inventado los elementos del Mensaje de Fátima que contradicen la Línea del Partido, y que también fue persuadida a rechazar (sin la más mínima explicación) su testimonio — inalterado durante 60 años — de que la Consagración de Rusia exige que se mencione explícitamente el nombre de ese País y que sea celebrada por el Papa en unión con todos los Obispos en una ceremonia pública.

     Décimo sexto — Aquellos que no se supeditan a la nueva orientación de la Iglesia ni a la Línea del Partido sobre Fátima están sujetos a ser perseguidos y a tener que “purificarse”, mediante la “suspensión”, las amenazas de “excomunión” y otras medidas disciplinares injustas, al paso que los que siguen la nueva orientación y la Línea del Partido no son molestados, y llegan a ser recompensados — aun cuando promueven la herejía, o asumen una clara desobediencia a la Liturgia o a otras preceptos de la Iglesia, o cometen vergonzosos escándalos sexuales. Tal como en la época de la Herejía Arriana, afrontamos la misma situación que lamentaba San Basilio Magno: «Actualmente sólo se castiga rigurosamente una ofensa: la adecuada observancia de las tradiciones de nuestros padres. Por causa de ello, los devotos son apartados de sus países y llevados al desierto.»

     Décimo séptimo — Como consecuencia directa de este esfuerzo concertado para revisar, ensombrecer y sepultar el Mensaje de Fátima, a favor de la nueva orientación, Rusia no ha sido consagrada, ni se ha convertido, sino que decayó aún más; la Iglesia está sumida en una profunda crisis como nunca estuvo, y muchas almas corren peligro de perderse. Porque la Virgen de Fátima dijo: «Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas (...)» Y dijo también Nuestra Señora: «(...) Van muchas almas al Infierno, por no tener quien se sacrifique y pida por ellas.» Con referencia a su propia misión, en 26 de diciembre de 1957, la Hermana Lucía le dijo al P. Fuentes: «(…) no es mi misión indicarle al Mundo los castigos materiales que ciertamente vendrán sobre la tierra si el Mundo antes no hace oración y penitencia. No. Mi misión es indicarles a todos el inminente peligro en que estamos de perder para siempre nuestra alma si seguimos aferrados al pecado.» Por lo tanto, el Mundo se encuentra frente al aniquilamiento de varias naciones, como consecuencia de hacer caso omiso de las peticiones de Nuestra Señora de Fátima, según Ella misma nos lo advirtió.

      Pues bien. Con relación a los Prelados que somos obligados a acusar nominalmente ante la Iglesia, quedó demostrado lo siguiente, con base en pruebas sustanciales:

Con relación al Cardenal Angelo Sodano

     Primero: Después de la reorganización de la Curia Romana realizada bajo el Pontificado de Pablo VI, el Cardenal Sodano, Secretario de Estado del Vaticano, es actualmente la persona más poderosa en la Iglesia; y, como tal, debido especialmente a la precaria salud del Sumo Pontífice, es quien, de hecho, administra los asuntos cotidianos de la Iglesia.

     Segundo: Como consecuencia de las mismas reformas curiales del Papa Pablo VI, el Cardenal Sodano se halla a la cabeza de todos los dicasterios del Vaticano, incluso la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF), la cual, cuando se llamaba Santo Oficio estaba bajo la responsabilidad directa del Papa.

     Tercero: Fue el Cardenal Sodano el inspirador de aquello que hemos denominado la Línea del Partido sobre Fátima, es decir, la idea errónea de que el Mensaje de Fátima, incluso el Tercer Secreto, está definitivamente superado, y que ya no se debe pedir la Consagración de Rusia. Esto lo sabemos porque:

  • fue el Cardenal Sodano, y no el Papa, quien el 13 de mayo de 2000 anunció al Mundo que se revelaría el Tercer Secreto, pero sólo después de un “Comentario” — preparado por la CDF — que, repetimos, está bajo su responsabilidad, y


  • la “interpretación” que le dio el Cardenal Sodano al Tercer Secreto se mencionó cuatro veces en el comentario “El Mensaje de Fátima” (EMF), preparado por la CDF.

     Cuarto: El Cardenal Sodano, como administrador, de hecho, de los asuntos cotidianos de la Iglesia, ha fortalecido vigorosamente la nueva orientación de la Iglesia sobre Fátima. Esto lo sabemos porque:

  • fue el Cardenal Sodano quien se responsabilizó de la “interpretación” del Tercer Secreto y de su errónea reducción a una cosa del pasado, junto con todo lo demás del Mensaje de Fátima;


  • al día siguiente de la publicación de EMF, el Cardenal Sodano demostró claramente su adhesión a la nueva orientación de la Iglesia, al invitar a Mijail Gorbachov, el ex dictador soviético pro aborto, a comparecer en el Vaticano, para una mal llamada “conferencia de prensa” (no se permitió hacer preguntas), durante la cual el Cardenal Sodano, Gorbachov y el Cardenal Silvestrini, sentados lado a lado, elogiaron calurosamente un elemento clave de la nueva orientación, un tema desarrollado por el predecesor de Sodano, el Cardenal Casaroli: la llamada Östpolitik — según la cual la Iglesia, en vez de oponérseles, “mantiene el diálogo” con los regímenes comunistas, y, diplomáticamente, se calla ante la persecución de la Iglesia por dichos regímenes;


  • en 1993, el Cardenal Cassidy, representando al Cardenal Sodano, negoció la Declaración de Balamand, la cual afirma que el retorno de los ortodoxos a Roma representa una “eclesiología anticuada” – y fuera de época y, por tanto, según el Cardenal Sodano, también lo sería la Conversión de Rusia a la Fe católica, solicitada por Nuestra Señora de Fátima; y


  • fue el Cardenal Sodano quien dirigió la persecución al P. Nicholas Gruner — probablemente el mayor divulgador del auténtico Mensaje de Fátima —, como lo demuestran los siguientes hechos:


  •         La “suspensión” sin fundamento del P. Gruner fue anunciada el 12 de septiembre de 2001,              “por orden de una más alta Autoridad” (expresión usada en el Vaticano para referirse al           Secretario de Estado).

           Los Nuncios Apostólicos (representantes diplomáticos subordinados al Secretario de Estado)          hicieron circular en todo el Mundo durante varios años documentos que, injustamente,          denuncian al P. Gruner y presionan a los Sacerdotes y a los Obispos para que boicoteen las          conferencias de su Apostolado.

           La persecución al P. Gruner tuvo inicio en 1989, con lo que el Obispo de su Diócesis, en          aquella época, designó como “señales preocupantes” emitidos por el Secretario de Estado del          Vaticano.
Con relación al Cardenal Joseph Ratzinger

     Primero: Como principal responsable de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el Cardenal Ratzinger reiteró en innumerables ocasiones su compromiso con la nueva orientación de la Iglesia — denominada “la demolición de los baluartes” en un libro que publicó después de haber asumido aquel cargo.

     Segundo: En conformidad con la tal “demolición de los baluartes”, el Cardenal Ratzinger declaró abiertamente que, en su opinión, el Beato Pío IX y San Pío X adoptaron un enfoque “unilateral” al condenar solemne e infaliblemente el Liberalismo, y que Sus enseñanzas fueron “contrarrestadas” por el Concilio Vaticano II. Afirmó, además, que la Iglesia Católica había desistido de convertir a todos los protestantes y cismáticos, que Ella no tenía derecho de “absorberles las iglesias y las comunidades eclesiales”, sino que debía ofrecerles un lugar en una “unidad en la diversidad” — un punto de vista obviamente inconciliable con la Consagración y la Conversión de Rusia a la Fe Católica. Lo menos que se puede decir es que la opinión del Cardenal Ratzinger muestra indicios de ser herética.

     Tercero: Uno de los “baluartes” que el Cardenal Ratzinger ha procurado “demoler” es la interpretación tradicional católica del Mensaje de Fátima.

     Cuarto: El Cardenal Ratzinger procuró demoler el baluarte de Fátima en EMF, comentario que él publicó.

     Quinto: EMF intenta demoler el contenido auténticamente católico y profético del Mensaje de Fátima, mediante los siguientes fraudes exegéticos:

  • El Cardenal Ratzinger suprimió las palabras “Por fin” de la profecía de la Santísima Virgen «Por fin, Mi Corazón Inmaculado triunfará.»


  • El Cardenal Ratzinger también retiró de la profecía de Fátima las palabras que vienen inmediatamente después de aquéllas: «El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al Mundo algún tiempo de paz.»


  • Habiendo adulterado deliberadamente las palabras de la Madre de Dios, el Cardenal Ratzinger declaró que el Triunfo del Corazón Inmaculado de María (predicho, es decir, que ocurriría en el futuro) se refería simplemente al Fiat de la Santísima Virgen, pronunciado hace 2.000 años, cuando aceptó ser la Madre del Redentor.


  • De este modo, el Cardenal Ratzinger ignoró conscientemente la profecía de la Virgen sobre cuatro acontecimientos futuros con respecto a la Consagración y a la conversión de Rusia, y, deliberadamente, los fundió en uno solo: el Fiat que pronunció la Virgen en el año 1 a. C.


  • Por lo que atañe a la devoción del Corazón Inmaculado — acerca de la cual Nuestra Señora de Fátima nos dijo que era voluntad de Dios que se estableciese en el Mundo —, el Cardenal Ratzinger tuvo la desfachatez de afirmar que la devoción al único Corazón Inmaculado, el de María, significa tan sólo seguir Su ejemplo, obteniendo cada uno de nosotros, a través de la “unidad interior” con Dios, nuestro propio “corazón inmaculado”.


  • Con esa grotesca y blasfema “interpretación”, el Cardenal Ratzinger degrada a la misma Madre de Dios, con el objetivo de cortar cualquier vínculo entre la devoción al Corazón Inmaculado de María en todo el Mundo y la exhortación de Nuestra Señora de Fátima para que Rusia se convirtiese a la Religión Católica; en esa nación, la conversión debe ocurrir antes de la auténtica devoción al Corazón Inmaculado, por cuanto la religión ortodoxa rusa rechaza el dogma de la Inmaculada Concepción.

     Sexto: El Cardenal Ratzinger — en consonancia con la Línea del Partido del Cardenal Sodano — declaró en EMF que «debemos afirmar con el Cardenal Sodano que “los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del ‘secreto’ de Fátima, parecen pertenecer ya al pasado.”» y también declaró que el Tercer Secreto culminó con el frustrado asesinato [del Papa Juan Pablo II] en 1981.

     Séptimo: Al adoptar la Línea del Partido, del Cardenal Sodano, sobre el Tercer Secreto, el Cardenal Ratzinger contradice claramente su propio testimonio de 1984 — tres años después del intento de asesinato —, cuando afirmó que el Tercer Secreto es una “profecía religiosa”, que trata de «los peligros amenazando la Fe y la vida del Cristiano, y, por tanto la del Mundo.» No hubo en aquella ocasión ninguna insinuación de que el Secreto se refiriese al intento de asesinato de 1981, ni a cualquier otro acontecimiento del pasado.

     Octavo: En apoyo de la Línea del Partido, durante la conferencia de prensa de 26 de junio de 2000, el Cardenal Ratzinger se excedió en las críticas al P. Nicholas Gruner, explicando a la prensa mundial que “él debe someterse al Magisterio” y aceptar la alegada Consagración del Mundo en 1984 como siendo una Consagración de Rusia. Es decir: Según el Cardenal Ratzinger, el P. Gruner tiene que someterse a la Línea del Partido del Cardenal Sodano. Tal alegación es falsa, porque no hubo ninguna manifestación autorizada del Magisterio que obligase a eso: ni del Papa, ni de un Concilio, ni del Magisterio Ordinario y Universal.

     Noveno: En resumen, poniendo en práctica la Línea del Partido, abusó deliberadamente de su cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe para dar una falsa impresión de peso y validad teológicos a una vergonzosa “deconstrucción” del Mensaje de Fátima — un esfuerzo tan sensacionalista que hasta el periódico Los Angeles Times, en su reportaje sobre EMF y la conferencia de prensa del 26 de junio de 2000, colocó el siguiente subtítulo:

     «El más insigne teólogo del Vaticano demolió con guante blanco el relato de una Monja sobre la visión que tuvo en 1917 y que alimentó la especulación por varias décadas.»
Con relación a Monseñor Tarcisio Bertone

     En su condición de Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Mons. Bertone también puso en práctica la Línea del Partido dictada por el Cardenal Sodano.

     Primero: Mons. Bertone cometió un fraude (y es fácil probarlo) cuando afirmó en EMF que «Sor Lucía confirmó personalmente que este acto solemne y universal de consagración correspondía a los deseos de Nuestra Señora: “Sim, está feita, tal como Nossa Senhora a pediu, desde o dia 25 de Março de 1984.” (Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido. Carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.»

     Segundo: Es fácil demostrar que se trata de un fraude, puesto que la mencionada «carta del 8 de noviembre de 1989» fue impresa en ordenador — cosa que la anciana Hermana Lucía no utiliza —, y además, contiene un error de hecho que ella nunca podría haber cometido, a saber: que el Papa Pablo VI había realizado la Consagración del Mundo durante su visita a Fátima en 1967, cuando se sabe que ese Papa, durante su breve visita a Cova de Iría, no realizó ningún tipo de consagración.

     Tercero: Mons. Bertone se basa deliberada y exclusivamente en la «carta del 8 de noviembre de 1989», que es claramente falsa, aunque él (y los demás miembros del aparato estatal del Vaticano), en abril-mayo de 2000, tenía toda la libertad de entrar en contacto con la Hermana Lucía, y podía haberle pedido que confirmase — en contradicción con lo que venía declarando durante varias décadas — que la Consagración del Mundo en 1984 había satisfecho los requisitos para la Consagración de Rusia.

     Cuarto: Mons. Bertone, sometiéndose a la Línea del Partido, del Cardenal Sodano, de que Fátima «pertenece al pasado», tuvo el descaro de afirmar en EMF que «la decisión del Santo Padre Juan Pablo II», de publicar en 26 de junio de 2000 el Tercer Secreto, «cierra una página de historia, marcado por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad» — una afirmación insensata, absurda y fraudulenta, que ignora la realidad y contribuye al actual agravamiento de las amenazas que pesan sobre la Iglesia y sobre el Mundo entero.

     Quinto: En respuesta a las dudas que, cada vez con más frecuencia, asaltan a las personas, sobre si el Vaticano ha revelado por completo el Tercer Secreto y sobre la Consagración de Rusia, Mons. Bertone organizó una “entrevista” secreta con la Hermana Lucía en su convento en Coimbra, cuyos supuestos resultados sólo se divulgaron pasado más de un mes.

     Sexto: Aunque la “entrevista” se prolongó por más de dos horas, Mons. Bertone ofreció tan sólo cuarenta y cuatro palabras de la Hermana Lucía, relacionadas con la Consagración de Rusia y con el Tercer Secreto; esas palabras se publicaron fuera de cualquier contexto, por lo cual no podemos saber exactamente ni lo que se le preguntó, ni lo que ella respondió.

     Séptimo: Entre tantas cosas increíbles, quieren que aceptemos ingenuamente que, durante esa entrevista de dos horas, de la cual sólo se nos transmiten cuarenta y cuatro palabras importantes,

  • la Hermana Lucía repudió el testimonio inalterable de toda su vida, de que Nuestra Señora había pedido la Consagración de Rusia, a ser realizada por el Papa en unión con todos los Obispos del Mundo — y no la Consagración del Mundo por el Papa y algunos Obispos;


  • la Hermana Lucía “ratifica todo lo que está escrito” en EMF, incluso la insinuación que allí aparece, de que fue ella quien había inventado la visión del Tercer Secreto, inspirada por cosas que había visto en libros, y de que Edouard Dhanis era un “eminente conocedor” sobre Fátima — aun cuando el propio Dhanis hubiese aseverado que la Hermana Lucía había inventado la casi totalidad de los elementos proféticos del Mensaje de Fátima.; y


  • la Hermana Lucía “confirma” que el Triunfo del Corazón Inmaculado de María no tenía nada que ver con la Consagración y la Conversión de Rusia, sino que se refería simplemente al Fiat de la Virgen María, pronunciado hace 2.000 años.

     Octavo: No se ha presentado la transcripción ni ningún otro tipo de registro de la “entrevista” de dos horas, sino tan sólo un sumario en italiano, en L’Osservatore Romano, firmado por Mons. Bertone y (supuestamente) por la Hermana Lucía — que ni siquiera habla italiano. (La “firma” de la Hermana Lucía no consta en la traducción inglesa del “sumario”.)

     Noveno: Fue el propio Mons. Bertone quien condujo la “entrevista”, por estar personalmente interesado en presionar a la Hermana Lucía para que apoyase la Línea del Partido, y defendiese la absurda afirmación [de Mons. Bertone] de que la conferencia de prensa del 26 de junio de 2000 «cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad.»

Con relación al Cardenal Darío Castrillón Hoyos

     El principal papel del Cardenal Castrillón Hoyos en este asunto ha sido poner en práctica la Línea del Partido [del Cardenal Sodano] y, en su condición de Prefecto de la Congregación para el Clero, defender la nueva orientación de la Iglesia, procurando destrozar el Apostolado de Fátima y destruir la reputación del Padre Nicholas Gruner — que representa el mayor núcleo de “resistencia” contra la tentativa de sepultar el Mensaje de Fátima. Las pruebas demuestran que:

     Primero: La nueva orientación de la Iglesia hizo posible la infiltración, en el Clero católico, de homosexuales, pederastas y herejes, que acarrean la desgracia de la Iglesia, en detrimento de tantos Sacerdotes correctos, que, como el P. Gruner, han respetado sus votos y conservan la Fe.

     Segundo: A pesar de la crisis de Fe y de disciplina que campea entre el Clero en todos los continentes, el Cardenal Castrillón Hoyos ha publicado condenaciones, avisos de “suspensión” y hasta una amenaza de excomunión contra un único Sacerdote de la Iglesia Católica: el P. Nicholas Gruner (N. E.: Es posible que ya haya otro más), que no ha cometido ninguna ofensa contra la Fe ni contra la Moral, que ha respetado su voto de celibato, que ha conservado la Fe y que no ha hecho absolutamente nada que mereciese cualquier tipo de castigo — cuanto más el cruel e inédito castigo impuesto por el Cardenal Castrillón Hoyos, subordinado al Cardenal Sodano, que, de hecho, se arrogó las funciones del Pontificado.

     Tercero: En la carta que dirigió al P. Gruner con fecha de 5 de junio de 2000, el Cardenal Castrillón Hoyos amenazó excomulgarlo — tan sólo algunos días antes de la conferencia de prensa de 26 de junio, convocada por orientación del Cardenal Sodano para “demoler con guante blanco” el Mensaje de Fátima.

     Cuarto: Los únicos Sacerdotes sometidos a medidas disciplinares inmediatas y rigurosas, durante la gestión del Cardenal Castrillón Hoyos, son los Padres “tradicionalistas”, que, según él, no están suficientemente “inseridos” en la “actual realidad eclesial” ni de “la Iglesia en la actualidad”, i. e., de la nueva orientación, cuya observancia él exige, con un celo mucho más intenso que el de la integridad doctrinal o moral del Sacerdocio.

     Quinto: El 16 de febrero de 2001, el Cardenal Castrillón Hoyos envió al P. Gruner otra carta, reiterando la amenaza de “excomunión”, exigiéndole que “se retractase públicamente” de sus críticas al Cardenal Sodano y de otros asuntos de libre opinión en el ámbito de la Iglesia, encontrados en algunos artículos de la revista The Fatima Crusader — una exigencia sin precedentes y totalmente absurda, si consideramos la profusión de lecturas heréticas, promovida actualmente por Sacerdotes y hasta por Obispos infieles, contra los cuales el Cardenal Castrillón Hoyos no adopta ninguna medida.

     Sexto: En esa misma carta, el Cardenal Castrillón Hoyos reveló el motivo para incentivar la Línea del Partido, al mismo tiempo que le imponía un riguroso castigo al P. Gruner, por no aceptar la nueva versión de Fátima: «la Santísima Madre se apareció a los tres pequeños videntes en Cova da Iría al comienzo de este siglo [s. XX], y esbozó un programa para la Nueva Evangelización, en la que toda la Iglesia está empeñada, y que se hace todavía más apremiante en la aurora del tercer milenio».

     Séptimo: Nuestra Señora de Fátima no dijo nada sobre cualquier “Nueva Evangelización”, sino tan sólo sobre la Consagración y la subsiguiente Conversión de Rusia al Catolicismo, y el Triunfo de Su Corazón Inmaculado — temas que cuidadosamente evitan el Cardenal Castrillón Hoyos y los demás acusados.

     Octavo: En una Iglesia asediada por una vasta depravación clerical que él normalmente tolera, el Cardenal Castrillón Hoyos ha intentado destruir la obra de toda una vida y la reputación del Padre Nicholas Gruner, Sacerdote fiel, única y sencillamente porque nunca aceptará una falsificación del Mensaje de Fátima, dictada por el Cardenal Sodano.

Con relación a todos los acusados

     Las evidencias que hemos presentado demuestran que todos los acusados — el Cardenal Angelo Sodano, el Cardenal Joseph Ratzinger, Mons. Tarcisio Bertone y el Cardenal Darío Castrillón Hoyos — han combinado entre si y conspirado para llevar a cabo varias acciones que no tienen sentido, a menos que se examinen bajo el prisma del motivo que hemos probado en este libro; y ese motivo es: apagar de la memoria de la Iglesia el Mensaje de Fátima, entendido en su sentido tradicional católico, a fin de abrir camino a una nueva orientación eclesial, cuya coexistencia con lo que dice el auténtico Mensaje es imposible.

     Los acusados han intentado librarse del Mensaje de Fátima precisamente en un momento de la Historia en que el cumplimiento de sus peticiones por parte de la Iglesia evitaría aquello que todos pueden percibir: que se trata de una inminente catástrofe mundial. Las autoridades civiles del Mundo, teniendo por base de defensa tan sólo los informes falibles (por ser humanos) de los operadores de los Servicios de Defensa del Estado, son suficientemente prudentes para prepararse para lo peor. Sin embargo, los acusados — que tienen en sus manos un “informe” infalible, enviado por nuestros “Servicios de Defensa Celestiales”, sobre la inminente aniquilación de varias naciones — nos dicen que ese “informe” sólo trata de acontecimientos pasados, que probablemente no es digno de crédito, y que, de cualquier modo, se puede ignorar tranquilamente.

     Al mismo tiempo, es muy contundente la prueba de que los acusados continúan ocultándonos una parte del “informe” de nuestros “Servicios de Defensa Celestes”: la que indica directamente las acciones y las omisiones de los acusados, como siendo causadoras de una crisis sin precedentes en la Iglesia, una crisis cuyos terribles efectos son actualmente visibles en el Mundo entero — el cual se limita a observarlos con una mezcla de sarcasmo y de menosprecio.

Once mentiras

      Las pruebas muestran que los acusados han propalado por lo menos once mentiras distintas, que ya han acarreado un terrible daño a la Iglesia y a toda la Humanidad, y que no tardarán en amenazar con daños todavía más graves a cada hombre, a cada mujer y a cada niño, confirmando el aviso que nos transmitió Nuestra Señora de Fátima.

     Son éstas las mentiras:

     Mentira nº. 1: La visión del «Obispo vestido de Blanco», dada a conocer el 26 de junio de 2000, es lo único que consta en el Tercer Secreto de Fátima.

     Esta mentira priva criminalmente a la Iglesia y al Mundo de los claros avisos proféticos de la visión, y cuya explicación sólo puede hallarse en las palabras no divulgadas de la Santísima Virgen. Esas palabras que permanecen ocultas no sólo explicarían la visión, sino también nos dirían cómo evitar la futura catástrofe que allí se describe, y que incluye el fusilamiento de un Papa (o de un Obispo vestido de blanco) por un pelotón de soldados, en las afueras de una ciudad semidestruida.

     Exhibiendo muy claramente su doblez, los acusados nos dicen, por una parte, que hay que interpretar la visión de un modo “simbólico” (como representando la persecución de la Iglesia durante el siglo XX), mientras que, por otra parte, ellos mismos la interpretan al pie de la letra, como siendo la descripción del frustrado atentado para asesinar al Papa en 1981. Ellos simplemente fingen ignorar la explicación dada por la propia Hermana Lucía, que aparece en el texto publicado de la visión: «el Papa fue muerto». Asimismo, fingen ignorar la supuesta carta de la Hermana Lucía habría escrito el 12 de mayo de 1982 — ¡que ellos mismos presentan como prueba! — y que se admite que haya sido escrita un año después del atentado de asesinato. Decía en esa carta la Hermana Lucía: «Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos hacia ella a grandes pasos.»

     Al ocultar las palabras proferidas por la Virgen María (palabras cuya ausencia se percibe claramente en el texto divulgado del Tercer Secreto), los acusados — con el propósito de ocultar su propia responsabilidad en la actual crisis, sin precedentes en la Iglesia, que ellos mismos han provocado — nos privan de una valiosa orientación celestial acerca de dicha crisis, que, con toda certeza, consta en el texto completo del Tercer Secreto.

     Mentira nº. 2: El Tercer Secreto describe acontecimientos que «pertenecen al pasado», incluso el frustrado atentado contra la vida del Papa Juan Pablo II.

     El fraude más clamoroso en el crimen de que nos ocupamos es el intento de “interpretar”, como siendo un frustrado asesinato, ocurrido hace más de 20 años, la visión de un desastre que se abatirá sobre el Papa y la Jerarquía, incluso con una ejecución pública. Conforme hemos demostrado profusamente, esta mentira constituye el aspecto más nocivo del crimen, puesto que, caminando por la senda de los placeres, provocará la ruina de toda la Iglesia, al explicarle a todos los fieles que ya no tienen por qué preocuparse de las importantísimas advertencias proféticas — incluso la aniquilación de varias naciones — que, sin duda, todavía no pertenecen al pasado.

     Quien presentó, en 1984, este fraude — que por su insolencia casi provoca la risa — ha sido ni más ni menos que el Cardenal Ratzinger, en su descripción del contenido del Tercer Secreto. Curiosamente, en aquella ocasión Ratzinger no dijo nada sobre la “interpretación” más corriente, claramente dictada por el Cardenal Sodano: el Tercer Secreto culminó con el intento de asesinato en 1981. Es obvio, por consiguiente, que esta “interpretación” fue inventada posteriormente.

      Mentira nº. 3: El Mensaje de Fátima no ofrece indicaciones específicas sobre cómo se debe tratar la actual crisis en la Iglesia y en el Mundo, excepto mediante una indefinida piedad en forma de oración y penitencia, y siendo “puro de corazón.”

     Los acusados y sus colaboradores nos quieren hacer creer que Nuestra Señora de Fátima no pidió específicamente, por voluntad expresa del mismo Dios Todopoderoso, la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, a ser realizada por el Papa, simultáneamente con todos los Obispos católicos del Mundo, y la devoción de los Cinco Primeros Sábados, incluso la Sagrada Comunión de Reparación por los pecados del Hombre contra el Corazón Inmaculado de Nuestra Señora, entre los cuales se enumeran todas las blasfemias proferidas contra el Corazón Inmaculado.

      Las pruebas muestran que estas peticiones del Cielo han sido sepultadas e ignoradas por los acusados y por sus colaboradores, porque esas cosas son demasiado genuinamente católicas, considerando la nueva orientación mundana y “ecuménica” de la Iglesia, que obsesivamente defienden y prometen. De este modo, se ocultan criminalmente de la vista de todos las reales condiciones que Dios ha exigido para obtener, en nuestro tiempo, la gracia especial para que las almas se salven del Infierno.

     Mentira nº. 4: Ya han sido atendidas todos los pedidos de Nuestra Señora.

     Al contrario de lo que afirma esta frase, los acusados han rechazado Sus pedidos. Con su arrogancia, tanto ellos como sus colaboradores, en lugar de la Consagración de Rusia — que tendría que ser realizada por el Papa, en unión con todos los Obispos católicos del Mundo, en una ceremonia pública solemne — consideraron válida una consagración del Mundo en la cual participaron pocos obispos. Lo que hicieron fue “adaptar” aquello que había pedido la Madre de Dios, con la autoridad de Su Divino Hijo, amoldándolo a sus propios planes e iniciativas humanas, falibles y sin ningún valor, incluso un “ecumenismo” absolutamente estéril que sólo ha producido entre la Jerarquía ortodoxa rusa, no convertida y controlada por el Kremlin, un permanente desprecio por el Papa.

      En vez de esforzarse por conseguir lo que Dios les había mandado en Fátima — la Conversión de Rusia, el Triunfo del Corazón Inmaculado de María y la Reparación por los pecados — los acusados participaron del fraude de este “nuevo embalaje” del Mensaje de Fátima, que lo presenta como un moderado y anodino “programa para la Nueva Evangelización” (para recordar la absurda afirmación del Cardenal Castrillón acerca de esto).

      Como ya hemos demostrado, la “Nueva Evangelización” abandona la Doctrina permanente de la Iglesia, según la cual, para librarse del Infierno, no sólo los ortodoxos rusos, sino todos los cismáticos y herejes deben retornar al seno de la Iglesia Católica, y también los musulmanes, los judíos y los paganos necesitan convertirse, tener Fe en Jesucristo y recibir el Bautismo. En resumen: “La Nueva Evangelización” — a manera de los esloganes comunistas — significa lo contrario de lo que se lee: “la Nueva Evangelización” significa ninguna Evangelización — ¡de nadie! — y, por consiguiente, significa que no hay que atender las peticiones de la Santísima Virgen, con referencia a la Conversión de Rusia.

     Mentira nº. 5: La alarmante situación de la Iglesia y del Mundo es lo mejor que se puede esperar de la falsamente reivindicada “obediencia” al Mensaje de Fátima.

     Es un crimen intentar engañar a los fieles, diciéndoles que, de cualquier modo, la actual situación de la Iglesia y del Mundo representa el cumplimiento de las promesas de la Madre de Dios en Fátima. Con eso, se le sustraen a la Iglesia y al Mundo los incontables beneficios temporales y espirituales que Dios les concedería, si se respetara y se cumpliera la voluntad del Mensaje de Fátima. Una demostración de tales beneficios se puede observar en el caso de Portugal — un país milagrosamente transformado en un Orden Social católico, después de haber sido consagrado al Inmaculado Corazón de María, en 1931. Según la declaración explícita del Jefe de la Jerarquía portugués [el Cardenal Cerejeira], este resultado sería alcanzado en todo el Mundo, si, análogamente, se realizase la Consagración de Rusia. Suena a blasfemia inculpar al Triunfo del Corazón Inmaculado de María de la horrenda situación espiritual y moral por que atraviesan Rusia y el Mundo.

     Mentira nº. 6: El Mensaje de Fátima no ofrece ninguna solución concreta para la crisis de la Iglesia y del Mundo, a no ser mediante oraciones y penitencia.

     En este punto, los pedidos específicos de la Madre de Dios son deliberada y fraudulentamente escondidos y, con eso, nadie solicitará a las Autoridades de la Iglesia que los realice. Esta ocultación fraudulenta de los remedios espirituales prescritos por el Cielo para nuestra época ha acarreado incalculables perjuicios a Iglesia y al Mundo.

     Mentira nº. 7: No podemos hacer nada para evitar el terrible castigo previsto por Nuestra Señora de Fátima, incluso la aniquilación de varios países, a no ser ofreciendo individualmente oraciones y penitencia.

     De este modo, los acusados deliberada y obstinadamente le ocultan a la Iglesia y al Mundo dos recursos específicos que el Cielo determinó para la protección de los daños temporales y la obtención de gracias extraordinarias, en este período de la Historia Eclesiástica, a saber: La Consagración de Rusia y la práctica mundial de la devoción de los Cinco Primeros Sábados.

      Así, los acusados colocaron a la Iglesia y a la sociedad civil, de manera consciente, fría e inhumana, en la misma ruta seguida por los infortunados Reyes de Francia, que no dieron oídos al mandato de Nuestro Señor para que ese País, en ceremonia pública y solemne, fuese consagrado a su Sagrado Corazón.

     La ejecución del Rey de Francia, en 1793, por los revolucionarios franceses refleja el destino que les espera al Papa y a muchos miembros de la Jerarquía, conforme se observa en la visión del Tercer Secreto, es decir: la ejecución del Papa y de sus ministros por la soldadesca, en las afueras de una ciudad semidestruida. Los acusados intentan falsear de modo delictivo este acontecimiento futuro, como si se refiriese al frustrado intento de asesinar únicamente al Papa, ¡y eso sucedió hace más de veinte años!

     Mentira nº. 8: El Mensaje de Fátima es tan sólo una “declaración privada”, que no obliga a los miembros de la Iglesia a que crean en ella ni a que la pongan en práctica.

     Como afirma el Cardenal Ratzinger en EMF, el Mensaje de Fátima no es más ni menos que «una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma.» Es decir, el Cardenal afirma claramente que la Iglesia no tiene la obligación de dar oídos a las peticiones de la Virgen de Fátima — ni siquiera la Consagración de Rusia ni los Cinco Primeros Sábados. Los demás acusados están de acuerdo con tal afirmativa.

      Sin embargo, al mismo tiempo que nos dicen que no hay obligación de creer ni de poner en práctica el Mensaje de Fátima, el propio Papa ha declarado que «la Iglesia se siente interpelada por ese Mensaje.» Como prueba de ello, el Papa determinó que se incluyese en el nuevo Misal Romano la Fiesta de la Virgen de Fátima, que toda la Iglesia conmemorará anualmente el 13 de mayo. Así, pues, la Iglesia dedica un día festivo en honor de ¡una aparición en que nadie tiene por qué creer!

      Es el colmo de la insensatez sustentar que las advertencias celestiales sobre un terrible castigo — que «varias naciones serán aniquiladas» y que se perderán millones de almas — no son dignas de crédito, si decidimos no creer en ellas, aun cuando dichas advertencias fueron acreditadas por un inédito milagro público presenciado por 70 mil personas. Por causa de ese descrédito, todos sufriremos terribles castigos, incluso la aniquilación de varias naciones — y ya hemos sufrido la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Corea, la Guerra de Vietnam, etc. — así como la guerra emprendida contra aquellos que no llegan a nacer, con el asesinato de más de 600 millones de niños inocentes — todo eso y mucho más es consecuencia de la insolente banalización de los consejos ofrecidos por la Madre de Dios en Fátima.

     Mentira nº. 9: En resumen, el Mensaje de Fátima carece de importancia en sus aspectos proféticos; además, el Tercer Secreto no contiene “ningún gran misterio”, ni “sorpresas”, ni advertencias acerca del futuro.

     Por causa de esta mentira, se priva a los fieles de conocer las advertencias del Cielo y los remedios de fundamental importancia, prescritos para la Iglesia de nuestro tiempo. Si se hubiese hecho caso del Mensaje de Fátima, se habrían evitado incalculables daños materiales y espirituales. Al insistir en la divulgación de esta mentira, los acusados tornan impotentes a la Iglesia y al Mundo para evitar el terrible castigo que afectará gravemente a cada hombre, a cada mujer y a cada niño, es decir, la real “aniquilación de varias naciones” y la esclavización de las poblaciones supervivientes en todo el Mundo, para no mencionar la pérdida de millones de almas condenadas al Infierno por toda la eternidad. Nuestra Señora advirtió que éste seria el resultado último de no hacer caso a Sus peticiones.

     Mentira nº. 10: Las personas que aquí acusamos creen en el auténtico Mensaje de Fátima.

     Al mismo tiempo que se esconden detrás de una falsa apariencia de que creen en el Mensaje de Fátima, las palabras y las acciones concretas de los acusados revelan un sistemático propósito de socavar y destruir totalmente la creencia en el contenido profético genuinamente católico del Mensaje. Su verdadera intención se manifiesta al citar a Dhanis como “eminente conocedor” sobre Fátima, cuando éste lanza dudas sobre cada uno de los aspectos proféticos del Mensaje. Al citar a Dhanis como siendo su gran autoridad, los acusados quieren darle a entender a sus correligionarios “iluminados” (pero no al desinformado público en general) que consideran el Mensaje de Fátima básicamente una piadosa invención de la Hermana Lucía, cuya declaración, de que habló con la Virgen María sobre la Consagración y la Conversión de Rusia, etc., los hombres “iluminados” de la Iglesia posconciliar no pueden llevar a serio.

     La omisión de los acusados, al no admitir abiertamente que, en realidad, no creen en el auténtico Mensaje de Fátima — y aun así pretenden “interpretárnoslo” — no sólo constituye una enorme hipocresía, sino que representa un ultrajante fraude para la Iglesia. Así como, en un tribunal, los jueces y los potenciales miembros del jurado deben declarar todo y cualquier prejuicio con respecto al caso de que tratan, así también los acusados, antes de pretender ser jueces imparciales del Mensaje de Fátima, deberían revelar abiertamente sus prejuicios.

     Mentira nº. 11: Los católicos que no están de acuerdo con los acusados en lo que se refiere al Mensaje de Fátima están “desobedeciendo” al “Magisterio”.

     Por “Magisterio” los acusados consideran solamente sus propias opiniones sobre el Mensaje de Fátima, opiniones que, en realidad, contradicen lo que el Papa ha declarado y ha practicado para confirmar la autenticidad del Mensaje — con la reciente inclusión de la Fiesta de la Virgen de Fátima en el calendario litúrgico de la Iglesia.

     No deja de ser una ironía que sean los propios acusados los que no aceptan el Magisterio, mientras intentan rebajar a Fátima a la categoría de una “revelación privada”, que la Iglesia puede dejar de lado, sin mayores preocupaciones.

Un crimen de dimensiones incalculables

     ¿Cómo se puede evaluar la magnitud del crimen cometido por quienes querían enterrar, por medio de falsedades y ocultamientos, un valiosísimo Mensaje del Cielo, transmitido por la misma Madre de Dios, para la felicidad temporal y eterna de Sus hijos? Este crimen supera toda y cualquier dimensión, puesto que implica no solamente calamidades temporales sino también la pérdida de millones y millones de almas, todo lo cual podría evitarse si se aceptase la petición de la Virgen acerca de la Consagración de Rusia y las demás peticiones que formuló en Fátima (incluso la devoción de los Cinco Primeros Sábados, que los acusados y sus colaboradores rehúsan promover). Quien los acusa es la propia Virgen de Fátima: «Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz.» Como no lo han hecho, estos hombres (y también sus colaboradores) son responsables de las consecuencias que acarrearon a la Iglesia, al Mundo y a millones y millones de almas que se vieron privadas de las Gracias que Nuestra Señora de Fátima les concedería en nombre de Su Hijo.

Un misterio de iniquidad

     ¿Por qué los acusados y sus colaboradores continúan insistiendo en la nueva orientación de la Iglesia, tan obstinados en impedir que el Papa y los Obispos realicen una cosa tan sencilla como la que pidió Nuestra Señora? ¿Por qué mueven montañas para no pronunciar una palabra — Rusia — en la Consagración pública de “esa pobrecita Nación”? ¿Qué perderíamos si cumpliésemos al pie de la letra la petición de la Santísima Virgen, sin correcciones impuestas por los diplomáticos y ecumenistas del Vaticano? ¡Nada! ¿Qué podríamos ganar? ¡Todo!

     Simplemente, no hay ningún motivo legítimo que justifique tan perversa resistencia a la Consagración nominal de Rusia. Hay aquí algo que no es natural. Sin juzgar las razones subjetivas de los acusados, lo único que se puede deducir es que su rechazo, de otro modo inexplicable y aparentemente absurdo, a que se pronuncie una sencilla palabra — la única que pidió Nuestra Señora de Fátima — es el resultado de una intervención preternatural en la Iglesia: La intervención del propio Enemigo, que, como dijo la Hermana Lucía, «está librando una batalla decisiva con la Virgen.» Este combate final se efectuó a través de la infiltración en la Iglesia de fuerzas organizadas, que desde hace mucho tiempo han procurado destruirla. Ante este asombroso desarrollo de los acontecimientos, hasta el Papa Pablo VI se vio obligado a lamentar públicamente que «por alguna rendija, el humo de Satanás entró en el Templo de Dios.»

     Si, subjetivamente, lo pretendían o no, lo cierto es que los acusados han obrado de una forma que sólo sirve a los propósitos del peor enemigo de la Iglesia. Los resultados de sus acciones hablan por sí mismos. «Por sus frutos los conoceréis.» (Mat. 7:16) ¿Y cuáles son los frutos de su gestión al frente de la Iglesia? No hay más que observar la situación de la Iglesia actualmente para obtener la respuesta.

     Juntamente con muchas otras personas situadas en las altas posiciones de la Jerarquía, los acusados han estado al frente de la peor crisis de Fe y de Moral en la Historia de la Iglesia. Con su obsesión por las ruinosas novedades que han provocado la crisis, los acusados rechazan una prescripción del Cielo, que restauraría la salud de la Iglesia y llevaría la Paz a un Mundo en guerra. En vez de dar oídos a las advertencias de la Madre de Dios en Fátima, ellos impulsan cada vez más su “ecumenismo” completamente estéril, el “diálogo interreligioso” y el “diálogo con el Mundo”, así como la intimidad con hombres sanguinarios como Mijaíl Gorbachov, cuya presencia profanó el Vaticano al día siguiente al de la tentativa de los acusados, de demoler el Mensaje de Fátima. Mientras los acusados y sus compañeros mantienen interminables conversaciones con las fuerzas del Mundo, se relegan a la oscuridad innumerables almas que, tanto en Rusia como en toda parte, necesitan la luz de Cristo para salvarse. Los enemigos de la Iglesia se complacen en verla casi rendida, prácticamente sin fuerzas para hacerles frente.

     La Iglesia retrocede a medida que las fuerzas del Mundo continúan avanzando sobre Ella. Y, no obstante, los acusados y sus colaboradores persisten en su intento suicida de abrazar al Mundo como es, en vez de conquistarlo espiritualmente para Cristo Rey, como Nuestra Señora de Fátima quería que hiciesen. Los hombres que actualmente controlan el aparato estatal del Vaticano no quieren ofender a los ortodoxos rusos ni a ninguna otra persona con una muestra de militancia católica que consideran embarazosa y anticuada — para usar sus palabras favoritas. La abyecta y desordenada fuga de la Iglesia del campo de batalla deja entusiasmados a los masones y a los comunistas, quienes, por varias generaciones, han trabajado, precisamente con la esperanza de ver a la Iglesia en la patética condición en que se encuentra.

     Y sin embargo, no se puede decir que los acusados y sus colaboradores carezcan de alguna especie de militancia. Mientras en los últimos 40 años prácticamente nada hicieron para impedir que los infiltrados en la Iglesia diseminasen impunemente la herejía y la corrupción moral, ellos persiguieron implacablemente, denunciaron y proscribieron a todo aquel que se opusiese decisivamente a su desastrosa política de “reforma”, apertura” y “renovación”. Aparentemente, para los acusados y otros miembros de la Alta Jerarquía que asistieron al desmoronamiento posconciliar, la única “herejía” que aún sobrevive, la única ofensa que merece un severo castigo, es cuestionar su juicio sobre la imposición de la nueva orientación a la Iglesia, una orientación, en la que total y definitivamente, han excluido el Mensaje de Fátima en su tradicional significado católico—o así piensan.

Remedios cuya aplicación pueden
reivindicar legítimamente los fieles

     ¿Qué pretendemos que decida el Santo Padre, como remedio para las acciones y omisiones de las personas que hemos identificado? Lo que pretendemos es lo siguiente:

Primero:
La Consagración de Rusia — ¡Aún hay tiempo!

     Con esto, queremos decir, precisamente, aquello que pidió Nuestra Señora de Fátima: La inmediata Consagración de Rusia — por su nombre y de forma inconfundible — al Corazón Inmaculado de María, en una ceremonia solemne y pública, celebrada por el Papa en unión con todos los Obispos del Mundo.

     Pedimos que el Papa determine a todos los Obispos del Mundo (salvo los impedidos por prisión o por grave enfermedad), bajo pena de excomunión, que consagren solemne, pública y específicamente a Rusia, conforme petición de Nuestra Señora de Fátima; es decir: simultáneamente con el Papa, en día y hora indicados por el Santo Padre.

     Objetarán algunos que ahora es demasiado tarde para conseguir que se realice la Consagración, y que no tiene ningún sentido continuar pidiéndola. ¡Pero no es así! Conforme Nuestro Señor mismo reveló a la Hermana Lucía, en Rianxo (Prov. de Pontevedra, España), en agosto de 1931:

     Participa a Mis ministros que, en vista de seguir el ejemplo del Rey de Francia, en la dilación de la ejecución de mi petición, también lo han de seguir en la aflicción. (...)
     [Los Ministros de la Iglesia Católica] ¡no quisieron atender a Mi pedido! Como el rey de Francia se arrepentirán y lo harán después. Pero será tarde. Rusia habrá extendido ya sus errores por el mundo provocando guerras y persecuciones a la Iglesia; el Santo Padre tendrá mucho que sufrir.4

     Y, sin embargo, como también Nuestro Señor le reveló a la Hermana Lucía en aquella ocasión, “Nunca será tarde para recurrir a Jesús y a María.” Es decir: aunque seamos nosotros quienes sufren las consecuencias por la demora en cumplir la orden del Cielo, se podrá evitar lo peor de estas consecuencias — incluso la aniquilación de varias naciones — si se acepta la orden de consagrar Rusia, aunque sea con atraso.

     Es ultrajante que el respeto humano — el temor de ofender a los ortodoxos rusos — haya conseguido impedir hasta hoy que la Iglesia cumpliese el plan del Cielo para la paz en nuestro tiempo. Como miembros de la Iglesia militante, no podemos permitir por más tiempo que aquellos que dicen hablar en nombre de nuestro Papa enfermo digan que “el Papa” ha declarado — de forma inequívoca, terminante y definitiva — que ya se realizó la Consagración. Hemos mostrado que el Papa en persona dijo en público exactamente lo contrario. Debemos implorar a Su Santidad que rechace los consejos, claramente nocivos, que le han dado los que lo rodean, y, en vez de eso, que cumpla el consejo del Cielo.

Segundo:
La divulgación completa y literal,
del Tercer Secreto de Fátima

     Esta divulgación tendría que incluir el texto con las palabras de la Santísima Virgen que explican la visión divulgada en 26 de junio de 2000. Que ese texto existe lo demuestra, con certeza moral, una enorme cantidad de pruebas directas y circunstanciales, cada una de las cuales indica que falta el texto de una página en forma de carta de unas 25 líneas, con las mismas palabras utilizadas por la Santísima Virgen.

     La Iglesia y el Mundo tienen derecho de conocer el contenido del Tercer Secreto — que, naturalmente, incluye advertencias muy útiles sobre la actual crisis en la Iglesia. Las claras manifestaciones del Santo Padre, de que el Secreto se refiere a la apostasía y a la caída de las almas consagradas, descrita en el Libro del Apocalipsis, son un indicio de que él mismo se vio obligado a no divulgar el Tercer Secreto en su forma integral, sino más bien fue llevado a insinuar su contenido. Entre tanto, aquellos que controlan los asuntos diarios de la Iglesia — con el Cardenal Sodano a la cabeza — continúan sepultando la verdad sobre su propia gobernación ruinosa de la Iglesia.

Tercero:
Estimular el rezo diario del Rosario

      El Rosario es infinitamente más poderoso que cualquier arma inventada por el Hombre. Con la ayuda del Santo Rosario, no hay obstáculo que no pueda ser superado, ni batalla que no pueda ser vencida. Si un número razonable de católicos reza el Rosario con recta intención, los enemigos de la Iglesia serán derrotados y expulsados de los baluartes que ocupan dentro de Ella. Como nos muestra el propio Mensaje de Fátima, la Virgen María es, por voluntad divina, nuestro refugio y nuestra fortaleza en tiempos de crisis. Y en esta crisis, de todas la más grave, la Iglesia entera debe recurrir a Ella mediante el rezo diario del Rosario.

     Si, por una parte, no podemos ni debemos esperar para implantar una Cruzada Perpetua del Rosario en todos los niveles de la Iglesia y con la mayor brevedad que nos sea posible, por otra parte, podemos pedirle al Papa que instituya dicha Cruzada en toda la Iglesia, escribiendo encíclicas anuales sobre el Rosario, como lo hizo el Papa León XIII, formando un dicasterio, dirigido por un Cardenal, para estimular el rezo del Rosario por medio de diversas iniciativas a través de la red de santuarios católicos y de los Sacerdotes marianos (tanto los religiosos, como los diocesanos). Tales iniciativas, por supuesto, deben estar enteramente en conformidad con la auténtica Doctrina y con la praxis católica, y todas esas iniciativas que ensalzan los magníficos privilegios de Nuestra Señora.

     Evidentemente, el Rosario debería incluir aquella oración que Nuestra Señora de Fátima determinó que se añadiese al Rosario: «¡Oh, Jesús mío! Perdónanos, líbranos del fuego del Infierno. Lleva todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas» A pesar de todo, durante el “acto de entrega” del Mundo al Corazón Inmaculado de María, en octubre de 2000, en el Vaticano, el rezo público del Rosario notoriamente omitió esta oración, si bien la Hermana Lucía en esa ocasión la hubiese rezado en el convento. Una vez más, se trató de una muestra de la nueva orientación, que detesta cualquier referencia al Infierno o a la condenación.

Cuarto:
Estimular la Devoción de los Cinco Primeros Sábados

     Todos aquellos que se propusieron hacer “una nueva lectura” del Mensaje de Fátima han intentado sepultar en silencio esta parte del Mensaje, así como todos sus otros elementos explícitamente católicos. En realidad, el propio concepto del Hombre ofreciendo un acto de reparación a Dios y a la Santísima Virgen por las blasfemias y otros pecados, ese concepto ha sido gravemente diminuido en la nueva orientación de la Iglesia. (Uno de los elementos clave, cuya importancia ha sido ofuscada en la nueva Liturgia, es que la Santa Misa constituye un sacrificio propiciatorio, ofrecido a Dios en reparación por los pecados, y no solamente “un sacrificio de exaltación”.)

     La devoción de los Primeros Sábados es uno de los medios escogidos por el Cielo para restaurar en nuestra época el sentido de la necesidad de la reparación por los pecados cometidos por los miembros de la Santa Iglesia. ¿Quién podría poner en duda que, ahora más que nunca, la Iglesia debe intensificar sus esfuerzos, a fin de ofrecer una reparación a Dios y a la Inmaculada Virgen Madre de Dios, impidiendo de ese modo la aplicación del castigo divino? No obstante, el castigo divino es otro tema acerca del cual los clérigos modernos no se manifiestan. Al estimular la devoción de los Cinco Primeros Sábados, el Santo Padre conducirá el Poder de la Iglesia, en este momento crítico de la Historia Universal, en el sentido de ofrecer una reparación por los pecados.

Quinto:
Restablecer en toda la Iglesia la Devoción al único
Corazón Inmaculado: el de María

     La vergonzosa tentativa del Cardenal Ratzinger, de equiparar el único y auténtico Corazón Inmaculado, el de María, con el corazón de aquellos que se arrepienten de sus pecados, es una de las características de la nueva orientación de la Iglesia, que no sólo se incomoda con el concepto del Pecado Original sino también con la existencia del Infierno, o la condenación.

     Solamente el Corazón Inmaculado de María ha sido preservado de toda mácula del Pecado Original, y jamás ha estado bajo el dominio de Satanás. La contemplación de la gloria del Corazón Inmaculado de María — el único sin pecado —, también nos induce a percibir nuestra propia miseria y la necesidad del Bautismo y de los demás Sacramentos de la Santa Iglesia, para mantenernos en estado de gracia.

     La devoción, exclusivamente católica, al Corazón Inmaculado de María constituye, en sí misma, la refutación de la nueva orientación de la Iglesia, cuyo “ecumenismo” ha permitido que el dogma de la Inmaculada Concepción (y de la Asunción) quedase al margen del respeto que Le debe la Humanidad, para no ofender los sentimientos de los no católicos. Precisamente por eso, conforme nos reveló Nuestra Señora de Fátima, Dios quiere establecer en el Mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Dios desea que el Mundo reconozca que el Arca de la Salvación es la Iglesia Católica — y sólo Ella.

Sexto:
La renuncia de los acusados y de sus colaboradores

     Hemos demostrado que el Cardenal Sodano, el Cardenal Ratzinger, el Cardenal Castrillón y el Arzobispo Bertone se unieron para tramar el fin del Mensaje de Fátima en su sentido católico tradicional. Manipularon el sentido de las palabras proferidas por la Madre de Dios, sepultaron en el silencio y en la ambigüedad todos los elementos genuinamente católicos y proféticos del Mensaje, y persiguieron a todos aquellos que, por principio, se opusieron a su programa revisionista, es decir, a su “Línea del Partido” sobre Fátima. Procediendo de ese modo, los acusados han acarreado indecibles perjuicios a la Iglesia y han expuesto a la Iglesia y al Mundo a los más serios peligros que se pueden imaginar, incluso la pérdida de millones de almas y la aniquilación de varias naciones, según había predicho Nuestra Señora de Fátima, como consecuencia de no atender a Sus peticiones. Porque, como advirtió a la Iglesia, «(...) si no atendieran Mis peticiones, Rusia esparcirá sus errores por el Mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas (…)» Pero la Santísima Virgen también prometió que «Si hicieran lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz.» La obstinada persistencia de los acusados en su conducta actual amenaza con perjuicios inminentes e incalculables a la Iglesia y al Mundo. Para el bien de la Iglesia, el Santo Padre debería ordenarles a que renunciasen inmediatamente a sus funciones.

     Sin embargo, objetarán algunos que denota una gran arrogancia que simples miembros del laicado le pidan al Papa la exoneración de Prelados de tan elevado rango. Por el contrario, es nuestro deber de católicos pedirle al Papa que exonere a los Prelados que, con sus errores, amenazan al rebaño.

El ejemplo de San Juan Gualberto

     Cuando los fieles se confrontan con un Prelado rebelde, que está causando daño a la Iglesia, nada menos que un Santo es quien nos da el ejemplo de cómo se debe proceder.5

     San Juan Gualberto vivió en el siglo XII. No se trata de un Santo como tantos otros: es el fundador de los Benedictinos Valambrosianos. Su fiesta se conmemora el 12 de julio en el calendario antiguo. La heroica virtud cristiana de San Juan está demostrada por el perdón que le concedió al asesino de su propio hermano. Habiendo encontrado al asesino, desarmado e indefenso, en un callejón sin salida, San Juan Gualberto (cuando aún no era monje) se sintió movido por el perdón cuando aquél colocó las armas en forma de una cruz y suplicó clemencia en nombre de Cristo crucificado. Aun después de estar buscándolo con un pelotón de soldados para vengarse, San Juan lo perdonó. Y en aquel mismo día, que era Viernes Santo, vio San Juan una imagen de Cristo crucificado, que, tomando vida, meneaba la cabeza en señal de aprobación. En ese momento Nuestro Señor le concedió a San Juan una gracia especialísima por haber perdonado al asesino de su hermano. Y fue ese momento de gracia lo que le llevó a San Juan a hacerse monje.

     Como podemos ver, San Juan Gualberto fue uno de los mejores ejemplos del perdón cristiano. Si pudo perdonar al asesino de su propio hermano, perdonaría cualquier ofensa. Además, fue un hombre muy importante en la Jerarquía eclesiástica, llegando a fundar un monasterio y una orden de monjes que aún existe actualmente. La Orden tenía a su cargo — y aún tiene — una iglesia en Roma, la iglesia de Santa Práxedes, donde se descubrió ni más ni menos que la columna en que sujetaron a Cristo para azotarlo. En esa iglesia, exactamente al doblar la esquina de Santa María la Mayor, también se halla un cuadro representando a San Juan Gualberto cuando perdonaba al asesino de su hermano — sin duda, un acontecimiento muy importante en la Historia de la Iglesia.

     Sin embargo, a pesar de su misericordia y perdón cristianos, y a pesar de su elevada posición en la Iglesia, San Juan Gualberto no titubeó cuando intentó la exoneración de un Prelado corrupto de su tiempo. San Juan se dirigió a Letrán (residencia del Papa en aquella época, antes de construirse el Vaticano) para pedir la exoneración del Arzobispo de Florencia, por no ser digno de su cargo. La razón principal del pedido de San Juan era que el Arzobispo había sobornado con dinero a ciertas personas influyentes, para que lo nombraran Arzobispo. Es decir, había comprado su cargo eclesiástico, lo cual constituye un pecado mortal: la simonía.

     Después de ver que los funcionarios papales en Letrán — incluso el propio San Pedro Damián — no tomaban ninguna actitud para exonerar al Arzobispo, invocando una supuesta falta de pruebas, San Juan recibió de Dios una inspiración especial: Con la finalidad de probar que decía la verdad acerca del Arzobispo, quiso Dios darle una señal: Uno de los hermanos de la Orden de San Juan, el Hermano Pedro, andaría sobre una hoguera, de la que saldría milagrosamente ileso, como testimonio de que la acusación de San Juan Gualberto contra el Arzobispo tenía fundamento. Así, pues, llamó San Juan a toda la gente de la ciudad y les pidió que hiciesen una enorme hoguera, con un estrecho paso en el medio; les explicó lo que iba a ocurrir y el motivo de ello. Entonces, el Hermano Pedro, bajo santa obediencia, caminó por aquel estrecho paso rodeado de fuego y llegó sano y salvo al otro lado. Por la fe que demostró, el Hermano Pedro fue beatificado (su fiesta se celebra el 8 de febrero, según el Martirologio Romano). Al ver los fieles — laicos — esta señal milagrosa, se manifestaron todos a una y, literalmente, expulsaron de Florencia al Arzobispo; éste tuvo que huir para salvar su vida, y el Papa tuvo que designar un sustituto honesto.

La exoneración de
Prelados descarriados, en la actualidad

      ¿Qué es lo que nos enseña, respecto a nuestra situación actual, el episodio de la Historia de la Iglesia que acabamos de narrar? Que los laicos tienen el derecho y el deber de protegerse de Prelados apartados de sus obligaciones, que, con su mala conducta, están perjudicando a la Iglesia y a las almas. En la crisis sin paralelo por que está pasando la Iglesia en la actualidad, difícilmente seremos los únicos que intentan conseguir el extraordinario remedio que el Papa nos puede dar.

     Veamos: En marzo de 2002, el Santo Padre recibió una petición canónica de varios fieles de la Archidiócesis de San Antonio (EE.UU.), solicitándole la exoneración del Arzobispo Flores del cargo que ejercía, con base en el encubrimiento de actos criminales de abuso sexual, cometidos por Sacerdotes homosexuales de su jurisdicción, y por haber pagado millones de dólares para comprar el silencio de las víctimas de estos predadores. La petición al Papa acusa al Arzobispo Flores de «haber sido extremamente negligente en el ejercicio de su función episcopal, de no haber protegido adecuadamente los bienes temporales de la Archidiócesis, y de haber comprometido la fe de las personas que le fueron confiadas, al permitir que los predadores sexuales que había en el Clero obrasen con total libertad.»6 Análogamente, miles de fieles pidieron la renuncia del Cardenal Law, de la Archidiócesis de Boston, por su complicidad al encubrir decenas de predadores homosexuales, evitando que fuesen desenmascarados y que recibiesen el merecido castigo.7

     ¿Habrá alguien que acuse de arrogantes a los fieles de la Archidiócesis de San Antonio, o a los de Boston, por haber ejercido su derecho, canónico y otorgado por Dios, de exigir la exoneración de sus Prelados, cuyas acciones y omisiones han causado tanto mal a la Iglesia y a innumerables víctimas inocentes? ¿Qué criterio peculiar de justicia será aplicado a los Prelados del aparato estatal del Vaticano, para eximirlos de prestar cuentas de sus actos al Santo Padre? Evidentemente, no están exentos. Sin embargo, hay un escándalo muchísimo más grave que el del abuso sexual practicado con miembros del rebaño por sus propios pastores — hasta tal punto que se justifica plenamente un movimiento de los laicos contra los Sacerdotes que cometen esos actos abominables, contra los Obispos, y hasta contra los Cardenales que protegen a los infractores. Nos referimos al escándalo de rechazar los consejos que la misma Madre de Dios le dio a la Iglesia en Fátima — consejos que, si los hubiesen seguido, no sólo se habría evitado el escándalo del abuso sexual que actualmente dilacera a la Iglesia, sino que también se evitaría, realmente, la crisis eclesial y mundial que estamos viendo en la actualidad. También nos referimos al escándalo del aparato estatal del Vaticano, que nada hace para derrotar a los enemigos que se encuentran dentro de la propia Iglesia, mientras persiguen al Clero leal y tradicional por mantenerse sólidamente católico, un “delito” si se considera “la actual realidad eclesial” — para evocar una vez más las palabras de advertencia del Cardenal Castrillón Hoyos. No ha sido por otro motivo por el que Nuestra Señora descendió en Fátima, sino para evitar el colapso de la Fe y de la Disciplina que presenciamos hoy. Pues es precisamente el Mensaje de Fátima lo que, durante tanto tiempo y con tanto esfuerzo, los acusados se han empeñado en sepultar, al mismo tiempo que hacen prácticamente nada con respecto a la devastadora crisis eclesial que está estallando a su alrededor.

     El ejemplo de San Juan Gualberto nos enseña, además, que, cuando Dios envía una señal a través de un mensajero escogido por Él, los laicos están habilitados a confiar en ella, aunque los más altos Dignatarios de la Iglesia prefieran ignorarla. Es éste el caso del Mensaje de Fátima, a favor del cual no podría haber una señal de más impacto que el Milagro del Sol. El Mensaje de Fátima implica claramente un alerta sobre la apostasía y la práctica del mal entre los más elevados miembros de la Jerarquía, así como la caída de muchas almas consagradas de las funciones que ocupan. En este preciso momento, estamos presenciando la realización de esta profecía. Por lo tanto, estamos habilitados a confiar en la señal del Cielo que acredita aquella profecía, lejos de cualquier duda razonable, independientemente de lo que puedan afirmar los detractores del Mensaje de Fátima en el Vaticano.

     Sabedores de lo que el Cielo nos ha transmitido en Fátima, es nuestro deber, como miembros de la Iglesia, intentar persuadir al Papa de que exonere a los falibles consejeros que lo rodean, especialmente los acusados, y que, en vez de ellos, siga los consejos de la Madre de Dios en Fátima. Debemos instar al Papa a que lleve a cabo la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María, exactamente de la forma como Ella lo ha pedido, sin alteraciones de ninguno de los sabios mundanos del aparato estatal del Vaticano. Es más: tenemos el deber de solicitarle al Santo Padre que, si es necesario, destituya de su cargo a cualquier Prelado que intente impedirle la ejecución de las peticiones de la Santísima Virgen.

     Análogamente, debemos pedirle al Papa que destituya a quienes hayan conspirado — incluso los acusados — para evitar la divulgación integral del Tercer Secreto de Fátima. El Tercer Secreto, evidentemente, es de máxima importancia para entender y combatir la crisis de la Iglesia, y para protegernos de sus devastadoras consecuencias espirituales (de las cuales los crímenes nefandos cometidos por tantos Sacerdotes no son más que un ejemplo). Por tanto, los fieles tienen derecho de saber qué es lo que el mismo Cielo desea que sepan, para su salvación espiritual. Las acciones concertadas por aquellos que evitan la divulgación integral del Tercer Secreto constituyen graves delitos, no sólo contra la Iglesia y contra la Bienaventurada Siempre Virgen María, sino también contra el mismo Dios Todopoderoso.

La Iglesia precisa urgentemente de Prelados militantes

     Hoy más que nunca, la Iglesia precisa de verdaderos soldados de Cristo — hombres con una inmutable militancia católica, que no tengan miedo de confrontarse con las fuerzas del Mundo que han invadido la Iglesia, mientras los acusados y sus múltiples colaboradores en el Vaticano nada hicieron, a no ser estimular la invasión. La Iglesia precisa de hombres decididamente dispuestos a erradicar de la Iglesia la herejía pandémica y el escándalo, en vez de perseguir y oprimir al Clero católico tradicional, que no acepta su “inserción” en la “actual realidad eclesial” del Cardenal Castrillón Hoyos. La Iglesia precisa de combatientes espirituales, y no de especialistas en “diálogo”, en “Ecumenismo” ni en Östpolitik.

     El Mensaje de Fátima es, en si mismo, un llamamiento a una cruzada espiritual — a un combate que va a culminar con la Consagración y la Conversión de Rusia y el Triunfo del Corazón Inmaculado de María. Los acusados observan todo esto con el desinterés propio de quienes se juzgan más bien iluminados que todas las generaciones de Santos, Doctores, Mártires y Papas de la Iglesia Católica, cuya militancia a través de los siglos es un testamento fiel de las propias palabras de Jesucristo:

     «Si el Mundo os odia, sabed que me odió a Mí antes que a vosotros. Si fuéseis del Mundo, el Mundo amaría lo suyo. Mas como no sois del Mundo, pues yo os saqué del Mundo, por eso, el Mundo os odia.» (Jn. 15:18-20)
     «No penséis que vine a traer paz sobre la Tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra. Enemigos del hombre, los de su casa.» (Mt. 10:34-36)
                        La Iglesia ha sufrido por demasiado tiempo bajo el gobierno de aquellos que nos quieren hacer creer que no hay ningún combate entre Cristo y su Iglesia, de un lado, y el Mundo, del otro. Por demasiado tiempo se ha permitido a estos hombres que tratasen de conseguir y promoviesen su falsa visión de una Iglesia reconciliada con el Mundo — en vez de un Mundo reconciliado con la Iglesia. Por demasiado tiempo estos hombres han subyugado a la Iglesia con la utópica noción de una paz mundial entre los hombres de todas las religiones, y hasta de los que no tienen ninguna, en vez de la verdadera Paz, que sólo puede surgir cuando las almas de los hombres son conquistadas por la gracia de Cristo Rey, y, para obtenerla, Él acepta que los hombres tengan como intercesores el Corazón Inmaculado de María y la Santa Iglesia Católica-romana.

     Fátima nos muestra el camino para esta verdadera Paz en el Mundo. Sin embargo, los hombres que hemos mencionado han impedido que pudiésemos avanzar, exponiendo a la Iglesia y al Mundo al riesgo de una calamidad, que sería la definitiva. Si las víctimas del escándalo de abuso sexual practicado por miembros del Clero tienen derecho de pedir la exoneración de los Prelados cuya negligencia produjo el escándalo, con mucho más motivo tenemos nosotros derecho de pedir que se aplique el mismo tratamiento a los Prelados responsables de la escandalosa campaña para aniquilar el Mensaje de Fátima. Son los hombres que han impedido el cumplimiento del Mensaje de Fátima, y no los fieles comunes, quienes carecen de visión. Son ellos, y no nosotros, quienes tienen una mente estrecha. Son ellas, y no nosotros, quienes no consiguen ver la realidad. Por eso, son ellas quienes deben ser exoneradas, por el bien de toda la Humanidad.

Notas

  1. Summa Teologiæ, Santo Tomás de Aquino, Q. 33, Art. V, Pt. II-II.


  2. San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice, Libro II, Cap. 29.


  3. De Fide, Disp. X, Sec. VI, N. 16


  4. P. Dr. Joaquín María Alonso C.M.F. Fátima ante la Esfinge, p. 97 y P. Antonio Maria Martins, S.J. Documentos de Fátima, pp. 464-465; Cf. The Whole Truth About Fatima - Vol. II: The Secret and the Church, pp. 543-544; Véase también Toute la Verité sur Fatima – Vol. II: Le Secret et L’Église, pp. 344-345.


  5. Cf. Coralie Graham, “Divine Intervention”, The Fatima Crusader, nº 70, Primavera de 2002, pp. 8 y sigtes.


  6. “Abuse Victims File Petition Seeking Removal of Archbishop”. The Wanderer, 4 de abril de 2002.


  7. «Documentos internos de la Iglesia han revelado que, desde mediados de los años 80 y continuando por los 90, el Cardenal Law y sus más altos asesores sabían de los problemas respecto al P. Geoghan, posteriormente acusado de molestar a más de 130 niños durante 30 años. En febrero, éste fue condenado a 10 años de prisión por acariciar a un niño de 10 años. Cuando se supo la actuación que tuvo la Iglesia [es decir, la actuación de los dirigentes del Arzobispado de Boston], encubriendo al P. Geoghan, el Cardenal entregó a los fiscales los nombres de más de 80 Sacerdotes acusados de haber cometido abusos sexuales durante varias décadas.» Citado en “As Scandal Keeps Growing, Church and Its Faithful Reel”, New York Times, 17 de marzo de 2002.


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