Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

      

      

Capítulo 14

¡Oigamos a la testigo,
por amor de Dios!

La Hermana Lucía tiene mantenido correspondencia con el Papa actual, Juan Pablo II, además de haberse encontrado con él en varias ocasiones. No obstante, aun después de tantas cartas y encuentros, el Santo Padre nunca afirmó que ella le hubiese dicho que la Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María ya se había realizado, tal como lo había pedido Nuestra Señora de Fátima. La Hermana Lucía continúa hasta hoy bajo la orden de mantenerse en silencio. Entre mil millones de católicos, la Hermana Lucía es ¡la única sometida a tal censura! Según la orden que recibió, la Hermana Lucía necesita la autorización del Cardenal Ratzinger para manifestarse de público sobre la Consagración de Rusia, sobre el Tercer Secreto, o sobre cualquier otro asunto referente a Fátima que ella todavía no haya escrito, ni haya sido previamente aprobado. Si la Consagración de Rusia ya se hubiese celebrado en un modo válido y si el Tercer Secreto ya hubiese sido revelado completamente, entonces dejaría de haber motivo para continuar manteniendo la orden de silencio.

      Pocas revelaciones han sido recibidas con tanto descrédito como la versión del Vaticano sobre el Tercer Secreto de Fátima. Aquellos que se imaginaban, o esperaban, que la revelación hecha en junio de 2000, en el opúsculo El Mensaje de Fátima (de la Congregación para la Doctrina de la Fe - CDF), sería la palabra final acerca de estas cuestiones, probablemente se habrán sorprendido por la reciente agitación de la prensa, al tratar del tema de Fátima. Pero no había ningún motivo para sorprenderse: Durante cerca de cuarenta años se utilizaron casi todas las tácticas para enterrar el verdadero Mensaje de Fátima: silencio, intimidación, teología adulterada, desinformación. Sin embargo, el corcho se mantiene a flote. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 provocaron una reacción en cadena de historias sobre el Mensaje de Fátima: tanto la prensa como la internet chismorrearon que los ataques estaban previstos en el Tercer Mensaje de Fátima, que aún no había sido completamente revelado.

     Eso enfureció a los redactores de El Mensaje de Fatima (EMF), que forman parte de la CDF, e insistían en que el Secreto de Fátima, en su totalidad, se hallaba en aquel opúsculo. Nadie los llevó en serio, en parte porque les faltaba credibilidad; pero también porque existía cierta percepción colectiva, un sentimiento conjunto de nuestra inminente perdición. Ya hace tiempo que sabemos que eso de la “civilización del amor” es una absurda utopía. Nunca existió. El verdadero Mensaje de Fátima lo confirma implícitamente: El Infierno es una realidad, y muchas almas van a parar allí «por no tener quien se sacrifique y pida por ellas.» Los remedios indicados por el Cielo para sanar esa situación no se plantean convenientemente en las reuniones interreligiosas de oración; son ellos: la Consagración de Rusia y su subsiguiente Conversión, la devoción al Corazón Inmaculado de María, y el rezo del Rosario. En el auténtico Mensaje de Fátima no exige pedidos adicionales de perdón hechos por el Papa, por el contrario, es una súplica para que Jesús «nos perdone nuestros pecados» y «nos libre del fuego del Infierno». No se trata de la vivencia de un nuevo advenimiento de la Humanidad. Estamos a bordo de un Titanic hundiendose rumbo a las tinieblas; y aunque el mundo toma conciencia de la inminente perdición, continúa acumulando motivos para el castigo divino que le espera.

     Sin embargo, los sucesos del 11 de septiembre de 2001 no consiguieron disuadir a la alta Jerarquía del Vaticano de aplicar la “Línea del Partido” del Cardenal Sodano, según la cual Fátima «pertenece al pasado». Por el contrario, sirvieron para redoblar el intento de imponerle a la Iglesia la interpretación que Sodano le da a Fátima, como si él, et al., hubiesen reconocido que los sucesos del 11 de Septiembre podrían impactar a los católicos, haciéndoles pensar: ¡Un momento! Fátima no puede pertenecer al pasado, puesto que evidentemente no hemos observado nada que insinúe el Triunfo del Corazón Inmaculado de María ni el prometido período de paz. Por eso era necesaria alguna medida de impacto para reafirmar la credibilidad de la “Línea del Partido”.

     Y fue así como el día 12 de septiembre de 2001, pocas horas después del derrumbe de las Torres Gemelas, la Oficina de Prensa del Vaticano emitió el más importante boletín de ese día: una “Declaración” de la Congregación para el Clero, que no se refería a los ataques terroristas, ni a los horrendos escándalos que casi diariamente irrumpen de los miembros del Sacerdocio, ni tampoco a la profusión de herejías e indisciplinas difundidas entre los clérigos durante los últimos cuarenta años. Era al Padre Nicholas Gruner, “el Sacerdote de Fátima”, a quien se refería la Declaración. Ésta afirmaba que fue emitida «de orden de una más alta Autoridad», expresión usada en el Vaticano para designar al Secretario de Estado, Cardenal Sodano, y no al Papa, que es la más alta Autoridad.

     La Declaración advertía a todo el mundo católico de una seria amenaza al bien de la Iglesia, una amenaza de tal magnitud que la Congregación para el Clero consideró que ni siquiera podía esperar que asentase el polvo donde antes estaban las Torres Gemelas. Y tal amenaza consistía en una Conferencia sobre Fátima y la Paz en el Mundo, en Roma, bajo patrocinio del Apostolado del P. Gruner.

     Es verdad: La máxima prioridad del Vaticano, en aquellas horas después del peor ataque terrorista de la Historia Universal, fue avisar a todos que evitasen comparecer a una conferencia sobre Fátima y la Paz en el Mundo. ¿Y por qué eso? Porque, según la Declaración, la conferencia «no contaba con la aprobación de la legítima autoridad eclesiástica.» Por supuesto, el redactor de dicha Declaración sabía de sobra que, por las leyes de la Iglesia, no hay ninguna necesidad de “aprobar” una conferencia destinada al clero y a los seglares. El Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II (Cánones 212, 215, 278 y 299) admite el derecho natural que tienen los fieles, de reunirse y discutir cuestiones relativas a la Iglesia en nuestro tiempo, sin que para ello sea necesaria la “aprobación” de quienquiera que sea. En efecto, el Vaticano nunca divulgó ninguna advertencia sobre la “falta de aprobación” de innumerables conferencias, promovidas por los defensores de la ordenación de mujeres y de incontables otras herejías, aun cuando los participantes abusan de su derecho natural, y con ello causan graves daños morales a la Iglesia. De tal modo se podría argumentar que la Conferencia del Apostolado en Roma no había sido aprobada por la Asociación Médica Norteamericana. ¿Y qué tiene que ver una cosa con otra?

     Pero eso no fue lo peor. Decía la Declaración que el P. Gruner había sido suspendido por el Obispo de Avellino. ¿Por qué motivo fue “suspendido”? Aparentemente, por nada, puesto que no se ofreció ninguna justificación para tal actitud. La justificación de esa extraña omisión fue muy clara para aquellos que conocían los procedimientos canónicos del P. Gruner: La “justificación” era tan frágil que provocaría risas, si se declarase abiertamente.

     Como ya hemos observado, el único pretexto que se alegó para “suspenderlo” fue que el P. Gruner debería regresar a Avellino (Italia), donde se había ordenado en 1976, o de lo contrario, sería “suspendido”. ¿Y por qué? Pues porque “no consiguió” encontrar ningún otro obispo que lo incardinase. Sin embargo, la Declaración omitió el hecho de que tres obispos se ofrecieron para incardinar al P. Gruner, concediéndole autorización expresa para continuar su Apostolado, y que las mismas autoridades del Vaticano que bloquearon las tres incardinaciones (o las consideraron “no existentes”) fueron las mismas que ahora anunciaban la consecuente “suspensión”. En resumen: El P. Gruner fue “suspendido” por no haber conseguido “obedecer” una orden que sus propios acusadores le habían impedido hacerlo. (Eso para no mencionar el hecho de que, en 12 de septiembre de 2001, el Obispo de Avellino no tenía ninguna autoridad sobre el P. Gruner, puesto que en esa época ya había sido incardinado en otra diócesis.)

     Casi cuarenta años después del comienzo de la “primavera” del Concilio Vaticano II, todavía no se ha realizado la Consagración de Rusia; es decir, no la del Mundo, ni la de “los jóvenes que desean encontrarle un sentido a la vida”, ni tampoco la de “los desempleados” sino de Rusia. El Mundo está convulsionado por guerras regionales, desde la del terrorismo islámico hasta el holocausto de los abortos, y eso se percibe más claramente ahora, que estamos a camino de un apocalipsis. En consonancia con los dictámenes del Corán, los fundamentalistas islámicos (a quienes los diplomáticos del Vaticano prefieren llamar “nuestros hermanos musulmanes”), nos odian y desean subyugarnos o matarnos. Después de haber transcurrido más de cuarenta años de “diálogos ecuménicos”, tan intensos como inútiles, las sectas protestantes se hallan ahora más decadentes que cuando se iniciaron, y los ortodoxos están más decididos que nunca, a no someterse al Vicario de Cristo en la Tierra. En muchas diócesis alrededor del Mundo, la Iglesia está gravemente herida por las herejías y los escándalos, y ha perdido toda credibilidad debido a la depravación de sus integrantes, que son seres humanos. La nueva orientación del Concilio Vaticano II es un desastre, un rotundo fracaso. Y a pesar de todo eso, de las muertes, del caos, de las herejías, de los escándalos y de la apostasía, todos ellos en el ápice, el Vaticano se sintió en la obligación de denunciar — precisamente en aquel momento — la “amenaza” que representaba el Padre Nicholas Gruner.

     Y así, el día posterior al 11 de septiembre de 2001, el P. Gruner — que no había cometido ninguna ofensa contra la Fe ni contra la Moral, que durante 25 años de Sacerdocio observó fielmente sus votos, que nunca abusó de mujeres ni de “niños del coro”, y que jamás robó ni tampoco predicó una herejía — fue condenado públicamente delante de toda la Iglesia, en una Declaración que no ofrecía ningún argumento para dicha condenación, y tan sólo aludía a la “orden” emanada de una “más alta Autoridad”, sin que ésta tuviese el coraje ni la hombría de identificarse. En toda la memoria viva de la Iglesia, jamás le había sucedido esto a un fidelísimo Sacerdote católico. La obsesión del Secretario de Estado por conseguir la destrucción del P. Gruner, paradigma de la resistencia a la Línea del Partido, sólo se puede calificar de obscena.

     ¿Por qué? Sólo podría ser por una antipatía profundamente arraigada contra el Mensaje de Fátima y todo lo que significa para la nueva orientación de la Iglesia, que con tanta tenacidad llevan a cabo el Cardenal Sodano (amigo de Gorbachov) y sus colaboradores. Aparentemente, más que la actual situación de la Iglesia y del Mundo, lo que les perturba es el contenido del Mensaje, que, con toda certeza, provocaría un cambio radical y benéfico de dicha situación, aunque los perseguidores del P. Gruner se limitasen a cumplir tan sólo aquello que Nuestra Señora pidió en Fátima: «Si atendieran mis peticiones, se salvarán muchas almas y tendrán paz.»

     Pero, evidentemente, el Cardenal Sodano calculó mal. La publicación, pocas horas después del 11 de Septiembre, de aquella infundada condenación del “Sacerdote de Fátima” era tan sospechosa que muchos de los que, de no ser así, estarían dispuestos a aceptar sin discutir la “Declaración”, pasaron a sorprenderse del momento escogido, tan absurdamente intempestivo. En una Iglesia que está siendo corroída y deshonrada en todos los países por clérigos traidores, ¿qué motivos podían tener las altas Autoridades del Vaticano para preocuparse tanto por un Sacerdote que ni siquiera había sido acusado de cualquier acción errónea específica?

     Hacer del P. Gruner un “chivo expiatorio” no tendría más éxito que las demás estratagemas contra Fátima. Inversamente a lo que desearían algunos Prelados del Vaticano, la controversia sobre Fátima no se puede restringir a la situación de un único Sacerdote. En las semanas posteriores a la “Declaración” contra el P. Gruner, otros renombrados católicos comenzaron a expresar serias dudas sobre la versión Sodano (coherente con la Línea del Partido) del Tercer Secreto. La Madre Angélica no fue la única persona que juzgaba que «no hemos obtenido la cosa completa.»

      El 26 de octubre de 2001, la historia “estalló”, como dicen los reporteros, cuando el servicio noticioso Inside the Vatican, simultáneamente con diversos periódicos italianos, publicó un artículo con el título: “El Secreto de Fátima — ¿Habrá algo más?” El artículo decía que «Acaba de llegarnos la noticia de que la Hermana Lucía dos Santos, la vidente de Fátima que aún vive, envió hace algunas semanas una carta al Papa Juan Pablo II, en la que supuestamente le avisaba que la vida de Su Santidad corría peligro. Según fuentes del Vaticano, fue el emérito Obispo de Fátima, D. Alberto Cosme do Amaral, quien, poco después del 11 de septiembre, le entregó al Papa esa carta, en la que se sustenta que los sucesos mencionados en el “Tercer Secreto de Fátima” aún no habían ocurrido.»

      Cuando se le preguntó al actual Obispo de Fátima, D. Serafim de Sousa Ferreira e Silva, sobre la carta, «no desmintió que la Hermana Lucía hubiese enviado una carta al Papa, pero, haciendo una sutil distinción, declaró que “ninguna carta de la vidente muestra temor por la vida del Papa.” El reportaje de Inside the Vatican reveló además que «fuentes también insinuaron que la carta de la Hermana Lucía instaba al Papa a que revelase completamente el Tercer Secreto», y que «según se dice, incluye este aviso: “Dentro de poco habrá una gran convulsión y un castigo.”»

     El artículo de Inside the Vatican menciona además una reunión secreta con la Hermana Lucía, dentro del propio convento — pero sin seguir la orientación de Bertone/Ratzinger. De acuerdo con Inside the Vatican, el P. Luigi Bianchi, Sacerdote diocesano italiano, «declara haberse reunido la semana pasada con la Hermana Lucía dos Santos en su convento de clausura carmelita en Coimbra, Portugal.» Corroborando las sospechas de la Madre Angélica, el P. Bianchi «especuló sobre la posibilidad de que el Vaticano no hubiese revelado el contenido integral del Secreto, para no provocar pánico ni angustia en las gentes: para no alarmar a las personas.»

      Por lo que se refiere a la absurda “interpretación” que le dieron Bertone/Ratzinger al Secreto (como siendo una profecía del atentado contra la vida del Papa Juan Pablo II), el P. Bianchi declaró que «el Mensaje no alude solamente a un atentado contra el Sumo Pontífice, sino que también habla de “un Obispo vestido de Blanco”, que camina entre ruinas y cadáveres de hombres y mujeres asesinados (…) Eso significa que el Santo Padre habrá de sufrir enormemente, que varias naciones serán aniquiladas, que morirán muchos, y que debemos defender el Occidente antes que se hace Islámico. Y es eso lo que está sucediendo en la actualidad.»

     Del mismo modo que ya lo hiciera The Fatima Crusader, Inside the Vatican observó cautelosamente que a la Hermana Lucía «no se le permite hablar con nadie sin previa autorización del Vaticano (…)» En consecuencia, Inside the Vatican “apostó en ambos lados” al afirmar que «no se puede determinar sin dar margen a dudas si el P. Bianchi obtuvo dicha autorización, si de algún modo evitó la necesidad de conseguirla, o hasta si realmente llegó a estar con la Hermana Lucía, como afirma.» Sea lo que sea, nadie desmiente — ni siquiera la Hermana Lucía — que efectivamente hubiese tenido lugar una reunión con el P. Bianchi.

      Que por lo menos algunas fuentes de Inside the Vatican están en la propia Curia Romana, se insinuó en la respuesta del Cardenal Ratzinger a estos acontecimientos. Esa publicación cito al Cardenal como habiendo dicho que los «recientes rumores sobre una carta no son más que la continuación de “una antigua polémica mantenida por ciertas personas de dudosa credibilidad”, con el propósito de “desestabilizar el equilibrio interno del la Curia Romana, y perturbar al pueblo de Dios.» Obsérvese que ni el propio Cardenal Ratzinger desmiente la existencia de la carta de la Hermana Lucía dirigida al Papa.

      La observación del Cardenal Ratzinger es muy reveladora. ¿De que manera personas de “dudosa credibilidad” podrían “desestabilizar el equilibrio interno de la Curia Romana”? Si su credibilidad es tan dudosa, la Curia Romana defïcilmente podría ser desestabilizada per lo que dijeran. ¿Y precisamente, quienes son estas personas de “dudosa credibilidad”? El artículo de Inside the Vatican insinúa que el Cardenal Ratzinger se estaría refiriendo al P. Nicholas Gruner. Y ¿qué pensar de la Madre Angélica? ¿Y del P. Bianchi? ¿Y aun del mismo Inside the Vatican, cuyo editor, Robert Moynihan, es indudablemente una creatura del aparato estatal del Vaticano, como lo sugiere el nombre de la revista? Y ¿qué pensar de aquellos millones de católicos que mantienen la bien fundamentada sospecha de que Mons. Bertone y el Cardenal Ratzinger no están siendo sinceros cuando afirman que las profecías del Mensaje de Fátima — incluso el Tercer Secreto — “pertenecen al pasado”, y que, por lo tanto, las advertencias del Mensaje sobre grandes castigos de la Iglesia y del Mundo ya no nos deben preocupar? En realidad, si se considera la peligrosa situación del Mundo en la actualidad, ¿que Católico consciente podría creer esto de todo corazón?

      A pesar del decidido empeño para imponer la Línea del Partido del Cardenal Sodano (empeño que ahora incluía la declaración, al estilo soviético, de que el P. Gruner debería ser considerado en la Iglesia como una “no persona”), millones de católicos en todo el Mundo continúan indagando qué fin habrán tenido las palabras que vienen a continuación de la frase clave: «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.» ¿Por qué EMF quiere evitar esta frase, retirándola del Mensaje de Fátima y colocándola en una nota de rodapié? ¿Qué pasó con las palabras que faltan de la Virgen María? ¿En qué situación se halla la prometida conversión de Rusia? ¿Por qué no ha habido un período de paz, como había prometido la Santísima Virgen?

      Con referencia a esas preguntas — que no se desvanecen — el aparato estatal del Vaticano intentó, una vez más, echar los frenos a la creciente especulación sobre la existencia de un encubrimiento, antes que la situación transbordase y se tornase incontrolable. Efectivamente, la afirmación del Cardenal Ratzinger sobre la desestabilización de la Curia indica que ahora la Línea del Partido “Anti-Fátima” encontraba resistencia dentro de la propia Curia Romana, quizá por la creciente inestabilidad que se observa en toda parte — lo cual difícilmente combina con la interpretación de Ratzinger/Bertone/Sodano, de que las advertencias de Fátima ya pertenecían al pasado.

      De esta vez la estratagema bien podría ser otra entrevista secreta con la Hermana Lucía en su convento en Coimbra (Portugal). Fue el Arzobispo Bertone quien condujo la entrevista, realizada el 17 de noviembre de 2001; pero, por algún motivo que desconocemos, su contenido se mantuvo en secreto durante más de un mes, hasta el 21 de diciembre cuando la edición italiana de L’Osservatore Romano publicó un breve comunicado de Mons. Bertone sobre aquella entrevista, bajo el título “Entrevista de Su Excelencia Mons. Tarcisio Bertone con la Hermana María Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado”. La traducción en inglés de la entrevista salió el 9 de enero de 2002 en la edición inglesa de L’Osservatore Romano.

      Según Mons. Bertone, la esencia del comunicado era que la Hermana Lucía había declarado que, con la consagración del Mundo en 1984, se dio cumplimiento a la petición de la consagración de Rusia, y que «se ha publicado todo; ya no hay más secretos.» No obstante, como hemos demostrado en el Capítulo 6, tal afirmación contradice todo lo que ha declarado la Hermana Lucía durante casi siete décadas. Esa declaración más reciente es presentada como siendo la respuesta de la Hermana Lucía a una pregunta sobre el Tercer Secreto, pregunta que, extrañamente, no aparece en el texto.

      Pues bien. Cuando un periódico o una revista publica una entrevista con una persona famosa, el lector, evidentemente, espera encontrar una serie de preguntas del modo como fueron formuladas, seguidas de las respuestas completas con las palabras de quien las dio. Y así, el lector puede analizar por sí propio (en el contexto general) las respuestas, con las mismas palabras que usó el entrevistado (en este caso, la entrevistada). Eso no ocurrió en este caso. A pesar de habernos informado que la conversación de Mons. Bertone y de la Hermana Lucía se prolongó “por más de dos horas”, él sólo dio a conocer un resumen de toda la conversación, redactado por él, incluyendo unas cuantas palabras atribuidas a la Hermana Lucía. De aquella reunión de dos horas no se hizo ninguna transcripción, ni grabación sonora ni en video; y de todo lo que se afirma que dijo la Hermana Lucía, menos de 10% tenían alguna relación con la alegada finalidad de la entrevista, es decir, responder a las persistentes dudas en la mente de millones de católicos acerca de la Consagración de Rusia y de la integridad de la revelación del Tercer Secreto, por parte del Vaticano.

      Ya deberíamos estar acostumbrados a las sospechosas irregularidades en la forma como el aparato estatal del Vaticano trata a la Hermana Lucía — y esta “entrevista”, divulgada con tanto atraso y de un modo elíptico, no ha sido excepción. El comunicado de Mons. Bertone muestra claramente que la Hermana Lucía continúa siendo tratada como si estuviese incluida en el Programa Federal de Protección de los Testigos [de EE.UU.]. Es verdad que se trata de una monja de clausura. Pero una entrevista es una entrevista, y dos horas de conversación son dos horas de conversación. Por tanto, ¿dónde está la entrevista? ¿Qué le ha pasado a aquellas dos horas de conversación? Y ¿cómo se puede conciliar este extraño sucedáneo de la verdadera entrevista con la afirmación de que la Hermana Lucía ya había revelado todo lo que tenía que decir sobre el Mensaje de Fátima? Porque si contó todo lo que sabe, entonces ya no hay nada que esconder. Y si no hay nada que esconder, ¿por qué motivo no se publica integralmente todo lo que se le preguntó y todo lo que ella respondió en aquellas dos horas? O ¿por qué no dejar simplemente que la Hermana Lucía le hablase directamente al mundo y que desvaneciesen todas las cuestiones?

      Sin embargo, a pesar de la publicación de EMF (que uno imaginaba que fuese la palabra final sobre Fátima, revelando todo lo que aún no se sabía), continuaron manteniendo a la Hermana Lucía lejos de los micrófonos y de testigos neutrales. Durante el “momento de la revelación”, en mayo-junio de 2000, ella estuvo completamente invisible, y hasta hoy continúa invisible, aun cuando — es lo que dice la Línea del Partido — Fátima «pertenece al pasado.»

      Pero, antes de entrar en los diversos aspectos de la “entrevista” de noviembre de 2001 — incluso en las exactas cuarenta y cuatro palabras atribuidas a la Hermana Lucía durante las supuestas dos horas de conversación sobre los asuntos polémicos — es necesario observar que el comunicado de Mons. Bertone perjudica su propia credibilidad al declarar lo siguiente: «Continuando el intercambio de ideas sobre el problema de la tercera parte del secreto de Fátima, ella [la Hermana Lucía] dice que leyó atentamente y meditó sobre el opúsculo publicado por la Congregación para la Doctrina de la Fe [es decir, El Mensaje de Fátima (EMF)], y confirma todo lo que allí está escrito.»

      Esto sólo podría ser un engaño. Para comenzar, Mons. Bertone le pide a los fieles que admitan como verdadero lo siguiente:

  • La Hermana Lucía “ratifica” la afirmación de EMF, de que la visión contenida en el Tercer Secreto incluye imágenes que ella «puede haber visto en libros de piedad», además de sus personales «intuiciones de fe». En otras palabras: la Hermana Lucía “confirma” que ha sido ella quien fabricó todo aquello.1


  • La Hermana Lucía “confirma” los elogios del Cardenal Ratzinger al jesuita progresista Edouard Dhanis, como “eminente conocedor” en Fátima, aunque éste hubiese desclasificado como  «invenciones inconscientes» todos los aspectos proféticos del Mensaje de Fátima: desde la visión del Infierno hasta la predicción de la Segunda Guerra Mundial y la consagración y conversión de Rusia. (Estos asuntos  serán tratados más adelante con mayor profundidad).


  • En resumen: La Hermana Lucía “ratifica” que ella misma podría no ser otra cosa sino una sincera y piadosa impostora, simplemente por haberle imaginado que la Virgen María había pedido la consagración y la conversión de Rusia; y así, el texto de EMF estaba absolutamente cierto al omitir estos elementos clave del Mensaje de Fátima, como si no existieran.

     Debemos examinar esto con cautela. Cuando, independientemente de su posición jerárquica, un funcionario del Vaticano declara, al salir de un convento de clausura, que una monja de 94 años “confirma todo” lo que está escrito en un documento de cuarenta páginas, documento del que dicho funcionario fue coautor, cualquier persona consciente esperaría algo más para corroborarlo. Y aún más cuando ese documento de cuarenta páginas insinúa sutilmente que fue la propia monja quien inventó una piadosa fábula, que durante más de 80 años mantuvo innecesariamente a la Iglesia en suspense.

      Este argumento es suficiente para concluir que la más reciente entrevista secreta con la Hermana Lucía no es más que otro intento de manipular y explotar una testigo, prisionera, a quien además se le exige que obtenga previamente una autorización para poder dirigirse a los fieles y hablarles lo que desee, sin “filtros”. Pero la última vidente de Fátima continua teniendo que dar entrevistas a puerta cerrada, durante las cuales está rodeada de manipuladores, que posteriormente relatan su “testimonio” de forma parcelada, poco a poco. Y ahora le piden a los fieles que se “traguen” la gran mentira, y que se crean que la Hermana Lucía — escogida por Dios para ser vidente de Fátima — está de acuerdo con “todo” lo que consta en un “comentario” neomodernista de cuarenta páginas, el cual — como hasta Los Angeles Times pudo verificar — «demolió con guante blanco el culto de Fátima.»

     Aunque, basándonos exclusivamente en esta argumentación, sea evidente que la “entrevista” de 17 de noviembre de 2001 es altamente sospechosa, eso no elimina la necesidad de demostrarlo con mayor amplitud, a fin de quedar registrado en la historia.

      Para comenzar, la entrevista de Bertone fue expresamente orientada con la finalidad de desvanecer la duda, cada vez más intensa entre los fieles, sobre la ruidosa campaña promovida por el Vaticano para arrojar el Mensaje de Fátima en la lata de la basura de la Historia. Como lo admite el comunicado de Mons. Bertone:

     Aún hace unos meses, principalmente después del triste acontecimiento del ataque terrorista del pasado 11 de septiembre, han aparecido en los periódicos extranjeros e italianos artículos sobre supuestas nuevas revelaciones de la Hermana Lucía, noticias sobre cartas de advertencia dirigidas al Sumo Pontífice, reinterpretaciones apocalípticas del Mensaje de Fátima.
     Es más: Se divulgó con gran destaque la sospecha de que la Santa Sede no había publicado el texto íntegro de la tercera parte del “Secreto”, y algunos movimientos “fatimistas” han insistido en la acusación de que el Santo Padre aún no había consagrado a Rusia al Corazón Inmaculado de María.
     Por ese motivo, se consideró necesario organizar una reunión con la Hermana Lucía. (…)

     Recordamos aquí que el Mensaje de Fátima no sólo contiene promesas (si se cumplen las peticiones de la Santísima Virgen), sino que también incluye advertencias sobre las consecuencias de no cumplirlas.

Las Promesas:

     Si se consagra Rusia al Corazón Inmaculado,

  • el Corazón Inmaculado triunfará,


  • Rusia se convertirá,


  • muchas almas se salvarán del Infierno (que, en una visión aterradora, se le mostró a los tres videntes), y


  • se le concederá a la Humanidad algún tiempo de paz.
Las Advertencias:

     Si no se consagra Rusia al Corazón Inmaculado,

  • Rusia esparcirá sus errores por todo el Mundo,


  • promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia;


  • los buenos serán martirizados,


  • el Santo Padre tendrá que sufrir mucho, y


  • varias naciones serán aniquiladas.

     A pesar del inevitable cumplimiento final de las profecías de Fátima — «Por fin, Mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre Me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al Mundo algún tiempo de paz» — repetimos, la cuestión que hoy se nos coloca es si el Mundo tendrá que sufrir antes todos los castigos de la profecía, incluso la aniquilación de varias naciones — lo cual se sugiere claramente en la visión del Tercer Secreto: la ciudad semidestruida, en cuyos alrededores el Papa es asesinado. Debemos recordar, además, el aviso que la Hermana Lucía transmitió a Su Santidad (un año después del atentado en la Plaza de San Pedro, en Roma) en la supuesta carta de 12 de mayo de 1982, reproducida en EMF:

     Y, aunque no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía, vemos que nos encaminamos poco a poco hacia ella a grandes pasos2. Si no renunciamos al camino del pecado, del odio, de la venganza, de la injusticia violando los derechos de la persona humana, de inmoralidad y de violencia, etc. Y no digamos que de este modo es Dios que nos castiga; al contrario, son los hombres que por sí mismos se preparan el castigo.

      Sin embargo, la entrevista de Bertone no ha conseguido detener una preocupación persistente y manifiesta en el ámbito de la Iglesia, con relación a las advertencias de Fátima. Sucedió todo lo contrario: Lo que daba sustentación a la posición entera de Mons. Bertone — y, en realidad, al propio destino del Mundo — era la Línea del Partido [del Cardenal Sodano], a la cual mostró haber adherido con todo fervor cuando, en EMF (un comentario redactado por él), hizo la absurda declaración de que «la decisión del Santo Padre Juan Pablo II de hacer pública la tercera parte del “secreto” de Fátima cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad (…)» Por consiguiente, la entrevista de Bertone tenía un objetivo: persuadir al Mundo de que la Paz está a nuestro alcance, y que la historia de Fátima ha llegado a su fin, y, sin miedo de errar, puede ser considerada que pertenece al pasado.

     Examinemos, pues, las circunstancias en que se dio la entrevista, según los criterios de credibilidad exigidos hasta por los tribunales civiles y ateos para poder aceptar las declaraciones de un testigo importante. No estamos insinuando que la Hermana Lucía debiese ser sometida a algo como un indigno juicio civil, sino más bien que se confronten los proponentes del más reciente “testimonio de la Hermana Lucía” con los criterios mínimos de credibilidad, cuando se nos pide que aceptemos dicho “testimonio”.

      1.ª circunstancia sospechosa: A pesar de estar capacitada a dar personalmente su testimonio, la Hermana Lucía nunca ha sido llamada a prestar declaraciones por quien controla los encuentros con ella, a saber, el Cardenal Joseph Ratzinger.

      El comunicado del Arzobispo Bertone revela que la Hermana Lucía ni siquiera podría hablar con él sin autorización del Cardenal Ratzinger, lo cual confirma aquello que The Fatima Crusader viene afirmando hace años, y que también ha sido indicado en el artículo, ya mencionado, de la revista Inside the Vatican: a nadie se le permite hablar con la Hermana Lucía, sin autorización del Cardenal. Es una restricción muy extraña de la libertad de una testigo que, según se nos informa, no tiene nada más que añadir a lo que ya ha dicho.

      Bajo los requisitos mínimos de credibilidad aplicados en los procesos civiles, los testigos son llamados a declarar personalmente, siempre que estén a disposición, de tal forma que las partes interesadas en el caso, cuyos derechos pueden sufrir la influencia de ese testimonio, tengan la oportunidad de interrogar al testigo. Si una de las partes ejerce el control sobre un testigo, y no le permite que comparezca, los jueces de un tribunal civil recomiendan al jurado que, por tal circunstancia, es lícito concluir que la declaración de ese testigo sería desfavorable a la parte en cuestión. Se trata sencillamente de sentido común: ninguna de las partes dejaría de presentar un testigo que le fuese favorable, pero sería poco probable que presentase un testigo desfavorable.

      Pues bien. En el “proceso” de Fátima, la Hermana Lucía estaba en condiciones de comparecer “ante el tribunal de la Historia”. No estaba en cama, ni lisiada, ni incapacitada por algún motivo para presentarse en público. Al contrario, el comunicado de Bertone afirma que, por ocasión de la entrevista secreta, la Hermana Lucía «se hallaba en plena forma, lúcida y muy animada.» Entonces, ¿por qué motivo esta testigo, lúcida y muy animada, capacitada para dar su testimonio, nunca es presentada por la parte que controla todas las reuniones con ella? ¿Por qué su más reciente “testimonio” se llevó a cabo a puertas cerradas y sólo apareció, en segunda mano, en un comunicado del Arzobispo Bertone?

      ¿Qué pasaría si, en un tribunal civil, una de las partes hiciese un relato fragmentado de la declaración de un testigo clave, cuando éste podría haber declarado prontamente y en persona? El jurado llegaría correctamente a la conclusión de que se estaba escondiendo algo. En el “proceso” de Fátima, lo que se puede y debe deducir es que se mantuvo a la Hermana Lucía lejos del banco de los testigos, porque su testimonio en directo y no sujeto a control, refutaría la Línea del Partido del Cardenal Sodano. Si se pudiese contar con la Hermana Lucía para “repetir” la Línea del Partido, habría sido presentada hace mucho tiempo para dar, de forma minuciosa, su testimonio ante la Iglesia y el Mundo. En lugar de ella, es Mons. Bertone y no la testigo misma, quien da las declaraciones.

      No obstante, aunque admitiésemos que la Hermana Lucía guardase cama o que, por algún otro motivo, no pudiese comparecer como testigo, las demás circunstancias de la supuesta entrevista continuarían dando motivo de sospechas a cualquier persona dotada de discernimiento. Prosigamos.

      2.ª circunstancia sospechosa: La entrevista de esta religiosa de 94 años fue orientada secretamente por el Arzobispo Bertone, con su prestigio de autoridad, que tenía un motivo evidente para manipular la testigo.

      En el contexto del Derecho Civil, se presume que ocurre una influencia indebida cuando alguien, haciendo alarde de su autoridad o preponderancia sobre una persona de edad, obtiene de dicha persona una declaración, tal como un testamento o una procuración. En este caso, el Arzobispo Bertone es claramente la parte dominante, con su imponente autoridad de dignatario del Vaticano — mientras que la Hermana Lucía, además de su avanzada edad, es obligada por sus votos a someterse, en santa obediencia, a la voluntad de sus superiores, que la rodeaban durante aquella sesión de dos horas.

      Además, se percibe claramente la intención de Mons. Bertone, de usar la “entrevista” para defender su credibilidad personal, ante el creciente escepticismo público ante la afirmación de la Línea del Partido, de que Fátima ya había llegado a su fin. Considerando los recientes acontecimientos mundiales, el Arzobispo Bertone estaba sufriendo, evidentemente, una acentuada pérdida de prestigio con relación a su afirmativa, totalmente indefendible, en EMF, de que la decisión de divulgar la visión del Tercer Secreto «cierra una página de historia, marcada por la trágica voluntad humana de poder y de iniquidad (…)» Como cualquier ser humano, Mons. Bertone tenía todos los motivos para inducir a la Hermana Lucía a que confirmase la absurda afirmación del Arzobispo, de un Mundo en Paz, como consecuencia del “cumplimiento” integral del Tercer Secreto — en 1981, cuando el Papa sobrevivió a un atentado. (Hasta el laico Paul Harvey, comentarista de radio, desdeñó abiertamente la “interpretación” que dieron Ratzinger/Bertone al Tercer Secreto en EMF.

      En tales circunstancias, Mons. Bertone, al orientar la “entrevista” y posteriormente relatar sus resultados, actuó como lo haría un abogado de acusación, oyendo el relato de un testigo clave y, dejándolo después fuera del tribunal, sustituyéndolo como testigo. Objetivamente hablando, Mons. Bertone era la última persona que debería haber entrevistado a la Hermana Lucía. La Iglesia y el Mundo tienen derecho de oír directamente a esta testigo de suma importancia — en vez de tener que contentarse con el relato de un interrogador parcial, por ser parte interesada.

      3.ª circunstancia sospechosa: El comunicado de Bertone es extremamente conciso, ocupando tan sólo un cuarto de página de L’Osservatore Romano. Sin embargo, el comunicado informa que la entrevista duró «más de dos horas.»

      ¿Qué fue lo que discutieron Bertone y la Hermana Lucía durante más de dos horas, considerando que el comunicado completo se puede leer en menos de dos minutos? A modo de comparación, obsérvese que la transcripción de una conferencia de una hora, proferida con el ritmo normal de un discurso, exigiría aproximadamente 14 páginas en máquina de escribir, en espacio simple; una entrevista de dos horas, exigiría unas 28 páginas, aproximadamente 14.000 palabras.

      Sin embargo, el comunicado de Bertone, relativo a una supuesta entrevista de dos horas, tan sólo nos ofrece unas 463 palabras3, presuntamente proferidas por la Hermana Lucía. Esas 463 palabras pueden clasificarse de la siguiente forma:

  • 165 palabras: Una transcripción, palabra por palabra, de la opinión del Cardenal Ratzinger, en EMF (el Comentario de Ratzinger/Bertone, de 26 de junio de 2001), de que la frase «Mi Corazón Inmaculado triunfará» (de la cual, como ya hemos observado, el Cardenal manifiestamente retiró las palabras «Por fin») no se refería a acontecimientos futuros, sino al Fiat de María, hace 2000 años, al consentir en ser la Madre de Dios.

     Pues ahora se nos pide que nos creamos que la Hermana Lucía “confirma” que, cuando Nuestra Señora de Fátima predijo cuatro acontecimientos futuros — «Por fin, Mi Corazón Inmaculado triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al Mundo algún tiempo de paz.» — ¡se refería a la Anunciación, en el año 1 A.C! Y, como sería de esperar, aparentemente “la Lucía de Bertone” también “confirma” la supresión de las palabras “Por fin”, hecha por el Cardenal Ratzinger en la profecía de Nuestra Señora.

      Queremos observar que la citación literal (de las 165 palabras) de EMF incluye la frase del Evangelio de San Juan, 16:33, citada entre paréntesis por el Cardenal Ratzinger. O bien la Hermana Lucía poseía una memoria fotográfica a los 94 años, o bien alguien añadió a su “respuesta” la cita completa de las Escrituras, incluso la expresión entre paréntesis. (O quizá hubiesen colocado EMF delante de la Hermana Lucía, para que, en “obediencia” a sus superiores, la leyese en voz alta.)

  • 100 palabras: El significado del corazón que la Hermana Lucía vio en la mano izquierda de la Virgen durante las apariciones en Fátima.

     El comunicado de Bertone nos informa que hay «un detalle todavía no publicado», que la Hermana Lucía añadió al Mensaje de Fátima. Esto puede ser muy interesante; pero ¿qué tiene que ver con el tema de una entrevista que le obligó a Bertone a ir a Portugal con tanta urgencia?

      Obsérvese además que el comunicado de Bertone anuncia con gran excitación este nuevo detalle — llega a ponerlo en cursiva. De repente, la Hermana Lucía vuelve a ser la vidente merecedora de total confianza — en contraste con aquella niña impresionable (según el Cardenal Ratzinger), que inventa cosas después de haber leído algún libro de piedad. Evidentemente, se trata de una maniobra para desviar la atención del tema que estamos discutiendo.

  • 69 palabras: La Hermana Lucía niega los reportajes que dicen que está “muy preocupada por los recientes sucesos” y que “ya no consigue dormir, y se pasa noche y día rezando.”

     Una vez más, esto no tiene nada que ver con el punto principal. Pero, de cualquier modo, “la Lucía de Bertone” da esta frívola respuesta: “¿Cómo puedo rezar de día, si no descanso por la noche?” Naturalmente, nadie ha dicho que ella no duerme nunca. Esta es otra distracción.

      Dicen que la Hermana Lucía añadió lo siguiente: “¡Cuántas cosas ponen en mi boca! ¡Cuántas cosas parece como si las hubiese hecho yo!” Es verdad. Pero ¿quién está poniendo palabras falsas en la boca de la Hermana Lucía? ¿Quién le atribuye actos que ella nunca ha realizado? ¿Habrán sido los testigos imparciales, mencionados más arriba, quienes por unos momentos hablaron abiertamente con la Hermana Lucía sin ser vigiada? ¿O habrán sido las autoridades imponentes que rodearon a la Hermana Lucía durante la entrevista secreta de dos horas con Bertone?

      El lector habrá de notar que “la Lucía de Bertone” nunca niega estar preocupada por los sucesos recientes. Pero ¿quién, en su sano juicio, no estaría preocupado? Lo más sintomático es que no se le haya preguntado nada sobre la carta urgente que envió al Santo Padre (designamos esto como la omisión altamente reveladora n.º 1 de la entrevista), ni tampoco sobre su encuentro personal con el P. Bianchi, durante el cual, según él, ella expresó dudas con respecto a la interpretación que Bertone y Ratzinger le dieron al Tercer Secreto (Esta es la omisión altamente reveladora n.º 2).

  • 39 palabras: El impacto que produjeron en la vida de la Hermana Lucía las apariciones de Fátima.
  •      ¿Qué tienen que ver estas reminiscencias con el propósito declarado de una urgente entrevista secreta en el convento? En sus extensas Memorias, la Hermana Lucía ya había tratado exhaustivamente de este asunto. ¿O sea, que un funcionario del Vaticano viajó a Portugal para una entrevista de dos horas solamente para obtener esto?

    • 34 palabras: La Hermana Lucía dice que no ha tenido otras nuevas revelaciones.

         Es muy extraño que, al mismo tiempo que “la Lucía de Bertone” declara no haber tenido ninguna nueva revelación del Cielo, afirme en el mismo comunicado — contrariamente a todos sus testimonios anteriores — que la Consagración del Mundo celebrada en 1984 «fue aceptada por el Cielo.» (En este capítulo, bajo el título “21 palabras sobre la Consagración de Rusia”, consta la frase que se le atribuye.) No habiendo ocurrido nuevas revelaciones, ¿cómo lo podría saber?

    12 palabras: La Hermana Lucía dice que su comunidad de Carmelitas rechazó el texto de la petición para la Consagración de Rusia, que el Apostolado del P. Gruner ha puesto en circulación.

         ¿Qué decir de esto? Y la Consagración de Rusia ¿ya se ha realizado o todavía no?

          Hasta aquí ya hemos contado 419 de las 463 palabras atribuidas a la Hermana Lucía, en las citas del comunicado, que supuestamente reproducen palabra por palabra. Faltan tan sólo 44 palabras para responder a las preguntas hechas por millones de católicos.

          ¡Es verdad! Por increíble que parezca, el tan trompeteado comunicado de Bertone contiene tan sólo cuarenta y cuatro palabras de “la Hermana Lucía” sobre la Consagración de Rusia y la revelación del Tercer Secreto — asuntos que, por lo que parece, le obligaron a Bertone a viajar con toda urgencia hasta el convento de Coimbra. Veamos cómo se subdividen esas cuarenta y cuatro palabras:

    • 9 palabras: según se nos informa, referentes al Tercer Secreto: “Todo fue publicado; ya no queda nada en secreto.

         No podemos saber cuál fue la pregunta que originó esta respuesta. En vez de eso, el comunicado de Bertone declara: «A aquellos que se imaginan que se ha ocultado alguna parte del Secreto, ella respondió: …» — seguido de las nueve palabras transcritas.

          ¿A qué pregunta «respondió»? Que fue, exactamente, lo que se le preguntó a la Hermana Lucía, acerca de la revelación del Tercer Secreto, divulgada por el Vaticano? ¿Cuál fue la amplitud del contexto de la pregunta y de la respuesta? Y ¿por qué no se le preguntó a la Hermana Lucía lo único que millones de personas en todo el Mundo querían saber: ¿Dónde se hallan las palabras de Nuestra Señora que vienen después de la frase «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.»? Consideramos esta cuestión como siendo la omisión altamente reveladora n.º 3.

          Obsérvese, además, que aún ahora, cuando llegamos al punto crucial de la cuestión, no se nos informa si le preguntaron a la Hermana Lucía tan siquiera una cuestión en concreto, como:

    • ¿Qué palabras pronunció Nuestra Señora después de la frase «En Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.»?


    • ¿Hubo alguna frase de Nuestra Señora que explicase la visión del “Obispo vestido de Blanco”, descrita en el Tercer Secreto?


    • O si no, ¿incluye el Tercer Secreto algún texto en separado para explicar la visión del “Obispo vestido de Blanco”?


    • ¿Qué dice la Hermana Lucía sobre las declaraciones de numerosos testigos (incluso el Obispo de Leiria y el Cardenal Ottaviani), de que el Tercer Secreto fue escrito en una sola hoja de papel — en vez de las cuatro hojas en que se describe la visión del “Obispo vestido de Blanco”?

         Todas estas particularidades han sido cuidadosamente evitadas. No se nos han dado a conocer las palabras ni siquiera de una de las preguntas formuladas. Esta es la omisión altamente reveladora n.º 4.

    • 14 palabras sobre la interpretación del Tercer Secreto hecha por Bertone/Ratzinger: «Eso no es verdad. Confirmo totalmente la interpretación [del Tercer Secreto] hecha en el Año del Jubileo.»

         Con estas palabras, aparentemente la Hermana Lucía desmiente las noticias divulgadas por la prensa, de que le hubiese expuesto al P. Luigi Bianchi y al P. José dos Santos Valinho sus dudas sobre la interpretación del Tercer Secreto que aparece en EMF. Sin embargo, Bertone nunca le preguntó nada a la Hermana Lucía sobre la carta dirigida al Papa — conforme relata el P. Bianchi —, y ella tampoco niega que se reunió personalmente con el P. Bianchi en el convento de Coimbra, ni que discutieron sobre la interpretación dada al Tercer Secreto por el Cardenal Sodano.

          En consecuencia de esto, se espera que nos creamos que la Hermana Lucía está de acuerdo en que, con el frustrado atentado, en 13 de mayo de 1981, contra la vida del Papa Juan Pablo II, se cumplió el Tercer Secreto. Eso, a pesar de que en su propia carta al Papa, de 12 de mayo de 1982 — un año después — ella no habla nada del atentado, sino que derriba la Línea del Partido, al advertir que «(...) no constatamos aún la consumación completa del final de esta profecía»; y a pesar de que — repetimos — la Hermana Lucía no establece ninguna conexión entre el atentado y el Tercer Secreto.

    • 21 palabras sobre la Consagración de Rusia: «Ya he dicho que la Consagración deseada por Nuestra Señora se realizó en 1984, y que fue aceptada por el Cielo.»

         Aparentemente, la Hermana Lucía profirió estas palabras en respuesta a la pregunta: «¿Qué dice sobre las persistentes afirmaciones del P. Gruner, que está recogiendo firmas para pedirle al Papa que, por fin, consagre a Rusia al Corazón Inmaculado de María, puesto que todavía no se ha realizado?»

          Antes de nada, el hecho de que el Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe hubiese viajado a Coimbra para obtener comentarios sobre el P. Gruner — para posterior divulgación a toda la Iglesia — es una elocuente demostración de que el aparato estatel del Vaticano considera el Apostolado del P. Gruner como el principal foco de oposición a la Línea del Partido.

          Es más: ¿Qué habrá querido decir “la Hermana Lucía”, con la extraña afirmación de que el Cielo había “aceptado” la Consagración del Mundo como siendo una Consagración de Rusia? ¿Estaría afirmando seriamente que el Cielo “aceptó” una conciliación impuesta por los diplomáticos del Vaticano? ¿Desde cuándo el Cielo acepta un sucedáneo, decidido por los hombres, de un determinado acto ordenado por Dios? Además, ¿cómo podría saber “la Hermana Lucía” que el Cielo había “aceptado” tal consagración, si, según la declaración de Mons. Bertone, ella también había dicho que no había recibido ninguna nueva revelación celestial?

          Pues bien. Es posible que Dios “consienta” en que nos recusemos a obedecer a Su voluntad en el sentido de que Dios nos concede la libertad de desobedecerle en este Mundo. Pero eso no significa que sea de Su agrado aquello que “había consentido”.

          Obsérvese, además, que al decir que el acto de la Consagración del Mundo en 1984 había sido “aceptado”, la Hermana Lucía ¿no estaría refiriéndose a lo que no es más que una simple “aceptación”, en el mismo sentido con que se aceptó la Consagración del Mundo en 1942, celebrada por el Papa Pío XII, que acortó la Segunda Guerra Mundial, aun cuando no hubiese cumplido la petición de Nuestra Señora de Fátima? ¿Por acaso no estaría intentando responder a la pregunta de un modo que le agradase al entrevistador, Mons. Bertone — pero puntualizando que, si bien tal “aceptación” pudiese proporcionarle al Mundo algunos beneficios, no se trataba de aquel período de Paz que la Virgen de Fátima había prometido, bajo condición de atender estrictamente a Su petición? En efecto, ¿dónde está aquel período de Paz prometido por Nuestra Señora? El hecho de no haber esa Paz sólo demuestra que, aunque el Cielo hubiese “aceptado” la ceremonia de 1984 por su valor específico, no la reconoció como si fuese el cumplimiento de la petición específica de Nuestra Señora de Fátima. Por lo tanto, es irrelevante la autoridad de que estaban revestidos Mons. Bertone y sus colaboradores del Vaticano: no pueden declarar, pura y simplemente, la existencia de algo que nuestros propios sentidos nos dicen que no existe: la conversión de Rusia y aquel período de Paz en todo el Mundo, que sobrevendría a una autentica Consagración de ese País al Corazón Inmaculado de María.

          Sea como sea, ya hemos demostrado hasta la saciedad que la Hermana Lucía, en sus declaraciones ampliamente divulgadas, dio repetidas veces testimonio de que las ceremonias de Consagración realizadas en 1982 y en 1984 no habían satisfecho las condiciones para atender la petición de Nuestra Señora: en ninguna de esas ocasiones se mencionó a Rusia, así como tampoco hubo la participación de los obispos de todo el Mundo. Sin embargo, de acuerdo con la entrevista de Bertone, la testigo se desdijo de sus declaraciones anteriores, y ahora afirma que «el Cielo aceptó» la ceremonia de la consagración de 1984.

          Es un enigma para todos el significado de la frase «el Cielo aceptó». Después de las negociaciones entre el Cielo y el Cardenal Sodano, ¿habrá “aceptado” el Cielo algo que sea menos que las condiciones que pidió Nuestra Señora de Fátima?

          De cualquier modo, es digno de nota que no se le preguntó nada a la Hermana Lucía acerca de sus numerosas declaraciones anteriores en sentido contrario, ni se le pidió que explicase el supuesto cambio de testimonio. Esta es la omisión altamente reveladora n.º 5. Naturalmente, se espera que aceptemos tranquilamente que nada de lo que anteriormente había declarado la Hermana Lucía tenía la mínima importancia, y que sólo cuando conversa en secreto con Mons. Bertone es cuando dice la verdad sobre este asunto.

          Es muy sintomático que “la Lucía de Bertone” no nos informe cuándo, dónde ni a quién “ya había dicho” que la consagración de 1984 — que anteriormente no consideraba aceptable — ahora lo fuese. ¿Por qué toda esa imprecisión, cuando Mons. Bertone tenía ahora una excelente oportunidad de aclarar definitivamente este asunto, mediante la obtención de un testimonio categórico? ¿Por qué no le pidió, por ejemplo, que acreditase algunas de las diversas cartas, escritas en ordenador, que, con la supuesta firma de la Hermana Lucía, empezaron a aparecer misteriosamente en 1989, informando que la Consagración de Rusia se había realizado en 1984?

          Lo que es más sospechoso es que, como ya hemos observado, EMF se basa completemente en una de esas cartas enigmáticas, con fecha de 8 de noviembre de 1989, como prueba de que la Consagración ya se había realizado. Hemos observado también que la credibilidad de esa carta se evaporó al afirmar erróneamente que el Papa Pablo VI ya había consagrado el Mundo al Corazón Inmaculado de María durante su breve visita a Fátima en 1967. Esa consagración nunca se realizó. ¿Por qué Bertone no intentó convencer a la Hermana Lucía a que acreditase esa carta, que causa tanta controversia, principalmente por tratarse de la única evidencia citada en EMF?

          Lo más significativo en este entramado de hechos es que el Apostolado del P. Gruner hubiese publicado la prueba de que esa carta (cuyo destinatario, Walter Noelker, ni siquiera es citado en EMF), sin la menor duda, es un fraude. Esta prueba se publicó en el nº 64 de la revista The Fatima Crusader, cuya circulación, por ocasión de la entrevista de Bertone en noviembre de 2001, había alcanzado unos 450.000 ejemplares.

          Claro que Mons. Bertone sabía que The Fatima Crusader había dado a conocer el carácter fraudulento de la carta de 1989; y, sin embargo, no trató de pedirle a la Hermana Lucía que acreditase dicha carta, lo cual provocaría un serio golpe a la credibilidad del Apostolado del P. Gruner. Esta omisión no pudo haber sido un descuido, una vez que el verdadero motivo que, antes de nada, llevó a Mons. Bertone a entrevistarse con la Hermana Lucía, fue un intento de refutar la tesis del P. Gruner y de su Apostolado.

          ¿Por qué Mons. Bertone habrá dejado pasar una oportunidad de oro, de usar a la Hermana Lucía — su primerísimo testigo — para refutar la afirmación del P. Gruner, de que la carta de 1989 era fraudulenta? Evidentemente, porque Mons. Bertone ya debía saber que era un fraude, y por eso no se atrevió a pedirle a la Hermana Lucía que la acreditase durante la entrevista. Debemos señalar esto como la omisión altamente reveladora n.º6

          Por consiguiente, esta es la suma total — cuarenta y cuatro palabras — de aquello que supuestamente habría dicho la Hermana Lucía durante una entrevista de dos horas, sobre una de las más grandes controversias en la Historia de la Iglesia. Y se nos pide que consideremos estas cuarenta y cuatro palabras de una testigo siempre ocultada como el punto final de la historia de Fátima. Se supone que estas palabras disiparían todas las dudas, las cuestiones y los temores de millones de fieles — aun cuando es patente que Rusia no se ha convertido y que la unión de las fuerzas de la violencia y de la rebelión contra Dios y Sus mandamientos se agiganta a cada día que pasa.

         4.ª circunstancia sospechosa: No se ha ofrecido ninguna grabación o transcripción de la entrevista.

          ¿Por qué no se presentó ninguna transcripción de la entrevista, ni una grabación en audio o en vídeo, ni cualquier otra reproducción neutral, a fin de mostrar el texto exacto de las preguntas que formuló Mons. Bertone, las respuestas completas que dio la Hermana Lucía, la secuencia de preguntas y respuestas, y todos los comentarios o sugerencias que Mons. Bertone y los allí presentes pudieron haberle hecho a ella en aquellas «más de dos horas» en que estuvieron reunidos en la misma sala? ¿Dónde está la serie de preguntas y respuestas, que uno siempre ve en las entrevistas publicadas?

          Es más: ¿Por qué Mons. Bertone necesitó más de dos horas para obtener cuarenta y cuatro palabras de la Hermana Lucía sobre los asuntos en cuestión? Admitiendo que ella haya llevado un minuto entero para decir aquellas 44 palabras, ¿de qué hablaron ella, Mons. Bertone, el P. Kóndor y la Madre Superiora durante los restantes 119 minutos que duró la reunión? ¿Le habrán recordado a la Hermana Lucía su voto de “obediencia”? ¿Le habrán dado a entender que toda la Iglesia estaba ansiosa por conocer sus respuestas, que pondrían fin a esta controversia “divisiva”? ¿Le habrán insinuado que su lealtad “al Santo Padre” exigía la adhesión a la Línea del Partido, aun cuando su supuesta carta dirigida al Papa en 1982 era contraria a tal adhesión? ¿Le habrán hablado de la enorme importancia que tendría para la Iglesia que asegurase a todos que Rusia ya había sido consagrada, a pesar de todo lo que había afirmado en sentido contrario durante toda la vida? ¿Le habrán insinuado que, si no asegurase aquello, estaría contradiciendo al propio Papa?

          ¿O es posible que, por no agradar a su interrogador muchas respuestas de la Hermana Lucía, le hayan hecho, exclusiva y exhaustivamente, las mismas preguntas, pero formulándolas con otras palabras, hasta conseguir que ella diese las respuestas “correctas”? ¿Hasta qué punto habrá sido sometida la testigo a semejante presión, más o menos disimulada, durante las dos horas en que permaneció en una sala, rodeada de imponentes dignatarios?

          Lo cierto es que, si no hubiese nada que esconder, Mons. Bertone habría tenido la precaución de que una entrevista tan crucial — con la única testigo de las apariciones de Fátima, que, con sus 94 años a la sazón, continuaba viva — fuese grabada en audio o en video, o al menos, transcrita literalmente por un taquígrafo, de tal modo que las declaraciones de la testigo pudiesen quedar registradas, en el caso de venir a fallecer, lo cual, debido a su avanzada edad, seguramente no tardaría mucho en ocurrir. Sin embargo, nos arriesgamos en afirmar que no existe grabación de la entrevista de Bertone, ni transcripción, ni cualquier otro tipo de registro independiente. Y, por lo que parece, eso se debe al profundo temor de dejar que esta testigo se pusiese a hablar sin restricciones, con sus propias palabras, en respuesta a una serie de preguntas simples y directas. Cada una de las cuarenta y cuatro palabras de “la Hermana Lucía” que constan en el comunicado de Bertone es cuidadosamente dosificada, como que suministrada con cuentagotas.

          Ciertamente, era demasiado grande el riesgo de transcribir las declaraciones. ¿Y si la Hermana Lucía, de modo coherente, respondió de modo “erróneo”? ¿Y si tuvieron que obtener sus respuestas haciéndole preguntas capciosas, o con una sutil persuasión por parte del entrevistador o de alguno de los circunstantes? ¿Qué destino tendría un registro que revelase estas cosas? ¿Cómo se podría evitar su divulgación, o su revelación parcial? ¿Una vez hecho tal registro, podría mantenerse escondido o destruirse?

          Quedaríamos muy satisfechos si se nos probase que estamos equivocados. Tal vez haya realmente una grabación o un registro de las dos horas de la entrevista. Pero, en ese caso, sería muy sintomático que el Vaticano nunca lo haya dado a conocer.

          5.ª circunstancia sospechosa: El comunicado en italiano da a entender que fue firmado por Mons. Bertone y por la Hermana Lucía; pero la versión en inglés omite la “firma” de ella.

          En primer lugar, ¿por qué la Hermana Lucía firma el comunicado de Mons. Bertone, escrito en italiano, sobre lo que, aparentemente, ella respondió en portugués? ¿Por qué no escribió ni firmó una declaración suya en su lengua materna? Y si es verdad que la Hermana Lucía habló con Mons. Bertone durante más de dos horas, ¿por qué no se preparó simplemente una transcripción literal de sus palabras en portugués, firmada por ella, en vez del comunicado oportunamente escrito por Mons. Bertone?

          Además, ¿por qué se omitió la “firma” de la Hermana Lucía en la versión del comunicado en inglés? En realidad, ¿qué documento debería llevar su “firma” en primer lugar: el comunicado en italiano, o una versión original de dicho documento en portugués, versión que hasta ahora no se ha proveido?

          ¿Qué valor puede tener la “firma” de la Hermana Lucía en un documento escrito en un idioma que desconoce, que cita en italiano partes de su testimonio (la Hermana Lucía no habla italiano), y que no transcribe el texto exacto de las preguntas que le hicieron ni el de las respuestas que ella les dio?

          La conclusión ineludible es que ni Mons. Bertone ni el propio aparato estatal del Vaticano tienen la mínima intención de permitir que algún día la Hermana Lucía se manifieste, sin restricciones y con sus propias palabras, sobre las principales cuestiones referentes al Mensaje de Fátima, que todavía no han tenido respuesta. La circunstancia sospechosa que viene a continuación confirma esta conclusión.

          6.ª circunstancia sospechosa: El libro recién editado de la Hermana Lucía sobre el Mensaje de Fátima, con 303 páginas, evita por completo todos los temas supuestamente tratados durante la entrevista secreta de Mons. Bertone.

          En octubre de 2001, la editorial de la Biblioteca del Vaticano publicó un libro de la Hermana Lucía, con el título Las peticiones del Mensaje de Fátima. En la Introducción, revisada y aprobada por la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Hermana Lucía declara que su intención es que [el libro] sea «una respuesta y una explicación de las dudas y de las preguntas que me han hecho.» En el Prólogo, el actual Obispo de Leiria-Fátima comenta, de modo análogo, que la Hermana Lucía «por no poder responder individualmente a todas las personas, le pidió autorización a la Santa Sede para escribir un libro sobre Fátima, en el cual pudiese dar respuesta, de una forma global, a múltiples preguntas

          Pues bien. A pesar de la intención declarada, las 303 páginas del libro no mencionan ni siquiera una “duda”, ni una “pregunta” de las más frecuentes acerca del Mensaje de Fátima. Ni los errores de Rusia, ni el Triunfo del Corazón Inmaculado de María, ni la Consagración de Rusia, de que resultaría su conversión, ni el período de Paz, prometido por la Santísima Virgen como resultado de aquella Consagración, ni el Tercer Secreto, nada de eso es mencionado en el libro — ni mucho menos discutido. En la reflexión de la Hermana Lucía sobre la busca de la vida eterna y del perdón divino, ni siquiera se menciona la Visión del Infierno. En resumen: Lo que el libro presenta es un Mensaje de Fátima cuidadosamente expurgado, completamente desprovisto de cualquiera de los elementos proféticos y admonitorios — precisamente para coincidir con la Línea del Partido. La versión del Mensaje de Fátima, conforme se presenta en este libro, difícilmente precisaría de un Milagro del Sol “para que todos creyesen”.

          Pero lo más asombroso es que, a pesar de haber sido autorizada a escribir un libro de 303 páginas para tratar de las «dudas y preguntas» relativas al Mensaje de Fátima, la Hermana Lucía no habla nada sobre las dudas y las preguntas que realmente afligen a millones de personas. Sólo cuando es entrevistada en secreto por alguien personalmente comprometido — da la casualidad de que se trata de un dignatario eclesiástico imponente — es cuando se le permite a “la Hermana Lucía” abordar libremente aquellas dudas y preguntas. Pero, aun así, sus respuestas son fragmentarias, y no emanan directamente de su boca, ni en su propio idioma, sino que son transmitidas por el Arzobispo Bertone, que, de una conversación de más de dos horas con su testigo en cautividad, nos ofrece cuarenta y cuatro palabras significativas.

          Veamos, pues, una recapitulación de las circunstancias sospechosas que envuelven el contacto con la testigo principal en el “Proceso de Fátima”:

    • Nadie puede hablar con la testigo sin consentimiento de una de las partes — la cual controla todos los contactos con ella —, aun cuando nos dice que no tiene nada más a declarar.


    • Al mismo tiempo que crecen las dudas acerca de las versiones oficiales de las declaraciones de la testigo, ésta — a los 94 años — es sometida a una entrevista secreta, conducida por una imponente autoridad, que posteriormente — en un comunicado en que se coloca la firma de la testigo, aun no estando escrito en su propio idioma — presenta las respuestas fragmentarias que ella dio a las preguntas formuladas por dicha autoridad.


    • Una de las versiones del comunicado lleva supuestamente la firma de la testigo, debajo de la del entrevistador; pero no consta en otras versiones en que sólo aparece la firma de éste.


    • El comunicado no especifica ni las preguntas textuales que se le hicieron a la testigo, ni tampoco las respuestas que ella dio, dentro del contexto completo.


    • De las 463 palabras que el comunicado atribuye a la testigo, sólo 44 se relacionan con el tema en litigio — ¡eso, en más de dos horas de conversación!


    • De las declaraciones de la testigo no se da a conocer ninguna transcripción ni cualquier otro registro imparcial.


    • La declaración de la testigo, obtenida sigilosamente y de modo fragmentario, contradice sus numerosas declaraciones anteriores.


    • Ni la testigo, ni ninguna otra persona, se da al trabajo de explicar la incoherencia de sus declaraciones anteriores.


    • Durante la entrevista secreta de la testigo, no se intentó que acreditase las “cartas” que le son atribuidas, y cuya autenticidad da margen a dudas muy procedentes, ni se hizo ningún intento de que, al menos, acreditase aquella “carta” en que se basó el propio entrevistador, con exclusividad, para probar el supuesto cambio de testimonio de la testigo [sobre la Consagración de Rusia].


    • El interrogatorio secreto de la testigo evita cualquier pregunta concreta sobre las principales discrepancias, por demás conocidas, en ciertos casos que ella conocía de modo muy particular — incluso en las seis omisiones altamente reveladoras, expuestas más arriba.


    • A pesar de la autorización para publicar un libro entero dedicado a las «dudas y preguntas» que ella había recibido sobre el Mensaje de Fátima, en el libro no se menciona ninguna de las dudas, ni de las preguntas que realmente afligen a millones de personas — dudas y preguntas que se abordan exclusivamente en una entrevista secreta de la que no hay ninguna transcripción ni cualquier otro registro imparcial.

         El Arzobispo Bertone y el Cardenal Ratzinger ocupan altos cargos en la Iglesia. Sin embargo, con todo el respeto que merecen dichos cargos, no hay nada que consiga eliminar las razonables sospechas que suscitan en las mentes sensatas estas circunstancias y las omisiones altamente reveladoras. Ningún tribunal, en cualquier parte del mundo, aceptaría las declaraciones de una testigo con tantas muestras de no ser confiable. Ciertamente, lo menos que podemos esperar es que la Iglesia adopte los mismos criterios de apertura y de divulgación exigidos por un juez civil. ¡Oigamos a la testigo, por amor de Dios!

          Con toda sinceridad, somos obligados a concluir lo que es obvio para cualquier observador imparcial de la misteriosa manipulación de la Hermana Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado: Todos los motivos llevan a creer que se está cometiendo un fraude, al adulterar las declaraciones de una testigo clave — en realidad, de la última vidente que sobrevive. Y esta adulteración fraudulenta es otro elemento del crimen en debate.

          ¿Y por qué? Además del motivo que ya hemos demostrado — promover a toda costa la nueva orientación de la Iglesia, contraria al Mensaje de Fátima — creemos que aún hay otro motivo, por lo menos en el caso del Cardenal Ratzinger. Nuestra conclusión se basa en lo que hemos discutido en el Capítulo 8: la aprobación del Cardenal Ratzinger, manifestada en EMF, de las ideas de Edouard Dhanis, S.J., el neomodernista “demoledor” de Fátima. Al calificar a Dhanis como “eminente conocedor” en Fátima, el Cardenal Ratzinger muestra claramente que (como Dhanis) sostiene la idea de que los elementos proféticos del Mensaje, referentes a Rusia, y todo lo demás — repetimos, todo aquello que Dhanis desdeñosamente denomina «Fátima II» — no son más que elucubraciones de una persona sencilla y bien intencionada, pero al mismo tiempo muy desorientada.

         Como hemos visto, el Cardenal Ratzinger adoptó las ideas de Dhanis, al afirmar en EMF (el Comentario Ratzinger/Bertone) que el mismo Tercer Secreto bien podría ser, en gran parte, producto de la imaginación: «La parte conclusiva del “secreto” recuerda imágenes que Lucía puede haber visto en libros de piedad y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe.» Si eso fuese verdad con respecto al Tercer Secreto, también podría serlo con respecto al Mensaje de Fátima en su totalidad. ¿Qué otra conclusión, sino ésa, pretendería sugerir el Cardenal?

          Recordamos, además, que el propio Cardenal interpretó lo que constituye el punto culminante del Mensaje de Fátima — el triunfo del Corazón Inmaculado — como siendo tan sólo el Fiat de la Santísima Virgen María, pronunciado hace 2.000 años. De modo análogo, el Cardenal reinterpretó la profecía de la Santísima Virgen, de que «para salvarlas [i. e., salvar las almas del Infierno], Dios quiere establecer en el Mundo la devoción a Mi Corazón Inmaculado.» Según la interpretación del Cardenal (que, por cierto, le agradaría a Dhanis), la devoción al Corazón Inmaculado de María sólo puede significar — y aquí afrontamos otra vez una blasfemia — que cada uno consiga tener un “corazón inmaculado”. Citando nuevamente EMF: «El “corazón inmaculado” es, según Mt 5,8, un corazón que a partir de Dios ha alcanzado una perfecta unidad interior y, por lo tanto, “ve a Dios”. La “devoción” al Corazón Inmaculado de María, es, pues, un acercarse a esta actitud del corazón, en la cual el “fiat” –hágase tu voluntad– se convierte en el centro animador de toda la existencia.» Es el propio Cardenal Ratzinger quien suprime las mayúsculas iniciales de “Corazón Inmaculado”, para reducirlo a un “corazón inmaculado” que cualquiera puede conseguir para sí mismo, bastando para tanto que acepte la voluntad de Dios. Con esa operación de reducir, conscientemente y de modo muy claro, el Mensaje de Fátima, el Cardenal completó la sistemática exclusión de todo y cualquier fragmento en que apareciesen referencias proféticas explícitamente católicas.

          Llegamos así al motivo adicional, definido con precisión, del “caso del Cardenal”: Considerando su evidente escepticismo con relación a las auténticas profecías del Mensaje de Fátima — escepticismo que comparte con Dhanis, el único “conocedor” en Fátima citado por él — podrá parecer que el Cardenal Ratzinger no reconoce que lo que está haciendo constituye, pura y simplemente, un fraude. En realidad, hasta puede que se crea que la supresión del testimonio completo y sin restricciones de la Hermana Lucía es un servicio para el bien de la Iglesia. Lo que deseamos dar a entender con esta afirmación es que el Cardenal Ratzinger no cree realmente en los elementos proféticos del Mensaje de Fátima, referentes a la necesidad de la consagración y conversión de Rusia, y al triunfo del Corazón Inmaculado en nuestro tiempo, y que asimismo se refieren a las desastrosas consecuencias para la Iglesia y para el Mundo, si no se tienen en cuenta estos elementos de la profecía. Por tanto, el Cardenal estaría considerando que la eliminación de estos elementos representa la eliminación de falsedades peligrosas que están “conturbando” a los fieles, por mucho que la Hermana Lucía se crea que dichos elementos corresponden a la verdad.

          De todo lo que ha dicho el propio Cardenal se deduce muy claramente que ni el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ni Dhanis, consideran dignas de crédito las declaraciones de la Hermana Lucía, de que la Virgen hubiese pedido la consagración y conversión de Rusia, a fin de conseguir el triunfo del Corazón Inmaculado de María en todo el Mundo. Evidentemente, el Cardenal tampoco cree que, con el Milagro del Sol, Dios haya acreditado este testimonio, sin margen a dudas. Pues, ¿qué otra conclusión se podría deducir del firme apoyo del Cardenal al mismo “teólogo” que intentó desprestigiar todas las profecías de Fátima?

          Por tanto, tenemos aquí un motivo secundario para todo esto: El Cardenal entiende que está protegiendo a la Iglesia de una ruptura provocada desde hace mucho tiempo por una “revelación privada”, a la que, como Dhanis, no da mayor importancia. Por consiguiente, según el punto de vista del Cardenal, el revisionismo o la supresión del testimonio de la Hermana Lucía sobre estos asuntos no serían errores. Por el contrario, el Cardenal puede incluso pensar que es ése su deber. Pero, en este caso, debido a su status jerárquico, tiene la obligación, para con la Iglesia y la Humanidad, de ser imparcial en lo tocante a sus reales intenciones. Por lo que parece, el Cardenal Ratzinger comparte la opinión de otros “iluminados” que actúan en el Vaticano, y que se creen que los “ingenuos fieles” son demasiado estúpidos para saber qué es lo que más les conviene. Quizá por esto no se preocupa el Cardenal de revelar sus prejuicios a los “no iluminados”, esperando que todos confíen en su “correcto” discernimiento.

          En síntesis: Resulta casi imposible evitar la conclusión de que el Mensaje de Fátima se halla actualmente bajo la custodia de aquellos que, simplemente, no creen en él, y desean liquidarlo de una vez para siempre, y, por otro lado, ven con simpatía las nuevas políticas del Vaticano, relativas al Ecumenismo, al «diálogo interreligioso», a una fraternidad universal de religiones, y a una «civilización del amor», todo ello bajo la supervisión de ONU.

          Pero el Mundo, con ritmo cada vez más frenético, se hunde en la violencia y en la depravación moral, al mismo tiempo que el fracaso, cada vez más visible, de la conversión de Rusia se agiganta a la vista de un Dios vengador. En tales circunstancias, los fieles laicos católicos, así como los Sacerdotes y los Obispos, deben continuar haciendo sus preguntas sencillas, y rezando y trabajando para que no tarde el día en que los hombres que detentan las riendas del poder en el Vaticano permitan, por fin, que el Papa realice exactamente aquello que la Madre de Dios pidió hace 78 años. ¡Que Dios libre a la Iglesia de la mala gestión de aquellos hombres, y que eso no tarde! Que llegue pronto el día en que nosotros, los fieles, podamos usar el derecho que Dios nos ha concedido de pedirle al Sumo Pontífice que destituya de sus funciones a los acusados y a sus colaboradores de este desastre — una solución que discutiremos en el último capítulo.

          Los Diarios de la Hermana Lucía registran que en Rianxo (España) en agosto de 1931, al hablarle del dilatado incumplimiento, por parte de Sus ministros, de la Consagración de Rusia, Nuestro Señor le dijo: «Participa a mis ministros que, en vista de seguir el ejemplo del Rey de Francia, en la dilación de la ejecución de mi petición, también lo han de seguir en la aflicción.»

          Y añadió: «(...) Se arrepentirán y lo harán después. Pero será tarde.» Cuánto tardará y cuánto tiempo más tendrán que sufrir el Mundo y la Iglesia, son cosas que dependen de los responsables de la custodia del Mensaje de Fátima y que controlan todos los contactos con la testigo de los mensajes emitidos por el Cielo.

          Y hasta cierto punto, también depende de que nosotros cumplamos nuestra parte, desenmascarando y combatiendo el fraude que se está cometiendo en el Mundo, poniendo en peligro a miles de millones de personas y amenazando la paz y la seguridad de naciones enteras.

          Es esto lo que nos indujo a escribir este libro

    Notas

    1. Por el contrario, como registra el P. Alonso, «(...) de todo lo referente a las Apariciones de la “Senhora” (...) todo era contemplado, más que como recuerdo, como presencia grabada a fuego sobre su alma. Es ella misma quien nos advierte que “estas cosas quedan de tal manera grabadas en el alma, que es imposible olvidarlas”. Por eso estas “Memorias” de la hermana Lucía son más bien una “relectura” de caracteres impresos para siempre en lo más hondo del espíritu de la autora. Ella, más que “recordar”, parece que está viendo. Tal es la facilidad del recuerdo que se convierte en “lectura interior”» P. Dr. Joaquín María Alonso, CMF, Introducción a las Memorias de la Hermana Lucía, p. 13.


    2. Véase la nota 48 del Capítulo 8.


    3. Ocasionalmente, al referirse o al citar el comunicado de Bertone, el autor de este Capítulo utiliza algunas veces la traducción en inglés del original en italiano, de diciembre de 2001, hecha por el Vatican Information Service. En otras ocasiones, utiliza la traducción de L’Osservatore Romano, edición en inglés, de 9 de enero de 2002. Y, muy raramente, el autor ha traducido directamente algunos textos de la versión en italiano.

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