Pag. PrincipalLa última batalla del diablo - Prefacio y Introducció

 

 


Preámbulo

      A lo largo del último medio siglo se ha desarrollado en el interior de la Iglesia Católica una extraña historia, que podrá tener gravísimas consecuencias para el Mundo entero.

      En este libro el lector verá por qué razón decimos que es “una extraña historia”, aunque comience (y termine – por fin – según la promesa de Nuestra Señora) de una manera muy hermosa. En el núcleo de todo el enredo se encuentra un Mensaje proveniente del Cielo.

      En 1917, Nuestra Señora descendió del Cielo hasta la pequeña aldea de Fátima, o más propiamente hasta Cova da Iria – donde tres pequeñuelos se ocupaban en guardar el rebaño de la familia –, para confiarles un Mensaje como un secreto que se debería mantener celosamente guardado por muchos años, hasta que la Santísima Virgen indicase que había llegado el momento de revelar a todo el mundo aquel Mensaje celestial. El contenido, y la forma como se transmitió el Mensaje, son únicos en la Historia de la Iglesia; lo cual distingue las apariciones de Fátima de todas las demás manifestaciones visibles de Nuestra Señora, incluso aquéllas que dieron su nombre a Santuarios Marianos mundialmente conocidos, como Lourdes (Francia) o Guadalupe (México).

Vista parcial de algunos de los 70.000 testigos oculares, en el momento en que presenciaban el Milagro del Sol, en Fátima, el 13 de octubre de 1917.

De qué manera se transmitió el Mensaje de Fátima

      Muy lejos de ser un acontecimiento privado, Nuestra Señora habló con los pastorcillos (sólo a Lucía Le hablaba directamente) en pleno campo, en presencia de muchas personas. Además, Dios mismo deseó autenticar las Apariciones de Su Madre en Fátima a través de un milagro público, el Milagro del Sol, anunciado tres meses antes, presenciado por más de 70.000 personas y divulgado en todo el mundo en grandes títulares, en las primeras páginas de los periódicos de la época. Esta forma sensacionalista – que no había ocurrido en ninguna otra aparición – se hizo de propósito: “para que todos crean”.

      Aquel milagro por sí solo impedía que se relegasen las apariciones de Fátima a la categoría genérica de “revelaciones privadas”, como las que a lo largo de los siglos experimentaron varios Santos y místicos católicos.

      Pero éste es solamente uno entre los varios aspectos exclusivos de las apariciones de Fátima.

El contenido del Mensaje

      El contenido del Mensaje confiado a los Pastorcillos también era único en los anales de la Cristiandad: incluía una exhortación y una advertencia sobre castigos inminentes, si no se obedeciese dicha exhortación. Ninguna aparición anterior, pública o privada, había transmitido a la Humanidad un mensaje semejante al de ésta.

      Desde los años cuarenta del siglo pasado, cuando se divulgó ampliamente ese contenido, ha aumentado mucho el apoyo en favor de la autenticidad del Mensaje de Fátima. Contenía éste una serie de profecías – el fin de la I Guerra Mundial, la elección del Papa Pío XI, el inicio de la II Guerra Mundial y la expansión de la Rusia comunista; cada una de ellas acaeció como había sido prevista. Desde la época de las apariciones, se comprobó que las evidencias eran suficientes, tanto como para suscitar la adhesión de seis Papas sucesivos, así como la de millones de Fieles, y aun para inducir al Vaticano, en el pontificado del Papa actual, a beatificar a los pequeños Francisco y Jacinta Marto, fallecidos cuando aún eran niños, y a incluir las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima en el Misal Romano – libro oficial de la Iglesia para la celebración de la Santa Misa.

      Otra profecía del Mensaje, sólo parcialmente divulgada, es el Tercer Secreto de Fátima – al que nos referiremos más adelante en este Preámbulo.

La Iglesia se manifiesta acerca
de las Apariciones de Cova da Iria

      La Iglesia normalmente es bastante reacia en confirmar, sin más, acontecimientos de este género. Por eso, y como en todos los casos similares, el Vaticano llevó a cabo una investigación intensa y exhaustiva, y no halló ninguna inconsistencia, contradicción ni discrepancia, como las que habitualmente invalidan otras presuntas “apariciones”. Al contrario: los investigadores vieron todo correcto y reconocieron asimismo la naturaleza exclusiva del Milagro del Sol, acontecimiento para el que no se encontró una adecuada explicación científica.

      Con respecto a la Consagración de Rusia – que, si se llega a celebrar, traerá «al Mundo algún tiempo de paz», y, en caso contrario, «varias naciones serán aniquiladas» (entre otras desgracias que el Mundo padecerá) –, ¿hemos de creer en el castigo que amenaza su incumplimiento?

      Claro está que un Mensaje venido del Cielo es, obviamente, un asunto de Fe y de creencia religiosa. Por eso, podría parecer que tal Mensaje se restringiera solamente a la Iglesia Católica y a sus Fieles; y lo mismo ocurriría, si no se atendiera al pedido de la Señora más brillante que el Sol. Si fuese tan solo eso lo que el Mensaje nos transmite, los no católicos y los no cristianos (y aun muchos católicos con otras formas de devoción), podrían no hacerle ningún caso. Sin embargo, tanto para los unos como para los otros, no es posible – y sería gravemente insensato – ignorar o despreciar todo lo que se refiere a Fátima. Efectivamente: no es necesario creer que este Mensaje vino del Cielo, para que merezca una consideración seria – que le otorgue al menos el “beneficio de la duda” –, ya que de lo que se trata es del futuro de «varias naciones».

      Y es precisamente esto lo que le da a Fátima su dimensión universal.

      A partir del momento en que se comprobó la credibilidad de los hechos y de las declaraciones de los Pastorcillos – desde los Obispos locales, en Portugal, hasta una serie de Papas, en el Vaticano (como hemos visto) –, toda la Jerarquía Católica declaró unánimemente que las apariciones de Fátima eran “fidedignas”. El Papa Juan Pablo II llegó a afirmar que «la Iglesia se siente interpelada» por el Mensaje de Fátima. Esta aprobación jerárquica, mantenida uniforme con el paso de los años, intensificó notablemente la convicción de los Fieles, de que Fátima transmitía un auténtico Mensaje del Cielo.

¿Qué le ha ocurrido hoy al Mensaje?
¿Qué le ha ocurrido a la declaración de la Iglesia?

      Desde 1917 hasta los años sesenta, Portugal y el Mundo consideraron a Fátima como «el Altar del Mundo». Y, dentro de las humanas limitaciones, depositaban allí sus esperanzas y allí recibían estímulo para aceptar el sufrimiento – si bien la Jerarquía, por una u otra razón, continuaba retrasando la Consagración de Rusia.

      Pues bien. En 26 de junio de 2000 esta “extraña historia” acerca de Fátima fue todavía más “desfigurada” cuando, en el Vaticano, el Cardenal Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y su más directo colaborador promovieron una conferencia de prensa, a la que el diario Los Angeles Times denominó una tentativa de «desacreditar “con guante blanco” el culto de Fátima». Su intención fue divulgar ampliamente, a través de la prensa, la idea de que las profecías de Fátima eran “revelaciones privadas” y que “parecen ya pertenecer al pasado”, por lo cual, en este momento ya ni siquiera son profecías.

      Sin embargo, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo han podido transformarse las Apariciones de Fátima, de “oficialmente fidedignas” a “oficialmente desacreditadas” por un alto Prelado? ¿Qué le ha sucedido al Mensaje, a su petición, y a las amenazas de castigo por su incumplimiento? Cualquier católico en pleno uso de razón podrá formular esas preguntas, a causa del inexplicable comportamiento de la Alta Jerarquía de la Iglesia; preguntas que se podría plantear cualquier otra persona (creyente o no), si se considera el contenido (divulgado) del Mensaje. Porque el Mensaje de Fátima tiene implicaciones más extensas que los dominios de la Fe y de la creencia, por lo cual requiere una atención más amplia.

      La petición del Mensaje requiere que el Papa, en unión con todos los Obispos Católicos del mundo, consagre a Rusia al Corazón Inmaculado de María. Una Consagración, ceremonia de honda tradición en la Iglesia Católica y que sólo ella puede celebrar, tiene un efecto santificante. A los ojos de los católicos sería ventajosa para Rusia. Para los no creyentes podrá tener poco o ningún significado, pero resulta evidente que no le hace mal a nadie. Además, si el Mensaje tuviera la mínima hipótesis de ser auténtico, el beneficio de la Consagración de Rusia, en la forma en que se pidió, podría redundar en un objetivo de valor mundialmente incalculable: la anunciada recompensa («será concedido al Mundo algún tiempo de paz»), y no el anunciado castigo («varias naciones serán aniquiladas»). En esas circunstancias, hasta para los más escépticos, “valdría la pena”.

      Pues bien. Si el Vaticano consideró creíbles las Apariciones, y si está en juego la aniquilación de varias naciones, esa Consagración ya debería haberse celebrado hace mucho tiempo. A pesar de ello (y con pleno conocimiento de la Iglesia), no se atendió la petición de Nuestra Señora de Fátima, al menos a lo largo de seis décadas, y los motivos sólo los conoce un reducido grupo de altos Prelados del Vaticano.

      Ya se han celebrado varias consagraciones formales (incluso en una de ellas se mencionó explícitamente a Rusia); pero quedaron siempre por cumplir algunos de los requisitos que Nuestra Señora había pedido en Fátima: que el Papa, en unión con todos los Obispos del mundo, consagrase a Rusia, nominalmente, y en ceremonia solemne y pública.

      Aún recientemente (2001), el Papa Juan Pablo II y mil quinientos Obispos visitantes  realizaron en Roma la Consagración del Mundo. Muchas personas pensaron entonces que el Papa aprovecharía la oportunidad para cumplir la petición de la Virgen de Fátima; pero, para decepción general, no se mencionó a Rusia.

¿Que sucederá en el Vaticano?

      Todo el mundo – católicos o no – estará de acuerdo en que el comportamiento del Vaticano, con relación a la Consagración de Rusia (y a las consecuencias de su no realización), no sólo parece extrañamente incongruente, si se llevan en cuenta las normas y tradiciones de la Iglesia, sino que además muestra un temerario desprecio por aquello que afecta a la seguridad de los católicos fieles y a la de toda la Humanidad: si llega a ocurrir el castigo que se predice en el Mensaje de Fátima, el precio de esta indecisión del Vaticano será muy elevado – y lo pagará toda la Humanidad, incluso los inocentes. Si así es, ¿por qué insiste la Iglesia en despreciar el Mensaje, sabiendo que se arriesga a que el mundo entero sufra tales consecuencias tan catastróficas?

      Cómo y por qué está sucediendo esto, es el tema de este libro, el cual nos muestra un Vaticano pasando por una serie de mudanzas con relación a Fátima: inicialmente confirma la veracidad del Mensaje de Fátima; después, la coloca en duda; a continuación, la elimina, y finalmente, la descarta de forma definitiva. Es difícil trazar el curso de este proceso desde su origen, puesto que muchas cosas que suceden en el Vaticano se realizan bajo sigilo, y las actitudes oficiales tienen que ser descifradas con base en declaraciones frecuentemente oscuras.

      ¿Qué habrá en el corazón y en el espíritu de esos Prelados del Vaticano, conspiradores que desprecian el Mensaje de Fátima? Lo ignoramos. Sólo podemos juzgar a esos individuos por las consecuencias lógicas de la postura que, ostensivamente, han asumido y por sus propias acciones. Al analizarlas – como lo hacemos en este libro – surge una coyuntura perturbadora: la de una Iglesia dividida contra sí misma, y esa división tiene su origen, precisamente, en la cumbre. Como consecuencia, considerando las actuaciones que forman parte de la acusación que esbozamos y que nos llevarán muy lejos, observamos cómo la autenticidad del Mensaje suscita cuestiones alarmantes sobre el estado de la Jerarquía de la Iglesia actual.

      ¿Y el Papa? ¿Cuál es su posición sobre este asunto? Al igual que todos sus antecesores (desde la época de las Apariciones), Juan Pablo II ha profesado abierta y repetidamente su fe en la autenticidad: por tres veces visitó el Santuario de Fátima, y a Nuestra Señora de Fátima le atribuye el haber sobrevivido, en 1981, al intento de asesinato. A pesar de ello, en ese Vaticano dividido, hasta el Santo Padre se muestra impotente ante los Cardenales que lo cercan, los cuales, ocupando los cargos más elevados, mantienen una posición muy distinta sobre Fátima. Conviene observar que el Santo Padre no participó de la ya citada conferencia de prensa (junio de 2000), en la cual dos de los más elevados Prelados se sintieron sin restricciones para socavar la credibilidad de las profecías de Fátima, y para relegarlas al pasado.

Fátima, “políticamente incorrecta”

      Conforme lo demuestran varios capítulos de este libro, Fátima tiene también implicaciones políticas, que pueden haber influido en el modo en que el Vaticano le desacreditó. En su contexto ideológico actual, el Mensaje de Fátima es visto como “políticamente incorrecto”: pide la Consagración de Rusia (nominalmente) a fin de que esa nación se convierta al Catolicismo; sin embargo, tal ceremonia entraría en conflicto con la Östpolitik (adoptada por el aparato estatal del Vaticano, en consideración al Comunismo internacional y a la Iglesia Ortodoxa Rusa). En consecuencia de eso, para no ser “políticamente incorrecta”, la Iglesia Católica abandona su actitud militante y su tradicional enseñanza; se abstiene de denunciar el Comunismo como un mal, y desiste de la conversión de los Ortodoxos Rusos al Catolicismo.

      En esta obra examinamos y divulgamos las maquinaciones políticas que, sin duda alguna, influyeron en ciertas actitudes tomadas por parte de algunos diplomáticos del Vaticano con relación a Fátima; y tampoco hay duda de que los arquitectos de la Östpolitik conciliatoria en el Vaticano consideran inconveniente el Mensaje de Fátima.

      Podríamos, pues, pensar que el Vaticano no llevará a cabo la Consagración de Rusia, simplemente por motivos políticos. Sin embargo, ¿qué pesaría más para el Vaticano? ¿La aniquilación de varias naciones o un incidente diplomático? ¿Y Rusia? ¿Se sentiría realmente ofendida con una ceremonia de Consagración? Y, aunque se ofendiera, ¿podría Rusia hacer algo peor que el anunciado castigo por no haberse realizado la Consagración «de esa pobrecita nación»?

      Si se analiza correctamente, parece poco probable que, por sí solas, tales consideraciones diplomáticas llevasen al Vaticano a no hacerle caso a un mensaje venido del Cielo. Se tiene la impresión de que algo más se estaba preparando: algo todavía más profundo y más nebuloso que las políticas mundiales – y de hecho, así fue.

      Ése es el objetivo central de este libro.

Más profundo y más nebuloso que la política

      Actuando de un modo más profundo y nebuloso que la política, la Iglesia Católica ha llegado a transformarse de diversos modos, dejando confundidos a muchos de sus fieles.

      Vista de fuera y de lejos, la Iglesia da la impresión de que continúa ejerciendo con normalidad su función salvífica; pero eso sólo ocurre aparentemente, ya que la reforma iniciada en los años sesenta del siglo pasado por el Concilio Vaticano II promovió grandes cambios (e. g. la Misa en lengua vernácula, el abandono del traje clerical distintivo, etc.), los cuales, aunque dramáticos para los Fieles, pasaron casi desapercibidos para las personas “de fuera”, sumergidas en las tendencias laicas de la segunda mitad del Siglo XX. En comparación con la sociedad, la Iglesia parecía ser una institución resistente al cambio, manteniendo inalterables sus enseñanzas (el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres, el rechazo de la contracepción, del divorcio y del aborto), aspectos sobre los cuales todavía parece mantener la firme posición que siempre tuvo a lo largo de los siglos.

      ¿Habrá que interpretar esto como si el liderazgo del Vaticano fuese decididamente tradicionalista? Quien sólo lleve en cuenta los elementos visibles, como las alocuciones públicas del Papa, probablemente pensará que sí. Pero los fieles atentos dirán lo contrario.

Los actuales cambios en la Iglesia Católica
no son lo que aparentan

      Por eso aumenta cada vez más la separación entre Su imagen pública y su verdadera realidad. Las creencias que anteriormente formaban parte del núcleo de la Fe Católica van siendo abandonadas ahora – no por los fieles, que continúan ocupando los bancos de las iglesias, sino por algunas de sus más altas autoridades.

      A lo largo de los siglos, la Iglesia canonizó a muchos centenares de personas, con base en milagros obtenidos por su intercesión, y, como sabemos, muchos de esos santos pasaron por la experiencia de tener apariciones de Cristo o de la Santísima Virgen María. La tradición católica consolida su Fe en un diálogo entre la Tierra y el Cielo, a través de los santos que tuvieron visiones y que, llamados por Dios a ser profetas de su tiempo, autenticaron sus profecías por medio de milagros.

      Muy lejos de confirmar este aspecto tan antiguo de la fe cristiana, ciertos Prelados del Vaticano declaran hoy enfáticamente que las «apariciones privadas» pueden ser tratadas con indiferencia, porque “no [son] esenciales” para la Fe. Y, a pesar de las advertencias del Mensaje acerca de una catástrofe mundial, incluyen en sus declaraciones las Apariciones de Fátima que, como se sabe, fueron públicas.

      Lo que sucede es que, mientras se mantienen oficialmente ciertos aspectos de las tradiciones de la Iglesia – y eso se divulga ampliamente –, en otros aspectos dichas tradiciones son abandonadas o socavadas por la base – cosa que ellos muy raramente admiten, y aun lo hacen con ligereza. Debido al “aggiornamento” del período posterioral Concilio Vaticano II, los católicos de todo el mundo, unidos antes por las mismas convicciones religiosas, pasaron a verlas vulgarizadas y reducidas a meros aspectos del culto. Entre ellas se encuentran, principalmente, las apariciones, los milagros y las profecías, que tradicionalmente constituyen el fundamento de la historia de Fátima. Y ha sido precisamente el abandono de la fe en todo esto lo que transformó a Fátima, de algo digno de fe, en un simple culto, que el responsable de la Doctrina de la Iglesia intenta desacreditar “con guante blanco”.

      Pocas creencias han resistido; y, aun así, sufriendo desafíos de gran magnitud. Es el caso de  de ciertos artículos fundamentales de la Fe, como la Resurrección y la Divinidad de Cristo, puestos en duda por Hans Küng – “teólogo” ampliamente publicado y claramente herético, el cual, por tan graves afirmaciones, ha recibido tan solo una ligera reprensión.

Una crisis de Fe y disciplina en la Iglesia

      Los fieles católicos, anteriormente agrupados alrededor de creencias comunes – universales –, se sienten ahora confundidos y dispersos; como si, separados unos de otros, caminasen en distintas direcciones en cada región. Y eso se debe a un liderazgo contradictorio y ambiguo en todos los niveles. Aquella Iglesia Católica sólida y monolítica dejó de existir. Hoy está llena de fracturas, en cuyo estudio iremos avanzando a lo largo de este libro. En él verá el lector un liderazgo eclesial fragmentado, cuya primera fisura separa a un Papa, decisivamente creyente, de sus súbditos inmediatos – que pueden ser todo menos verdaderos súbditos.

      A estas alturas, es conveniente recordar cómo está constituida – conforme con la Tradición – la estructura de la Iglesia, muy diferente de una democracia. Los Obispos de la Iglesia Católica no son elegidos por los fieles, ni siquiera por otros Obispos; son escogidos por el Papa, y consagrados por él o, más frecuentemente, por un Obispo “dignior”; y el poder que se les confiere a través de esa consagración emana directamente de Dios. Una vez consagrado, el nuevo Obispo es responsable, en última instancia, solamente ante Dios; y, en los asuntos de la Iglesia, después de a Dios, sólo al Papa le debe obediencia. Pues bien, lo que sucede es que ciertos altos Prelados que rodean al Papa y que deberían ser Sus consejeros, son antes de todo (como ya hemos dicho) cualquier cosa menos súbditos leales.

      Esta obra examina de cerca cuatro Prelados del Vaticano, y documenta exhaustivamente cuál ha sido su actuación dentro de un plan para “cerrar el libro” de Fátima: porque Fátima es “políticamente incorrecta” y es la voz de la fe católica tradicional. Sin tratar de investigar sobre las motivaciones personales de estos Prelados, permanece en pie, como conclusión, la idea de que sus actuaciones  han contribuido en alto grado a la actual crisis de Fe y de disciplina en la Iglesia. Es cada vez más claro que ya no se puede asegurar, con certeza, en qué creen verdaderamente estos funcionarios del Vaticano. El cargo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que anteriormente ocupaba una persona idónea, y cuyo compromiso con la preservación de la Doctrina Católica era absoluto e indiscutible, está hoy en manos del Cardenal Joseph Ratzinger. Y ¿en qué cree él? Sus entrevistas y declaraciones contienen afirmaciones tan llenas de ambigüedades que, en muchos asuntos, ni siquiera los especialistas en Teología logran determinar, con exactitud, cuáles son sus creencias.

      Si lo que piensa o deja de pensar el Cardenal Ratzinger sobre asuntos de la Doctrina Católica no significa nada para los no católicos, sí es importantísimo para todos su pensamiento acerca de las Apariciones, de los milagros y de las profecías en el caso de Fátima. Veamos: si no cree en las Apariciones de Fátima, si trata con indiferencia el Milagro del Sol e ignora y desprecia las profecías del Mensaje de Nuestra Señora, entonces puede estar poniendo en peligro al mundo entero, católicos y no católicos, creyentes y ateos. No es preciso ser católico para interrogarse sobre Dios y sobre el modo escogido por Él para comunicarse con la Humanidad. Claro está que, para comunicarse con la Humanidad, Él pudo haber escogido el Mensaje de Fátima; porque (como sabiamente dice la Biblia) los caminos de Dios no son nuestros caminos.

El colapso de la fe tradicional entre los católicos

      En tales circunstancias, la situación de la Iglesia Católica (en colapso: bajo ciertos aspectos, confusa, y muchas veces contradictoria por las palabras y actitudes de Sus altos Prelados) surge como la explicación más plausible para entender Su comportamiento con relación a Fátima, comportamiento que de otra forma sería inexplicable.

      En último término, la cuestión que se presenta no es solamente en qué cree la Iglesia Católica; es, también, la de saber qué podrá eso significar para la Humanidad. Tal situación induce a todos (católicos o no, cristianos o no) a admitir la posibilidad de que el Mensaje de Fátima sea auténtico. La verdad es que existen pruebas capaces de corroborar esta idea.

      Consta en el Mensaje la profecía del Tercer Secreto de Fátima, aunque sólo parcialmente divulgada. Las evidencias manifestadas en este libro señalan enfáticamente una profecía sobre problemas muy serios en el gobierno de la Iglesia, problemas que tienen una inquietante semejanza con lo que actualmente está sucediendo. En la búsqueda de explicaciones para esta terrible situación, todas las atenciones se concentrarán en el Tercer Secreto, todavía no divulgado integralmente.

      Esta obra ofrece buenos motivos para creer que el Tercer Secreto predice con exactitud lo que hoy está sucediendo: los escándalos, divulgados de forma arrolladora, que afectan al Clero – por abuso sexual de niños y jóvenes (algo que raramente ocurrió a lo largo de los siglos, y que imponía a los prevaricadores severos castigos, aplicados por la Iglesia y por el Estado cristiano) – serían, si no se llega a hacer la Consagración, el inicio del castigo prometido. Cuando, a consecuencia de ello, el mundo entero sea castigado, el primer castigo recaerá sobre la propia Iglesia Católica: el enflaquecimiento del sacerdocio y su degeneración moral son apenas las primeras señales de una calamidad que terminará devorando a toda la Humanidad. Confirma fuertemente esta interpretación el hecho de que los cuatro Prelados del Vaticano examinados en este libro se hayan esforzado tanto en cancelar la cuestión de Fátima mientras que aún permanece oculto el texto del Tercer Secreto. Y, sin duda, se puede suponer que tienen todavía algo que ocultar... De no ser así, ¿por qué no pueden divulgar el Tercer Secreto, ni permiten que la Hermana Lucía dos Santos dé testimonio de su autenticidad?

      Cuando algún día, caro lector, llegue a ser contada la historia por entero, todos comprenderán por qué motivo el Vaticano no llevará a cabo la Consagración de Rusia: de hacerlo, estaría confirmando la autenticidad del Mensaje de Fátima; y, por consiguiente, la de la profetizada apostasía, que tendría su origen en el interior del propio Vaticano. Esos incrédulos prelados ni siquiera se han preocupado de fijar su atención en un Mensaje que apunta contra ellos el dedo acusador. Por el contrario, por todos los medios intentaron echarle tierra encima, de tal forma que se viese desacreditado aquello mismo que anteriormente el propio Vaticano había declarado digno de todo crédito.

      Si los acontecimientos narrados en esta obra logran convencer a muchos no católicos de espíritu abierto, de que la autenticidad de Fátima es al menos posible, ¿qué no pasará con los católicos? Pues, aunque consigan que los incrédulos lleguen a creer, las Apariciones de Fátima, irónicamente, producen en ciertos Prelados del Vaticano el efecto contrario.

      En cualquier otra época de la Historia de la Iglesia los miembros de la más alta Jerarquía del Vaticano hubieran sido seguramente los primeros en creer: no tardarían en acatar un mensaje venido del Cielo, y atenderían a Sus peticiones.

      Pero, con la confusión posterior al Concilio Vaticano II y con el avance, durante los últimos 40 años, de la secularización en todas las instituciones, hasta en la Iglesia se le da ahora una acogida hostil al Mensaje, incluso por (ciertos funcionarios de) el Vaticano. Al no hacerle caso al Mensaje, esos Prelados no sólo se colocan al margen del grupo de los creyentes, sino también se sitúan al de los no creyentes, (los que poseen sentido común(. De este modo, [los Prelados] no desean darle al Mensaje una oportunidad, ni siquiera el beneficio de la duda.

Una lección paralela de las Sagradas Escrituras

      Hay un paralelo muy ilustrativo entre el reducido empeño del Vaticano de no llevar a cabo la Consagración de Rusia, y un episodio bíblico milagroso, narrado en el Cuarto Libro de los Reyes (4 Re. 5:1-15, citado en algunas Biblias como 2 Re. 5:1-15): La Curación de Naamán.

      Habiendo quedado leproso este comandante del ejército de Siria, su rey, que lo estimaba mucho, lo envió a Israel, al profeta Eliseo, para que, por medio de un milagro, lo curase de tan terrible enfermedad. Aun antes del encuentro, Eliseo mandó decir a Naamán que se bañase siete veces en el río Jordán, y se quedaría curado. Naamán se irritó porque Eliseo no vino a él para administrarle personalmente la curación. Y pensó: “Entonces ¿sólo tengo que bañarme en el Jordán? ¿No sería mejor bañarme en cualquiera de los caudalosos ríos de Siria?” Rechazando la indicación tan trivial del profeta, Naamán ya se preparaba para irse, cuando sus consejeros lo disuadieron. Argumentaron diciéndole que, si el profeta le hubiese mandado realizar algo difícil, Naamán lo hubiera hecho para poder curarse. ¿Por qué, entonces, no iba a hacer una cosa tan sencilla como la que se le pidió? ¿Por qué razón, tratándose de algo tan sencillo, no lo podría experimentar? Naamán entonces resolvió hacer la experiencia. Y al bañarse por la séptima vez, desapareció la lepra.

      Tal como Naamán, parece que los Prelados del Vaticano no consiguen creer que algo tan sencillo como una Consagración pueda proporcionar un beneficio tan importante como lo es la verdadera Paz para el Mundo. Y están tan obstinados en su posición, que ni siquiera aceptan que se pruebe el remedio, a pesar de los insistentes ruegos, durante muchas décadas, de millones de fieles, miles de ellos pertenecientes al Clero católico.

      A “los de fuera” les parecerá increíble que un minúsculo grupo de incrédulos de la alta Jerarquía consiga impedir una acción tan ardientemente ansiada por numerosísimos fieles. Para entender esto, es preciso comprender la estructura de la Iglesia que, como hemos visto, es básicamente jerárquica. En función del contexto de estos tiempos y del estilo administrativo del Papa actual, es cosa cierta que el Sumo Pontífice no dará directamente una orden a todos los Obispos, a no ser que se haya alcanzado un consenso general entre ellos. Lo cual, en última instancia, significa que correspondería a los Obispos de la Iglesia (unos 4.500, aproximadamente) lograr un consenso voluntario para llevar a cabo la Consagración de Rusia, de la forma como se pidió. Pero, debido a los amplios poderes que tienen esos Prelados del Vaticano para marcar audiencias, promover ascensos y otros privilegios, ese reducido grupo que dirige el Vaticano consigue evitar fácilmente que se alcance alguna vez dicho consenso.

      Es cosa evidente para todos los miembros del Clero católico que, en la actualidad, el hecho de hablar sin rodeos sobre el Mensaje de Fátima equivale a un “billete sin vuelta” para relegar a la marginación, ya sea a un Sacerdote, a un Obispo y hasta a un Cardenal. Por tanto, en lo que respecta a este tema, los Obispos en su mayoría se mantienen en silencio, sin tener en cuenta lo que realmente puedan pensar o creer. Lo mismo le ocurre a los Sacerdotes, los más vulnerables al castigo cuando se expresan de modo “políticamente incorrectos”.

      Por eso este libro también menciona el trato represivo de que ha sido víctima el P. Nicholas Gruner, “el Sacerdote de Fátima”, que con gran sacrificio personal se ha dedicado (y sigue dedicándose) a divulgar el Mensaje de Fátima. Las tentativas del Vaticano para mantenerlo callado – incluso mediante la amenaza de excomunión – contrastan fuertemente con el suave trato dado a otros Sacerdotes, y hasta a Obispos y Arzobispos, implicados en procesos de pedofilia. El lamentable estado actual del Clero católico está sintetizado en ese contraste entre el trato dado al P. Nicholas Gruner y el que se le ha concedido a los clérigos católicos realmente culpables de graves crímenes.

      La Iglesia Católica tiene en Sus manos un remedio cuyos resultados sólo Ella sabe obtener: traer la paz a este Mundo, interminablemente atormentado por la lepra de la guerra. Teniendo por base las evidencias presentadas en este libro, aquellos que impiden la aplicación de dicho remedio tienen una gran responsabilidad por no haberlo aplicado. Tanto a los fieles católicos como a todo el mundo, le deben una explicación por su conducta. Además, si se considera su importancia para el mundo entero, el encubrimiento del Mensaje de Fátima constituye un fraude público mucho más grave que la ocultación (por parte de algunos Obispos) de la mala conducta sexual de Sacerdotes, divulgada por la prensa durante el año 2002.

      Conforme se explica en esta obra, tanto los católicos como los no católicos podrán ganar mucho con la aceptación del Mensaje de Fátima; pero también podrán perder mucho si dicho Mensaje continúa siendo rechazado por aquellos mismos que tienen la responsabilidad de obedecer a sus imperativos (los del Mensaje).

      El último capítulo de este libro ofrece algunas sugerencias sobre lo que puede hacer cada lector, creyente o no creyente, para persuadir a los dirigentes de la Iglesia Católica a reaccionar, no sólo para el mayor bien de la Iglesia, sino también de la Humanidad.

Los tres pastorcitos videntes de Fátima – los Bienaventurados Jacinta Marto y Francisco Marto, y Lucía dos Santos – delante de la casa del Tío Marto, unos días antes del 13 de octubre de 1917, fecha en que tuvo lugar el Milagro del Sol.



Fotografía hecha después de la aparición del día 13 de julio de 1917, que fue cuando se le confió a los tres pastorcitos el Secreto de Fátima que incluye la Visión del Infierno.


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